Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Entre cuello blanco y overol

Autor:

José Alejandro Rodríguez

La bolsa negra se hincha, a la sombra de una carencial oferta frente a la demanda, los altos precios al consumidor y los bajos salarios; un tríptico que Cuba aún no ha podido ni siquiera atenuar. Y no hay diagnósticos o estudios públicos ni estadísticas sobre esa economía subterránea o sumergida, que ya hace tiempo aflora a la superficie sin pudor, y hasta se cuela en la mismísima economía legal.

El mercado negro corre por las venas de la nación e infecta su cuerpo y su alma. Se aprovecha de las debilidades y falencias económicas, del ritmo con que avanza la actualización de nuestro modelo, de que el trabajo asalariado aún no es necesidad y fuente de prosperidad. Todo lo que opera «por la izquierda» está distorsionando el destino final de bienes y servicios, comprometiendo el crecimiento y el desarrollo, en una especie de circulación especulativa. Sangría y fuente de delitos.

Los revendedores, esos ágiles en acaparar y especular con cuanto haya o falte, son apenas la cara visible y barrial del mercado negro. Lo más grave son las cadenas de usura y desfalco que nacen al amparo del descontrol en las empresas estatales. Son los heraldos negros de esa economía paralela. Y es peligroso que crezcan hasta convertirse en redes. Entre quien compra una plaza altamente codiciada, donde hay «búsqueda», y quien la vende desde su oficina, ¿qué compromiso no hay, qué escrúpulo puede haber para buscar la tajada a cualquier costo? ¿Cuántas puestas de acuerdo y confabulaciones entre cuellos blancos y overoles podrían haber?

Hay que recordar todos los días que la proliferación de redes organizadas del delito económico, a la sombra del descontrol y de la inacción oficial, llegaron a minar estructuras de la institucionalidad en el socialismo real europeo, y contribuyeron, entre otras razones, al desplome de ese sistema en aquellas latitudes.

Unido a los perjuicios económicos que trae, el delito en cualquier eslabón de la cadena de producción y/o importación, almacenamiento, distribución y consumo, tiene un efecto letal en la salud moral de la sociedad, mucho más cuando hay, entre ciertos adinerados que florecen, un afán de conseguirlo y comprarlo todo mediante Don Dinero, aquel «poderoso caballero» que caló hondamente el ingenio de Francisco Quevedo y Villegas. Y porque también hay ofertantes al mejor postor.

Y lo más preocupante es que esas corruptelas ya han hecho de las suyas hasta en trámites oficiales que debe hacer la población. Tales gestiones las tornan inalcanzables y difíciles los prestadores de servicios, para que aparezcan, como ábrete sésamo, los billetes liberadores de las trabas.

Pero lo más delicado de todo es que servicios sagrados e inviolables de la Revolución como la salud y la educación, se han salpicado de esas prácticas erosionantes. Debajo de los casos más sonados y difundidos públicamente, que han recibido el peso de la justicia y la repulsa de la sociedad, ¿quién asegura que no haya concertaciones gananciosas similares?

Lo cierto es que se rumorea que aquí o allá, al amparo del descontrol y el desgobierno, se venden exámenes finales o pruebas de ingreso, o el acceso a una resonancia magnética muy demandada y con listado de espera, aun cuando la gran mayoría de nuestros trabajadores de la educación y la salud sean personas honorables y honradas. Pero esas transacciones son muy discrecionales entre ambos negociantes. Son muy difíciles de revelar y demostrar, precisamente a tenor del descontrol administrativo en esos sitios, y también por la indiferencia y la falta de coraje de quienes hacen mutis por el foro.

Recientes acciones gubernamentales como las emprendidas en rastros de venta de materiales de construcción que especulaban con lo asignado para personas humildes con subsidios, han concitado respaldo popular. Es positivo y aleccionador el jaqueo sistemático a estos delitos e ilegalidades. Pero la solución de tales distorsiones rebasa las campañas y operativos. Debe cimentarse en la autorregulación y el control interno, en la revisión y la verificación sistemática de quienes hacen y deshacen y quienes dejan hacer.

En un plano más mediato y estratégico, el antídoto esencial contra esas desviaciones maléficas es lograr que el trabajo honesto reporte estímulo y prosperidad en Cuba. Pero, mientras tanto, hay que discernir quienes son los que están, y dónde están los que son, sobre todo con énfasis en los que administran, para bien o para mal. Hay que empoderar a los trabajadores y demás bases de la sociedad en esta contienda. 

La corrupción hoy es la primera línea de la contrarrevolución, el implacable enemigo de los más humildes, porque, a la larga, apuesta a la reversibilidad del socialismo en Cuba. Ojo

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