La errónea práctica del bota y compra

En un contexto computacional dominado por intereses de grandes compañías, un país como Cuba debería aprovechar mucho mejor la vida útil de los equipos

Autor:

Amaury E. del Valle

Una semana después de su cumpleaños 39, Microsoft parece haberlo «celebrado» haciendo efectiva desde este martes 8 de abril la suspensión del soporte tecnológico para su sistema operativo Windows XP y el Microsoft Office 2003.

A pesar de las protestas en el mundo entero por esta decisión, previamente anunciada hace un año, la compañía de Redmond, Virginia, Estados Unidos, decidió mantener su decisión, si bien atemperó la misma para algunas instituciones e incluso Gobiernos, prometiéndoles ayuda para migrar paulatinamente a otros sistemas.

La razón es de peso mayor, pues Windows XP no solo capitaliza más del 20 por ciento del mercado de los sistemas operativos a nivel mundial, sino que es muy importante en el mundo bancario, ya que millones de cajeros automáticos lo utilizan como sistema base.

El otro problema complicado es que no se trata de «migrar» a sistemas como Windows 7 o Windows 8, pues en muchos casos esto conlleva un cambio tecnológico importante, ya que requieren mayores prestaciones de la computadora y por ende deben modificarse los procesadores, placas-madre, memorias y en muchas ocasiones hasta los discos duros internos.

Este es quizá uno de los puntos más polémicos de la muerte del XP, pues además de exponerse a ataques piratas, al no tener ya más actualizaciones, no todo el mundo cuenta con los recursos necesarios para hacer las inversiones que requiere este cambio de sistema.

No solo se trata de usuarios individuales, sino incluso de Gobiernos —como mencionábamos anteriormente—, o de gigantescas empresas con información sensible, para las cuales pasar de XP a Windows 8 significaría una cuantiosa erogación.

Obsolescencia tecnológica

La polémica por el XP ha puesto en evidencia la connivencia de los fabricantes de software y los de equipos, que no solo buscan ofrecerles mayores prestaciones a los usuarios, sino también obligarlos a cambiar frecuentemente de equipos, reduciendo así cada vez más el período de vida útil de estos.

Esta llamada obsolescencia tecnológica se hace cada vez más un problema sumamente agudo, especialmente porque el mercado de piezas y repuestos para equipos de cómputo se ha reducido a nivel mundial, y las estadísticas indican que cada vez se venden menos, como elementos sueltos, partes como memorias, discos duros, placas-madre o motherboard, y hasta tarjetas de video y sonido.

El fenómeno tiene en parte una explicación tecnológica, dada la creciente integración y miniaturización de componentes que caracteriza a la industria tecnológica, especialmente por la irrupción de dispositivos inalámbricos a escala superlativa, tales como tablets, teléfonos celulares de tercera y cuarta generación, y las más sofisticadas laptops.

Por otro lado están además, los grandes intereses corporativos, conformados por alianzas de productores de sistemas operativos y softwares, como Microsoft, con líderes de la computación como Hewlett Packard, Intel, Sony y muchos otros.

Esas alianzas, muy pocas veces percibidas por el usuario, conforman un entramado bilateralmente influyente, ya que los nuevos avances tecnológicos impulsan a más moderno software, y las versiones más sofisticadas de sistemas y programas requieren mayores prestaciones de las computadoras y otros equipos.

En el intermedio entre ambos queda el usuario —léase individual o institucional—, que si bien se beneficia de ambas situaciones, computarizando y virtualizando cada vez más su vida, con lo que ello conlleva en materia de desarrollo, está atrapado por un ciclo de obsolescencia tecnológica cada vez más corto.

Mantenimiento pendiente

Las inversiones en tecnología son, en cierta forma, para siempre, pero duran muy poco en la vida, y por ende, ya una vez que se ha realizado la primera, hay que seguir haciéndolo, pues es imposible dar marcha atrás.

Sin embargo, esta realidad, que es muy evidente, pocas veces es considerada cuando se hacen planes, no ya a nivel personal, sino también institucional, porque estos, en muy pocos casos, tienen en cuenta la necesaria reinversión constante o el debido mantenimiento.

Así sucede también en Cuba, donde la entrada de computadoras no siempre viene acompañada de elementos tan necesarios como reguladores de voltaje, equipos de respaldo eléctrico o backups, kits de limpieza y otros.

De hecho, cuando por razones periodísticas visitamos diversos centros de trabajo y estudio, por curiosidad hemos preguntado si antes de instalar los nuevos equipamientos se midió la calidad de la electricidad, de las líneas, y la mirada de extrañeza o desconocimiento ha sido la más elocuente respuesta.

Y es que la lógica indica que si usted agrega más equipos a la red eléctrica de un lugar, máxime cuando son tan sensibles como las computadoras, además de comprobar su buen estado debe calcular lo que significará esta sobrecarga, que en no pocas ocasiones viene acompañada también de más iluminación y por ende otra sobrecarga.

Es explicable entonces que sean las fuentes y las placas-base, junto a los backups, las víctimas más frecuentes cuando de roturas de equipos se trata, y lo más dañino es que cuando se rompen las placas-madre, casi siempre suponen una reinversión prácticamente total, pues hay que poner nuevas las memorias y los procesadores.

Un capítulo aparte requiere el tema de la limpieza, imprescindible en Cuba, donde la conjunción de polvo y humedad inunda de suciedad con mucha rapidez los componentes de una computadora, aumentando su calor interno, ya de por sí alto en nuestro clima tropical, y contribuyendo a su rápido deterioro.

Solo le conmino a que haga dos simples pruebas mientras lee este trabajo: si está en una computadora de escritorio fíjese en la rejilla posterior de la torre, la toma de aire de la fuente, a ver si está limpia o no; si trabaja con una laptop o un teclado externo, solo vírelos y sacúdalos un poco para ver si se desprenden partículas.

¿Dónde están los talleres?

Quizá como colofón merecería la pena no dejar pasar por alto el tema de los arreglos, que si bien son difíciles por la escasez de partes y componentes, muchas veces se dificultan aun más por no tener a quién o a dónde acudir, o porque se acumulan en un mismo sitio una máquina rota por una cosa, que a lo mejor se puede aprovechar de la que está a su lado, también desechada, y al menos rescatar una.

La falta de talleres estatales, no tan solo para los particulares, sino también para las empresas e instituciones, es un problema agudo al que habrá que encontrarle una solución definitiva, la cual se ha ido paliando, en el caso de los usuarios individuales, con el valioso, aunque muy costoso servicio que brindan algunos trabajadores por cuenta propia.

En Cuba, donde desde el primero hasta el último de los ciudadanos y también sus instituciones y empresas siente de alguna forma los rigores del bloqueo y la situación económica, la filosofía del «bota y compra nuevo» cuando algo se rompe no parece ser, cuando menos en el mundo de la computación, una posición muy sensata.

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