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Reciben jóvenes cubanos enseñanza integral en Escuelas Militares

El Camilito José Carlos Alfonso Borges comenta sobre sus experiencias cuando entró en la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, de Ciego de Ávila

Autor:

Juventud Rebelde

 José Carlos Alfonso. Foto: Nohemia Díaz Ciego de Ávila.— Al primer disparo, el fusil le cabeceó. Era la primera vez que hacía fuego con el fusil de instrucción de calibre reducido, y además del olor a pólvora, el Camilito José Carlos Alfonso Borges aún recuerda el choque de la culata en el hombro.

«Fallé ese y el otro», recuerda. Luego me dije: «Cálmate, que así no va». Y empecé a recordar los consejos en las clases de tiro. Hice las cosas como debía y de los 15 disparos, diez tocaron el blanco».

Eso fue en Chambas, el municipio donde vive. Hacía poco que había entrado en la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, de Ciego de Ávila; y ahora, en el 12mo. grado, José Carlos, con su aspecto delgado y pelo negro, peinado bajito, sonríe al mencionar cómo el fusil le saltaba en las manos.

«Pero no crea, advierte. Yo no entré a los Camilitos por el gusto a las armas, ni siquiera por andar con uniforme. Defender a mi país sí; ese fue un motivo, aunque no el único. Muchas veces, cuando estaba en la Secundaria, vine a la escuela a visitar a un primo que estudiaba aquí; Adalberto Jiménez Borges es su nombre. Me llamó la atención el orden que había. Medité un tiempo y al final decidí: Quiero ser Camilito».

¿Y ESE BOLSILLO, ALUMNO?

«Bueno, mire. Yo no me iba a “rajar”. Pero los primeros días, los de la “previa”, esos son difíciles. El problema es adaptarse. Cuando a las cinco de la mañana dieron el de pie, imaginé que las sábanas eran de piedra y que no iba a levantarme. En la Secundaria, remoloneaba; podía dormir un poco más, en definitiva la escuela me quedaba a una cuadra de la casa. Pero aquí la cosa es distinta.

«Los ejercicios no fueron un problema, además de tocar guitarra y cantar, siempre he practicado deportes. Aquí soy el catcher del equipo de pelota y en los dos últimos años le hemos ganado a los Camilitos de Sancti Spíritus, a pesar de que tienen un pitcheo terrible.

«La primera dificultad viene con el sueño, que nos da la guardia que hacemos en el punto de control de pase de la escuela, y hay que saberlo aguantar.

«El otro problema es el detalle. Tú no puedes ser organizado si no eres detallista. Y eso lo aprendemos en esta escuela. En mi caso, para saberlo, bastó con pasar una pena. Fue acabadito de llegar, en la primera inspección al dormitorio. Yo me esmeré, la verdad. Todo lo puse en su lugar, la cama bien tendida, la ropa alineada en los percheros.

«Al llegar mi turno, el oficial comenzó a revisar. Pasaban los minutos y no decía nada. Pensé contento: “De esta, salgo”, cuando oí: “Alumno”. Me quedé frío. “Mire, ese ojal en la camisa de campaña está desabotonado. ¿Qué le pasó?”. El dormitorio estaba en silencio y yo quería que la tierra me tragara».

HUMILLAR, NO

«En la “previa” uno de los nuevos ingresos se enfrentó a su jefe de pelotón, que también era un alumno. Había cometido una falta y le pidieron la tarjeta para señalarle el reporte. El muchacho boconeó: “No te voy a dar nada”. Le dije: “Alumno, cuando termine la formación lo espero”.

«Nos fuimos los dos solitos. Yo soy el secretario general del Comité de la Juventud, y debía conversar con él. Le pregunté: “Bueno, dígame: ¿qué pasó?”. Me dijo que no le gustaban las órdenes y por ahí empezamos. Uno tiene que entender que la vida militar es de sacrificios y que de las órdenes depende, incluso, la salvación de una tropa. Al final comprendió y hoy es un buen Camilito.

«¿Por qué entendió? No fue por amenaza; de lo contrario, no hubiéramos hablado. Aquí en la escuela, hemos aprendido algo. Uno tiene que actuar como un hombre, pese a tener 17 años. Tampoco a las personas se les puede humillar. Despertarles la vergüenza sí, pero humillar no.

«El Político es como si fuera mi padre en los Camilitos. Lo he observado y al principio me preguntaba: “¿Por qué pasa tanto trabajo cuando ocurre algo con un alumno? ¿Por qué conversa tanto?”. Después comprendí que, algunas veces, lo más fácil es sancionar; pero ocurre que, en ocasiones, cuando se sanciona, la gente se atrinchera y no entiende. Y ahí está el problema. En hacer entender».

NILMA, MI OTRA VIEJA

«Muchos de nosotros hemos tenido problemas personales. A lo mejor en la casa no se han enterado, pero aquí los profesores y los oficiales se han dado cuenta. Y a esa hora, ellos se han convertido en nuestras familias.

«Una vez yo tuve una situación. No se la quería decir a nadie; pero un día, Nilma Rodríguez, la profesora de Español, me llamó aparte. Me preguntó: “¿Qué te pasa?” y yo, punto en boca. Luego de mucha insistencia le conté y ella me aconsejó. Después no sé ni por qué me sentí mejor. Porque me desahogué o porque alguien me escuchó.

«Ahí comenzó una gran amistad, al punto de que Nilma es como si fuera mi “vieja”. Es muy exigente. No perdona ni una falta de ortografía. A cada rato me repite: “Juan Carlos, lee, no te quedes atrás”.

«Cuando leí El reino de este mundo, de Alejo Carpentier, comprendí sin problemas la trama del libro porque antes había leído otros de Historia Universal. Gracias a su insistencia fui primer lugar en el Concurso de Química entre los Camilitos del país en 10mo. grado y en 11no., a nivel de Ejército Central.

«Aunque ella no es así solo conmigo. Uno la veía preocupándose por todo el mundo y pensaba: “No tiene problemas”. No sabíamos que, en medio de tantos consejos, ella tenía una hermana enferma. Por eso ha faltado en los primeros meses del curso. Entonces, le empezamos a mandar cartas para que supiera que los alumnos nos preocupábamos.

«Ella nos mandaba recados, agradecía a todos el gesto e insistía en que estudiáramos y que era posible que demorara en regresar. Bueno, por lo memos yo me resigné a que no estaría con nosotros en este año. Era lógico, la hermana se había complicado. Hasta que un día me enfermé. El caso es que me dieron unas fiebres tremendas, con vomiteras y temblores. Me ingresaron y ahí estaban los médicos y los oficiales “arriba” de mí. Me dormí a duras penas.

«Al otro día, por la mañana temprano, me desperté. Me sentía mejor, pero muy cansado. Traté de acomodarme en la cama y entonces la vi. Allí estaba Nilma. No dijo nada. Solo me pasó la mano por la cabeza y me preguntó muy bajito: “¿Cómo amaneciste?”. Yo murmuré: “Mejor”. Y ella sonrió».

 

 

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