Lecturas
LOS primeros europeos que conocieron y probaron el tabaco fueron Rodrigo de Xerez, hombre de confianza del almirante Cristóbal Colón, y Luis de Torres, judío converso. El hecho, de enorme trascendencia en la historia universal, ocurrió en el cacicazgo de Maniabón, en Gibara, actual provincia de Holguín. Fue allí que Xerez y Torres vieron a nuestros aborígenes que echaban humo por bocas y narices después de inhalar de aquellos «mosquetes». Luego de darse ellos mismos su «patadita», corrieron a comunicar el hallazgo. Fue un informe negativo: el primero que se registra sobre el tabaco.
Rodrigo de Xerez llevó tabaco escondido a España y disfrutó de aquellas hojas hasta que su mujer lo descubrió. Como era algo inusitado, la buena señora, sin duda, de armas tomar, denunció a su marido a la Santa Inquisición: Rodrigo de Xerez estaba «espiritado», es decir, endemoniado. La respuesta no se hizo esperar y el fiel ayudante de Colon fue a dar con sus huesos a una mazmorra.
Está fuera de toda duda que Torres y Xerez son los europeos que «descubrieron» el tabaco. Lo consigna Colón, de primera mano, en su diario. No se sabe, sin embargo, si es cierta o apócrifa la anécdota acerca de la denuncia que a Xerez hizo su mujer. Verdadera o falsa, todos los historiadores del tabaco la repiten, y así también lo hace el ensayista y narrador cubano Reynaldo González, premio nacional de Literatura, en su libro El bello habano.
Digamos, como colofón de esta historia, que cuando Xerez logró salir de su largo encierro, no pudo reprimir su asombro al ver la cantidad de gente que fumaba a su alrededor. Y es que, dice Reynaldo González, gozaban de licencia eclesiástica para hacerlo.
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Un hombre lee mientras sus compañeros trabajan. Lo hace en voz alta y de tal modo lleva momentos de esparcimiento e instrucción a los que, sin mirarlo y concentrados en lo que hacen, se aplican sobre la hoja delicada y oscura del tabaco que tuercen entre sus manos para formar la vitola que luego un fumador convertirá en aroma.
Si les gustó lo que oyeron, esos tabaqueros, en señal de aprobación, golpearán al unísono con sus chavetas las tapas de madera de sus mesas de labor, pero tirarán al piso esas cuchillas curvas si lo que escucharon no les convenció o les pareció poco apropiado.
Si el tabaco cubano es el mejor del mundo, en su calidad alta y refinada influye, de manera indudable, el arte del lector de tabaquería, que hace al tabaquero imprimir a la hoja la pasión de lo que escucha. Solo así, dice el poeta Miguel Barnet, ese placer grande de la vida que es el fumar deviene éxtasis supremo.
Es una tarea original, única, aunque se hermana con lo que hacen los lectores del despalillo y la escogida, las otras fases del proceso en la elaboración del torcido. No se repite en otros rubros productivos. Es cubana ciento por ciento desde su inicio. Toda una institución.
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Se dice que el tabaco nutrió la Guerra de Independencia y el tabaquero la financió. La revolución tuvo su base económica en las tabaquerías de Tampa y Cayo Hueso. De ellas, en lo esencial, salió el dinero para la Revolución. Entre 12 y 15 dólares mensuales aportaban los operarios de las tabaquerías, y el aporte se doblaba en épocas de mayor trabajo. Esas contribuciones se mantuvieron durante toda la contienda, hasta 1898, encabezadas por los clubes revolucionarios, de los cuales existían 30 en Ybor City y 16 en Tampa.
En los llamados Días de la Patria, los tabaqueros hacían sus aportes. Uno de ellos, apodado el Guanche, donó el dinero que reservaba para sus medicinas. Pocos días después, ya en su lecho de muerte, alguien comentó que su gravedad se debía a la falta de medicamentos, lo que hizo que el Guanche exclamara: «La patria vale más que mi vida».
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Fracasado el llamado Plan de Fernandina, cuando las autoridades norteamericanas incautan en el puerto floridano de ese nombre los tres barcos y todos los pertrechos acopiados para iniciar la guerra, Martí decide, pese al descalabro, no postergar el comienzo de la contienda. El 29 de enero de 1895 firma la Orden de Alzamiento, que queda autorizado para la segunda quincena de febrero.
