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Premios Nobel 2026 expanden los límites

Controlar neuronas con luz, detectar partículas que llegan desde el cosmos y comprender por qué la vida prefiere una de dos moléculas espejadas. Los premios de este año reconocen hallazgos que ensanchan las fronteras de la ciencia

Autor:

Juan Leonardo Pacios Dorado

 

​Tres imágenes bastan para resumir los Nobel de 2026: una neurona que obedece a un destello de luz azul, un kilómetro cúbico de hielo antártico que escucha partículas llegadas de galaxias lejanas y dos moléculas idénticas que, como las manos, no pueden superponerse.

​Cada imagen es una herramienta construida para ver lo que antes resultaba invisible. La ciencia avanza así: inventando la manera de expandir los límites.

​Fisiología o Medicina: el control de la luz

​Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel recibieron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por sus trabajos sobre los canales iónicos activados por la luz y el desarrollo de la optogenética.

​Esta técnica permite modificar la actividad de neuronas seleccionadas mediante estímulos luminosos y estudiar su participación en el funcionamiento del cerebro.

​El punto de partida fue una pregunta sobre algas unicelulares: cómo responden a la luz. Hegemann y Nagel identificaron la canalrodopsina, una proteína que actúa como canal en la membrana celular. Cuando recibe la luz, deja pasar iones —partículas con carga eléctrica cuyo movimiento altera la actividad de la célula—.

​Deisseroth llevó ese mecanismo al terreno de las neuronas. Al introducir el gen de la proteína en células nerviosas, demostró que era posible provocar señales eléctricas con pulsos de luz azul. El procedimiento abrió la posibilidad de intervenir sobre grupos específicos de estas células y examinar su relación con la memoria, las emociones y la conducta.

​La optogenética no se limita a registrar la actividad cerebral. Al modificar el funcionamiento de determinadas células y observar los cambios posteriores, los investigadores pueden estudiar el papel de esas neuronas dentro de un circuito.

​La herramienta se utiliza hoy en laboratorios de neurociencia de todo el mundo, aunque sus resultados experimentales no equivalen por sí solos a tratamientos clínicos disponibles para las enfermedades abordadas.

​Física: el universo visto desde el hielo

​El Premio Nobel de Física fue para Francis Halzen, de la Universidad de Wisconsin-Madison, por sus contribuciones decisivas al Observatorio IceCube y al descubrimiento de neutrinos de alta energía de origen astrofísico.

​El reconocimiento destaca su papel en la creación de esa instalación y en el desarrollo de una vía nueva para estudiar los fenómenos más violentos del cosmos.

​Halzen propuso en 1988 utilizar el hielo del Polo Sur como medio de detección. Aquella idea dio lugar a IceCube, una instalación que emplea un kilómetro cúbico de esa masa helada equipado con sensores capaces de registrar las señales luminosas asociadas a las interacciones de los neutrinos.

​Los neutrinos son partículas difíciles de detectar, y precisamente por eso aportan información sobre procesos que ocurren a distancias enormes. Su observación a alta energía procedente de fuentes astrofísicas amplió las herramientas de la astronomía: además de estudiar la luz, los científicos pueden valerse de estas partículas para investigar el universo.

​El trabajo reconocido combina el desarrollo de un instrumento de observación con los descubrimientos realizados mediante él. IceCube convirtió el hielo antártico en parte de un detector y permitió obtener evidencias sobre partículas producidas en fenómenos astrofísicos de gran energía.

​Química: la asimetría vital

​Henri B. Kagan y Kenso Soai recibieron el Premio Nobel de Química por el descubrimiento de los efectos no lineales y la autocatálisis en la síntesis orgánica asimétrica.

​Sus trabajos explican cómo una reacción puede favorecer una de las dos formas de una molécula que son imágenes especulares entre sí, pero que no pueden superponerse (como las manos derecha e izquierda). Esta propiedad se denomina quiralidad.

​Ambas formas comparten composición química, pero pueden comportarse de manera distinta en un organismo. Por eso, controlar cuál se obtiene durante una reacción resulta fundamental para la fabricación de medicamentos y otras aplicaciones.

​En 1986, Kagan comprobó que una reacción podía producir una proporción mayor de la esperada de una de esas formas. El hallazgo reveló los efectos no lineales: la composición del sistema que la dirige y la del producto final no siempre guardan una relación directa, por lo que una preferencia inicial puede amplificarse durante el proceso.

​Soai profundizó en la autocatálisis asimétrica, un mecanismo en el que el producto de una reacción favorece su propia formación. Sus experimentos demostraron que este proceso puede aumentar el desequilibrio entre las dos formas moleculares hasta conducir al predominio de una de ellas.

​Los resultados proporcionan herramientas para dirigir la síntesis química y estudiar la homociralidad —el predominio de una misma orientación en determinadas moléculas de los seres vivos—. Ofrecen también mecanismos experimentales para investigar cómo pudo surgir esa preferencia, aunque no determinan por sí solos qué proceso ocurrió en la Tierra antes de la aparición de la vida.

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