La escuela no te dice adiós

Autor:

Margarita Barrios

Una pequeñita de mi barrio, mientras esperaba junto a su mamá para comprar el pan, le decía: «Ahora necesito dos flores, una para Martí y otra para Fidel». La madre le dio una respuesta afirmativa al mismo tiempo que le acariciaba el pelo, y algunos vecinos esbozaron una sonrisa de simpatía.

A pocas horas de recibir la noticia y saber que tendríamos que volver una y otra vez sobre la pregunta ¿y qué diría de esto Fidel?, pensé en esa escuela donde cada niño y niña cubanos tienen un lugar para aprender, compartir, desarrollarse, adonde la pequeñita de mi barrio quiere llevar ahora dos flores para honrar a quienes merecen su amor.

Y esa escuela que levantó la Revolución con los brazos de los obreros y campesinos cubanos, adonde acuden todos sin importar las posibilidades económicas de la familia, el color de su piel, el sexo, la religión, y tiene profundas raíces martianas, cuenta con un indiscutible sello, la obra y el pensamiento pedagógico de Fidel.

El privilegio de ejercer el periodismo me permitió estar en muchas ocasiones cerca de él. Escuchar sus preocupaciones sobre la educación cubana, hacer planes, ofrecer opiniones y pedirlas.

Lo vi trabajar junto a los obreros de la construcción, una madrugada, en la reparación de una escuela primaria en el Cerro capitalino. Lo escuché conversar con maestros jóvenes y decirles de cuán importante era la labor que iban a desarrollar. Disfruté de su encuentro con pedagogos de experiencia, con quienes debatía sobre qué camino era el mejor para alcanzar la meta soñada, que todos pudieran aprender hasta el máximo de sus capacidades.

Y aquí surge uno de sus más importantes pensamientos pedagógicos. La idea la repitió en varias ocasiones, una de ellas fue en la inauguración de una escuela, el 30 de agosto de 2002: «Para mí educar es sembrar valores, inculcar y desarrollar sentimientos, transformar a las criaturas que vienen al mundo con imperativos de la naturaleza, muchas veces contradictorios con las virtudes que más apreciamos, como solidaridad, desprendimiento, valentía, fraternidad. Educar es hacer prevaler en la especie humana la conciencia por encima del instinto».

Y así, Fidel defendía que todos debían estudiar. Que el campesino, para trabajar la tierra, cuanto más conocimiento tuviera mejor lo haría. Por ello impulsó la creación de programas que daban oportunidades a quienes ya habían perdido el camino estudiantil, fundó universidades en todas las provincias del país, escuelas para quienes tienen dificultades educativas especiales, para los deportistas, para el arte, para la vida militar.

Una de las preocupaciones constantes de Fidel fue la educación. Desde el Programa del Moncada habló de ello, y una temprana Campaña de Alfabetización nos libró de uno de los flagelos heredados de la República neocolonial.

En marzo de 1961, en un homenaje al periódico Revolución, dijo: «Lo más fundamental que tiene que hacer una revolución es preparar hombres y mujeres. Lo más fundamental que tiene que hacer una revolución es enseñar y educar. La tarea más importante de una revolución, y sin la cual no hay revolución, es hacer que el pueblo estudie».

Y bajo esa máxima trabajó siempre, escuchando lo que tenían que decir los maestros, a veces haciéndoles preguntas «algo indiscretas» para conocer cómo vivían, cómo se preparaban para asumir el magisterio, profesión que él consideraba entre las más vitales para dar continuidad a la Revolución.

El ejemplo de Cuba y su labor en la enseñanza llegó hasta otras tierras, y miles de jóvenes vinieron y vienen aquí por las oportunidades que no tienen en sus países. Muy temprano en la Revolución los maestros cubanos fueron internacionalistas y, más recientemente, se creó el método Yo, sí puedo, para alfabetizar en otras naciones. Todos bajo la impronta del pensamiento fidelista de compartir lo que se tiene, con quienes lo necesiten, sin pedir nada a cambio.

Por eso, defender esa escuela nuestra, que no es perfecta, pero sí justa y diversa, será la principal labor de nuestros maestros, para que siempre cada alumno pueda llevar consigo esa flor de amor muy cerca del corazón.

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