Dicha orden vino envuelta en un tabaco que un arriesgado conspirador trajo en la boca como para encenderlo al desembarcar en La Habana. Lo recibiría Juan Gualberto Gómez. Reunidos los comisionados de la revolución en la Isla, escogieron el 24 de febrero para el inicio de las hostilidades, lo cual Juan Gualberto comunicó a Martí con un sencillo mensaje: «Giros aceptados».
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Visita el gran Caruso, durante su estancia en La Habana, la fábrica de Partagás, y los operarios no ocultan su júbilo, pero dice una de las torcedoras que no podrán apreciar en el teatro su voz de tenor, «rica, redonda, dorada y suave» porque el precio de las lunetas está por encima de sus posibilidades. Veinticinco pesos es más de lo que ganan; una cantidad con la que, en ese tiempo, puede mantenerse durante un mes una familia de cuatro personas.
El divo recordó tal vez su niñez miserable en Nápoles, y sin pensarlo mucho se encaramó en la mesa del lector de tabaquería para cantar La donna é móbile. Se dice que el astro del Metropolitan de Nueva York, a quien apenas le quedaba un año de vida, cantó como nunca.
Los tabaqueros hicieron sonar sus chavetas contra la mesa y la ovación, estruendosa, se prolongó durante más de diez minutos. Agradecía el cantante el cumplido cuando una lluvia de habanos comenzó a caer a su alrededor, unos mil Romeo y Julieta que, en Cuba, decía Caruso, sabían mejor que en otras partes porque estaban acabados de hacer.
«No dejaré ninguno en el piso… sería un desaire para con quienes me los obsequiaron de tan cubanísima manera. Y además valen muy caros», dicen que comentó.
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El 2 de febrero de 1962, temprano en la mañana, John Kennedy, presidente de Estados Unidos de América, llamó a su despacho a Pierre Salinger, vocero y jefe de prensa de la Casa Blanca, para hacerle la más extraña petición que jamás hubiera hecho un mandatario estadounidense.
—Pierre, necesito ayuda.
—Estaré encantado de hacer lo que pueda —respondió Salinger.
—Necesito muchos puros.
—¿Cuántos, señor Presidente?
—Unos mil Petit Upmann— respondió.
En 1992, en una crónica que dio a conocer en la revista Cigar Aficionado, Salinger confiesa que sintió un escalofrío al escuchar aquella petición, pero lo disimuló. Además, Kennedy le recomendaba que adquiriese para sí cuantos habanos pudiera en dependencia de su economía.
El autor de títulos como Con Kennedy y Soy americano salió del Despacho Oval con la duda de si podría cumplir el encargo o no, pero gran fumador de habanos como era, sabía dónde era probable que los consiguiera, pues conocía de un montón de tiendas donde los vendían.
Al día siguiente, a las ocho de la mañana, sonó el teléfono de la oficina de Salinger en la Casa Blanca. Kennedy, que estaba ya en el Despacho Oval, le pedía que lo viera de inmediato.
—¿Qué tal te fue, Pierre? —, inquirió el Presidente tan pronto el periodista traspuso el umbral.
—Muy bien, señor Presidente.
Había superado el encargo al conseguir 1 200 puros.
Kennedy sonrió. Abrió una gaveta de su escritorio, sacó un papel y estampó de inmediato su firma. Era el decreto que prohibía la entrada en Estados Unidos de cualquier producto cubano. Los habanos eran, a partir de ese momento, ilegales en ese país.
Pasaron los meses. Kennedy debía hacer llegar a Nikita Jruschov, primer ministro soviético, un mensaje verbal, y confió a Salinger que lo hiciera. Ya al final de la entrevista con el líder soviético, Jruschov entregó al visitante un cofre de maderas preciosas cubanas con 250 habanos.
—Lleve esto al presidente Kennedy. Es un obsequio que me hizo el Comandante Fidel Castro Ruz.
De vuelta a Washington, Salinger no demoró en aparecer en la Casa Blanca con el cofre bajo el brazo. Imaginaba la cara de complacencia del mandatario al recibirlo. Pero…
—¿Y tú te aprovechaste del pasaporte diplomático y de la misión presidencial encomendada para entrar en Estados Unidos un producto ilegal? ¡No, no, yo no puedo aceptarlo! Imagina el escándalo que se desataría si se supiera que yo lo acepté… Llévalo ahora mismo a la Aduana para que incineren el cofre con todos los habanos dentro. Y tráeme el recibo de que los recibieron…
Concluía Pierre Salinger su historia: «Imagino que aquellos tabacos se incineraron entre los labios de los aduaneros».