Mi sudor y tus caderas

¿Qué hace más atractiva a determinada persona? Sexo Sentido aborda investigaciones recién publicadas en el mundo sobre este tema

Autor:

Julio Martínez Molina

Sobre cuestiones de gustos se ha escrito a mares; aunque, a ciencia cierta, los raseros para medirlos son vulnerables según las diferencias de culturas, tradiciones, e incluso elementos de valoración condicionados por vía generacional. De modo que la variabilidad del patrón con que se establece, por ejemplo, la feminidad o el atractivo erótico de una mujer, puede diferir tranquilamente de un contexto social a otro. O no.

Una dama de senos grandes y nalgas escurridas podría ilusionar a un sajón, mientras que la misma señora quizá no porte el mismo sex-apeal a juicio de un latino.

Sin embargo existen denominadores comunes a nivel de planeta en cuanto a planteamiento de estímulos sensoriales que irremisiblemente conducen, si no a una unificación absoluta, al menos a cierta convergencia en los estándares de belleza de la figura humana y su componente erótico.

Recientemente el doctor Devendra Singh, de la Universidad de Texas, publicó un estudio a partir de su análisis de las referencias a los atributos femeninos en 345 000 obras de ficción aparecidas entre los siglos I y XVIII en todo el mundo.

Si bien, los senos eran el área anatómica más mencionada, la estrechez de la cintura resultaba lo más destacado por los autores de sus heroínas.

Según el parecer del catedrático, «el hecho de que los escritores describan una cintura estrecha como algo bello sugiere que esta parte del cuerpo representa una característica esencial de la belleza femenina que trasciende diferencias étnicas y culturales».

La ancestral relación que estableció el sexo masculino entre cinturas estrechas, caderas anchas y fertilidad femenina es descartada, empero, por un especialista de la Universidad de Nueva York.

El psicólogo Piers Cornelissen asevera en sus investigaciones que nuestra atracción por dicho «escenario» físico en la mujer se debe menos a yuxtaponer su ligazón con la supuesta fertilidad, que por el hecho de que «es irrefutable que a los hombres les gustan las mujeres bien alimentadas».

Cornelissen emplea ecuaciones matemáticas para dividir la cantidad de «curva» entre la cintura y la cadera debida a la sedimentación de grasas y la originada por otros elementos, a saber, la estructura ósea o el efecto de hormonas sexuales.

AMOR DE NARICES

En febrero de este año, científicos de la Universidad de Berkeley difundieron otro estudio que postula, a su vez, que lo que más atrae a una mujer de un hombre es su sudor.

En la investigación publicada en Journal of Neuroscience revelaron que «las mujeres que olfatearon un producto químico basado en el sudor masculino experimentaron un aumento de los niveles de una importante hormona, junto con un incremento del estímulo sexual, de la frecuencia cardíaca y otros efectos».

Luego de que 50 estudiantes mujeres de Berkeley oliesen varias veces una jarra de androstadienona —la señal química masculina—, sus niveles de la hormona cortisol subieron al cielo en menos de 15 minutos, sin bajar en más de una hora.

El cuerpo humano segrega dicha hormona para mantener una correcta excitación y la sensación de bienestar. El simulacro de sudor masculino mejoró el humor de las universitarias y aumentó su presión sanguínea, frecuencia cardíaca y respiración.

Al comprobar lo anterior, la científica Claire Wyart, al frente del estudio, declaró: «Esto nos dice realmente que hay muchas cosas que pueden ser provocadas oliendo sudor».

Si bien estudios anteriores sentaron la interacción entre los olores y el apetito sexual, hasta ahora ninguno había afirmado tan categóricamente como lo hace este que el sudor de un hombre puede atraer más a su contraparte femenina que cualquier otro incentivo.

Al estudio le habría aportado bastante no solo probar con chicas del campus académico, sino además con coreanas, suizas, costarricenses, finlandesas, congoleñas... para saber si todas hubiesen reaccionado de la misma forma.

Los blancos de atracción sexual se conforman sobre la base de un distendido diapasón de inclinaciones cimentadas desde el estímulo visual, la fantasía o los precedentes informativos generacionales o sociales. Pero también —y probablemente por arriba de todo—, desde el más remoto escarceo químico del cerebro humano.

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