¿Se extingue el «macho» latino?

El nuevo tipo de hombre se abre paso entre el machista beligerante tradicional —ya obsoleto y en minoría—, y el «testosterono-dependiente» Pregunte sin pena Sabías que...

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

Por siglos, hombres y mujeres hemos aceptado un reparto arbitrario de papeles en la sexualidad. Para ella la indiferencia sexual, la fidelidad, la maternidad sufrida y el esperar callada.

Para él la aventura, la iniciativa y el permiso para esas «descargas urgentes» de testosterona que nada tienen que ver con el amor romántico.

Supuestamente ganan ellos, pero esa cultura falocrática que reduce el poder del hombre al de su pene, y esa imagen siempre erecta, tan abusada por la arquitectura y la publicidad, ya está resultando insostenible, no solo para las mujeres liberadas de esquemas, sino para muchos hombres.

Basta juzgar el cambio de patrones en las relaciones interpersonales, la osadía de incorporar prendas «femeninas» a su vestuario y la proyección emocional de los nuevos varones, que no por eso permiten un cuestionamiento de su orientación sexual.

Este fenómeno no es privativo de la Isla, aunque tal vez sorprenda aquí más que en el viejo continente o en otras latitudes de las Américas. Y tampoco es una cuestión de moda: desde la revolución sexual de los años sesenta, en el pasado siglo, se ha teorizado bastante sobre un nuevo tipo de hombre, calificado como soft —suave en inglés— que no se avergüenza de la parte sensible de su personalidad y considera a la mujer en un plano de igualdad respetable, no como presa sexual.

La permanencia o evolución de ese modelo hasta nuestros días es un hecho innegable, según lo percibe y defiende el urólogo español José Luis Arrondo, jefe de la Unidad de Andrología del Hospital de Navarra, quien habla de razones sociales y biológicas para tal sobrevaloración del pene y del cercano fin de su hegemonía en el intercambio entre géneros.

«Todavía se suelen ensalzar las cualidades amatorias del varón y se evalúa su rendimiento por la cantidad de veces que eyacula o el tiempo que pasa en erección, más que por el placer compartido con su pareja, pero crece el número de hombres que renunciamos a ese estereotipo», precisa.

A ese «macho» latino tradicional le importa sobre todo el tamaño de su falo o la juventud para evaluar el sexo, más que el sentimiento acompañante, y como no le está permitido mostrar debilidades en la cama, sufre sus disfunciones en el silencio de las sábanas, enajenándose de la meta sexual por intentar mantenerse en el camino hacia ella.

EL HOMBRE DEL XXI

Para el doctor Arrondo, en el siglo que comienza llegará a prevalecer ese nuevo tipo de hombre que se abre paso entre el machista beligerante tradicional —ya obsoleto y en minoría—, y el «testosterono-dependiente», más liberal con las mujeres, pero muy genitalizado aún en su comportamiento, y que quiere seguir llevando la batuta.

Este hombre nuevo no es ñoño ni asexuado, como algunos dicen por ahí, aclara Arrondo. No se trata de una debilidad de su carácter, sino de un cambio en los roles, en la forma en que se proyecta hacia las mujeres y en cómo vivencia sus propias necesidades humanas.

Sencillamente el machismo como filosofía de la vida «ya no nos representa», asevera él en su libro Historia íntima del pene, publicado en España y que va por su segunda edición.

En esta nueva construcción de la masculinidad no existen diferencias irreconciliables entre géneros y no va más el modelo de hombre activo y mujer pasiva, ni en la vida ni en la cama, afirma Arrondo, alarmado por la cantidad de pacientes que aún llegan a su consulta con una disfunción eréctil porque su pareja tomó la iniciativa.

Aunque el proceso de liberación femenina ha influido en esta tendencia, el cambio es algo que nace desde dentro, desde el mismo varón, no dispuesto a seguir el derrotero cultural que lo ha lastrado por tanto tiempo mientras veía avanzar a su compañera de viaje.

«Esto supone un gran esfuerzo», admite Arrondo, pero cada vez son más los que se animan a reivindicar su derecho de ser sensibles, de llorar como hombre si la ocasión lo pide y mostrar afecto sin restricciones, asumiendo la paternidad como un privilegio, «no como una prueba de que el pene funciona y se puede sembrar hijos», y el amor, como un espacio para darse y aprender.

No obstante, reconoce que es mayoritario aún el grupo de los «testosterono-dependientes», que se basan en lo fisiológico para justificar su comportamiento, «como si no hubieran pruebas de lo distintos que somos del resto de los mamíferos en otros aspectos de la vida.

«El nuevo varón demuestra que la ternura también «levanta» algo más que el ánimo. La civilización ha liberado al ser humano de la esclavitud de las hormonas, así que nadie es polígamo por naturaleza, sino por conveniencia y propia decisión».

MÁS LEJOS DE LA SELVA

Afortunadamente, estos hombres que inundarán el XXI son más capaces de reconocer sus limitaciones en materia de sexualidad y de pedir ayuda profesional a tiempo, explicó Arrondo.

En ellos despierta el interés por la prevención en materia de salud, se cuidan más integralmente y además se dan permiso para indagar sobre su cuerpo y el de su pareja, para saber cómo son, por qué sienten, y no solo para usarlos con un fin limitado.

Según algunos sectores sociales más recalcitrantes, tal espécimen es prueba de decadencia sexual, de que finalmente «nos estamos dejando gobernar por las mujeres», y será el fin del orgullo machista.

Para otros, sobre todo los más jóvenes, es una liberación anhelada por décadas, la posibilidad de compartir el peso de la vida equitativamente y acabar con el mito del macho semental descontrolado que si no cumple determinados parámetros no califica para competir y triunfar.

«Somos partidarios de disfrutar del sexo no solo por el innegable placer físico que ofrece, sino como una forma de comunicación con esa persona que además de que nos gusta, nos interesa, sentimental e intelectualmente», afirma Arrondo.

«El amor es libertad, y el coito es más que buscar un hijo o una descarga de hormonas. El nuevo «macho latino» se está formando con un mayor sentido de justicia, con más humanismo, y eso, afortunadamente, nos aleja cada vez más del chimpancé», concluyó el experto.

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