De la «curiosidad médica» al peligro real

El tabaquismo es reconocido como la principal causa del cáncer pulmonar. Sin embargo, es sorprendente ver cuánto tiempo transcurrió antes de que esa verdad fuese aceptada

Autor:

Julio César Hernández Perera

En la vida moderna el cáncer de pulmón ocupa un lugar importante como causa principal de muerte e invalidez. Pero en otros tiempos las cosas fueron bien diferentes. Cuando revisamos la literatura, incluyendo la de principios del siglo XX, se advierte que pocas hojas están dedicadas a esa enfermedad que llegó a ser catalogada como «curiosidad médica», apelativo que podía ser escuchado en algún hospital durante la discusión entre médicos ante casos de cáncer pulmonar.

Se llegó al punto de que cuando se realizaba la autopsia de un paciente con este mal, se conseguía convocar a todo un curso de estudiantes de Medicina, alertados por sus profesores sobre la posibilidad de no ver más en sus vidas de profesionales un caso igual.

Algo, sin embargo, sucedió en el mundo y cambió drásticamente la epidemiología del cáncer pulmonar. El punto de giro se produjo a partir de la Primera Guerra Mundial, cuando se popularizó el hábito de fumar cigarrillos. En las trincheras la gran mayoría de los soldados fumaban para aliviar tensiones; y ese hábito dañino se extendió a la vida civil.

Tal fue la devoción por fumar, que durante este período bélico, un general participante en la contienda dijo a un reportero ante una preguntaba relacionada con el futuro de la conflagración: «Usted me pregunta qué necesitamos para ganar esta guerra. Mi respuesta es: tabaco y balas».

Amplificación del hábito

Al llegar al «Viejo Mundo», al tabaco le fueron adjudicadas ciertas  propiedades medicinales. Su uso se dispersó rápidamente por el resto del orbe: el tabaco se fumaba, se mascaba, se inhalaba nasalmente —en forma de polvo, conocido como rapé—, se administraba por vía rectal para tratar las hemorroides y la constipación o se aplicaba localmente para tratar la tos, el asma, los cólicos abdominales, la gota, diversas enfermedades de las mujeres, parásitos intestinales y heridas abiertas y tumores, entre otras muchas indicaciones.

Al principio se estilaba inhalar el humo a partir de las hojas envueltas, después en pipa (costumbre acentuada en Inglaterra en el último cuarto del siglo XVI). A partir de 1614 Sevilla se convirtió por decreto del rey Felipe III en la Capital del mundo del tabaco.

En esta urbe española se estableció la primera fábrica tabacalera que recibía toda la recolección de hojas de tabaco procedentes de las colonias del Caribe. Los indigentes de la ciudad recogían del suelo las colillas de puros fumados, y aprovechaban el tabaco picándolo y envolviéndolo en un papelillo. Para muchos, ese fue el inicio de los cigarrillos.

Con el paso del tiempo el consumo de cigarrillos se «dignificó» en varias partes del planeta: aunque estos no tenían la «distinción» de los puros, dejaron de ser una forma de consumo menor cuando en 1876 los fabricantes estadounidenses Allen & Ginter ofrecieron un premio a quien inventara una máquina que acelerara la producción de cigarrillos, hasta ese momento realizados de modo manual.

Un joven de 18 años de edad llamado James Bonsack desarrolló y patentó, en 1881, una máquina que podía hacer hasta 100 000 cigarrillos en un día, pero la empresa desestimó el invento por miedo a que la demanda fuera superada.

James Buchaman Duke, por su parte, discrepó de esa percepción y consiguió dos de aquellas máquinas: años después (1890) llegó a ser el presidente de la omnipotente American Tobacco Company y se ganó el adjetivo de Rey del tabaco.

Con estos inventos —y el favor de la publicidad y la adicción suscitada por la nicotina— se consiguió que para principios del siglo XX fumar cigarrillos desplazara en consumo a los puros y se volviera un hábito rotundamente popular. Mientras tanto, los médicos constataban cómo diferentes tipos de cáncer se incrementaban de modo alarmante dentro de la población.

Las evidencias

Se dice que la primera referencia que conecta el tabaco con el cáncer se debe al médico londinense John Hill. En 1761 él describió el desarrollo de «pólipos» nasales en pacientes con una afición desmedida por el rapé. De estos enfermos, algunos tenían lesiones que fueron adecuadamente detalladas para advertir las características inequívocas de estar ante un tumor maligno.

En poco más de tres décadas otros médicos empezaron a describir la asociación del cáncer de labio —sobre todo inferior—, de lengua y otras partes de la boca, con el hábito de fumar en pipa.

El cáncer pulmonar dejaba de ser una afección confinada a la rareza; se empezaba a diagnosticar con mayor frecuencia. Ante la nueva tendencia, y ante el incremento del consumo de cigarrillos, numerosos médicos comenzaron a sospechar del tabaquismo como causa de este mal.

Pero fueron dos estudios divulgados en 1950 los que se consideran por muchos como los que sostienen con evidencias importantes la revelación de que fumar es causa habitual de cáncer de pulmón.

La primera de esas dos investigaciones fue publicada en mayo de 1950 por los médicos norteamericanos Ernst Wynder y Evarts Graham. Cuatro meses más tarde los epidemiólogos británicos Ricahrd Doll y Austin Bradford Hill arribaron de forma categórica a las mismas conclusiones.

Aunque las pruebas eran irrebatibles, al inicio pocos hicieron caso a lo planteado: casi todos los médicos fumaban y no se concebía una reunión entre ellos donde no mediara, como incentivo para un buen debate, el cigarrillo. La noticia de que fumar causaba cáncer encontró gran resistencia.

Las metodologías que se desdoblaron de estas investigaciones acerca del hábito de fumar están ahora arraigadas —sobre todo la británica— en los cimientos de la Epidemiología moderna y continúan siendo apreciadas como un componente esencial y una referencia para el control del tabaquismo a nivel mundial.

Muchos han sido los hallazgos que posteriormente se han realizado y que han creado conciencia acerca de esta dolencia que nos acecha. No obstante, el número mundial de fumadores y la cantidad de tabaco que cada uno de ellos consume, siguen en aumento. Es una realidad de la que Cuba no escapa.

En nuestra población, una de las enfermedades más importantes que causa mortalidad es el cáncer, y dentro de este, el del pulmón. Por eso nos preocupa cuando conocemos —a través de una reciente investigación publicada este año por la Dra. C. Nery Suárez Lugo en la Revista Cubana de Salud Pública— que en los últimos años se constata, como tendencia creciente entre cubanos, el consumo de cigarrillos.

Todo ello nos debe hacer poner en práctica medidas encaminadas a lograr que el tabaco no se cobre demasiadas víctimas. Ojalá, gracias a la cultura de la prevención, el cáncer de pulmón volviera a ser, como en tiempos lejanos, una enfermedad rara, o una simple curiosidad médica.

Algunas fuentes consultadas:

Charlton A. Medicinal uses of tobacco in history. J. R. Soc. Med. 2004; 97:292–6.

Maldonado-Fernández M. Historia del tabaco. De panacea a pandemia. Med. Clin. (Barc). 2005; 125:745-7.

Thun M. J. Early landmark studies of smoking and lung cancer. Lancet Oncol. 2010; 11:1200.

Suárez-Lugo N. Mercado y consumo de cigarrillos en Cuba y la decisión entre tabaco o salud. Rev. Cub. Salud Pública. 2014; 40(3).

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