El arte de convivir

Autor:

Juan Morales Agüero

De todas las frases célebres pronunciadas por las grandes personalidades en cualquier etapa de la historia, pocas han conseguido resumir tanta sabiduría como esta que se le atribuye al prócer Benito Juárez (1806-1872): «Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz». Categórica y didáctica, no necesita explicaciones.

Al pronunciarla el 15 de julio de 1867, el mexicano ilustre le transfirió a la humanidad una panacea pacifista. En apenas un puñado de palabras, enseñó cómo se puede convivir en un clima de concordia. ¡Cuántos conflictos se evitarían si apeláramos a esta cita en momentos de beligerancia! Es sencillísimo: debemos tener en cuenta la potestad de los demás para que reine la armonía.

Infinidad de ejemplos confirman la esencia de esta máxima precisa y exacta como un postulado matemático. La embestida al prójimo que intenta ejercer su derecho se desata igual en el mostrador de un mercado que en el interior de un ómnibus. En esos contextos el agraviado no suele quedarse de brazos cruzados y replica con similares ímpetus. Es ahí cuando el equilibrio se va a bolina.

Los edificios multifamiliares figuran entre los espacios donde algunas de estas conductas hallan caldo de cultivo. Aquí no se trata de viviendas aisladas, en cuyos predios sus dueños podrían hacer y deshacer sin molestar a sus vecinos más allá de la cerca perimetral. Un edificio es una gran vivienda múltiple llamada a propiciar relaciones interpersonales sustentadas en la mesura.

¿Qué derecho se arroga quien vive en los pisos superiores para afectar con sus contravenciones a quienes residen en los bajos? ¿Por qué algunos desconsiderados atormentan a sus colindantes en días y horarios impropios con la música a un volumen excesivo? ¿Se justifican los procederes arbitrarios e inconsultos que perturban la tranquilidad de los moradores de tales inmuebles colectivos?

No consideran a sus vecinos quienes hacen suyo el errado criterio de que «estoy en mi casa y en su interior hago lo que me dé la gana». Tal punto de vista constituye, a todas luces, una virtual declaración de guerra. De ahí a la polémica y al insulto no hay más que un paso. Las personas sensatas deben evitar a ultranza situaciones de este cariz, lesivas de la coexistencia pacífica.

Pero no son estas las únicas conductas que dañan el convivir  fraternal y civilizado. Ciertos comportamientos más sutiles —y no necesariamente malintencionados— integran también esa cofradía. Cito entre los usuales las visitas reiteradas e inoportunas a las casas de los vecinos, tanto para ponerlos al corriente de un asunto de rumores como para pedir prestado un poco de azúcar. El visitante, de tan repetido, se vuelve entonces indeseable.

«El vecino es tu familiar más cercano», dice un aforismo. Pero no debemos desgastar ese hermoso nexo con procederes violatorios de la privacidad —ese bien tan preciado—, so pena de convertirlo en bumerán. Como decía mi querida madre, «A llevarse bien, pero cada cual en su casa». Quien frecuenta demasiado los predios ajenos llega a sentirse en el derecho de enterarse de cosas que no debía conocer y de emitir opiniones que no le fueron solicitadas.

Sublimizar los derechos propios y minimizar los ajenos es una manera discriminatoria de practicar la convivencia. Hay que clamar porque lo de uno se respete, pero a partir de la observación de las atribuciones de los demás. A nadie se le puede exigir que sintonice su radio a límites inaudibles. El musicómano sabe bien cuál es el nivel capaz de no molestar al vecindario.

La convivencia es un arte que debemos ejercitar todos los días tanto en público como en privado. Arte al fin, mantiene incólume su carácter polisémico para que cada cual la interprete a su albedrío. Es la garantía para llevar una vida feliz con quienes nos circundan. Cada vez que lo ponga en duda, recuerde las palabras del Benemérito de América: «Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz».

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