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Encantos y apuros de un viaje corto

Muchos cubanos seguramente alguna vez han cruzado la bahía habanera en una lanchita. Pero lo que muy pocos conocen es que en estas embarcaciones fueron transportados más de dos millones de pasajeros en el 2017, a pesar de sus más de 20 años de explotación y la carencia de piezas de repuesto

Autor:

Yunet López Ricardo

Sobre las mismas aguas que hace más de 200 años navegaban botes de vela y remos para llevar mercancías o viajeros de un lado a otro de la bahía en la capital, hoy pasan La Coubre, Tarará y La Giraldilla, tres patanas veinteañeras a las que, sin importar su forma o destino, los cubanos llaman «la lanchita de Regla».

Desde el embarcadero de Luz, que parece una enorme caja de cristal en el puerto de La Habana Vieja, hasta el poblado de Casablanca, guardián del Jesús creado por Jilma Madera, o Regla, donde está la Iglesia de la Virgen que le da nombre, van todos los días más de 20 veces las pequeñas embarcaciones, desde las cuatro y media de la madrugada hasta la medianoche.   

Dos hacen el recorrido Regla-Habana-Casa Blanca, y otra en el centro de esas va desde Regla a La Habana. De ese modo, por solo diez centavos en moneda nacional, cada 15 minutos puede el pasajero abordar una travesía que demora unos cinco.

Según Gastón Tundidor Suárez, jefe de tráfico de la flotilla, las lanchas tienen capacidad para 120 pasajeros, o 90 y 30 de ellos con bicicletas —en ese caso el precio aumentaría 20 centavos—, y en los cerca de 122 viajes que ocurren a diario en la bahía, trasladan aproximadamente 6 000 personas.

Con un mar pintado de gris o azul, un poco crispado o quieto como dentro de un plato, las tres patanas sin quilla llevan a estudiantes, obreros, niños, mujeres, ancianos, turistas... o a esos que, vestidos de blanco van hasta Yemayá, abren ante la diosa sus brazos, se persignan una y otra vez y sin darle la espalda, salen del sitio sagrado.

Hacer magia sobre el agua

Los pasos apurados van y vienen, suben y bajan de las patanas. Idelfonso Larrazábal, capitán de barco por más de 40 años y desde hace dos patrón de Tarará, los mira de reojo sin dejar de mantener firme su lancha. «Todos los días doy 14 viajes. Estoy mucho tiempo aquí y trato de cuidar mi embarcación lo más posible, aunque no por ello deja de haber averías», cuenta. 

Y es que lo que muy pocos conocen es que estas lanchitas tienen motores con muchos años de explotación. Tarará nació en 1992, tiene casi 19 000 horas de trabajo y el motor más viejo; las otras dos son de la década del 80 del siglo XX.

«Están vivas gracias al esfuerzo de los trabajadores. Aquí prácticamente estamos sin piezas, y ellas han recibido mantenimientos, como cambios de aceite y otras reparaciones, pero ya necesitan uno general», sostiene Juan Luis Ruiz Hernández, uno de los jefes de terminal.

Para esto, a decir de Jesús Fernández Llerena, técnico de la flotilla, han creado un programa de reparación de motores de arranque, bombas de agua dulce, salada y de combustible, para llevarlas a arreglar a otros talleres de la Empresa Provincial de Transporte, dada la similitud que tienen con los ómnibus.

«Aquí los mecánicos hacen magia, porque si ellas se paran, se detiene el flujo rápido entre el puerto de La Habana Vieja con Regla y Casablanca. Por mar se hace en unos minutos, pero por tierra, en una guagua, puede tardar más de media hora», dice Juan Luis Ruiz.

No obstante, también afirma que «estas lanchas aguantan mientras haya corazón y los trabajadores le sigan poniendo el empeño de hoy».

Se sueltan entonces las amarras de Tarará, sube una fila de personas, Juan Luis le da una vuelta al timón y el ruido de motores deja una línea de espuma en las aguas del antiguo puerto de Carenas, donde descansan otras tres patanas.  

Para ir a regla...

Allí, donde duermen las embarcaciones Baraguá, Trescientos y Cuarto Congreso, a la orilla de un edificio corroído por el tiempo y la salinidad, en Regla, está el taller de reparaciones de la flotilla.

Víctor Rey Valdés, Vitico, es uno de los tres mecánicos y conoce cada pedazo de esa parte del muelle, pues hace más de 13 años aprendió a «curar» las lanchas. «Lo mío es el mar, parece que por vivir aquí me enamoré de los barcos. Esa es mi vida», dice el hombre de 51 años que ya perdió la cuenta de las veces que se ha embarrado sus manos negras con la grasa de un motor descompuesto.

«En total hay seis lanchas en la bahía. El próximo 12 de enero entrará a reparaciones Cuarto Congreso, que tiene desgaste en el casco, y desde noviembre está parada pues no había astillero disponible. La reparación debe tardar aproximadamente dos meses.

«Las otras, en este enero ya deben estar listas; y en 2019 se prevé que se incorporen otras dos nuevas que sean más navegables y soporten mejor los vientos de la bahía durante las maniobras de atraque y desatraque», afirma Evelio Lugo, director de la flotilla.

Sucede que a las lanchas, como explica, se les da dos años de «tiempo de agua», luego los buzos hacen una revisión técnica del casco y determinan si pueden o no continuar.

Sin embargo, el directivo asegura que con las que hoy operan pueden ofrecer sin problemas el servicio. «Las otras ayudarían a no explotar tanto estas. Cuando nos quedamos solo con dos, es decir, que no tenemos una de refuerzo que garantice que cada 15 minutos salga una, puede haber media hora entre una y otra, o tal vez más», acota.

Lugo refirió que esta situación de mucha demanda y poca oferta no es frecuente, y nunca sucedió en 2017, cuando la flotilla transportó más de dos millones de pasajeros.

De cualquier parte de Cuba o el mundo pueden llegar los viajeros. Dionisio Lorenzo y Yanet Ferreira vienen del extremo más oriental del país, Guantánamo, a más de mil kilómetros de La Habana. «Estamos de vacaciones y no podemos irnos sin montar la lanchita, es muy atractivo el paisaje durante el recorrido», dice ella.

Como ellos, muchos buscan un paseo, que la joven habanera Elaidys Díaz ha disfrutado desde niña y lo sabe parte de la tradición. «Para ir a Regla o Casablanca hay que coger la lanchita. Tiene su encanto. Además, si vas en ellas llegas más rápido que en la guagua», afirma.

«Cada 15 minutos hay una aquí, eso no falla», opina el joven médico Alejandro Marcos Menéndez, quien para ir a su trabajo, en el popularmente conocido como hospital naval, frecuentemente usa la lanchita.

Ya es medianoche, Idelfonso trae al muelle el último grupo de viajeros. Se despide de Tarará con los ojos cansados, y la mira como a los amigos más queridos. Entonces llega Vitico hasta Tarará, y, como cada noche, le revisa el aceite, se asegura de que todas las luces enciendan, le limpia el cuerpo por el que tantos pies caminaron y la deja lista para que mañana, cuando su patrón dé una vuelta al timón, su viejo motor deje una línea de espuma en las aguas del antiguo puerto de La Habana Vieja.

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