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El último viernes en Artemisa

Más del 20 por ciento de la fuerza que asaltó los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, procedían de la Villa Roja. Los días previos a esa acción, en las casas de estos jóvenes afloraron pretextos diversos para la ausencia en nombre de la patria

Autor:

Adianez Fernández Izquierdo

Hace casi 70 años, el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes estremeció a un país. El traslado de los jóvenes que protagonizaron ese suceso se hizo con absoluta discreción y aprovechando como pretexto los carnavales en Santiago de Cuba. Días antes habían llegado de La Habana las pocas armas, municiones y uniformes disponibles, adquiridos con dinero de los propios asaltantes, a fuerza de pasar necesidades y empeñar objetos personales.

Los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes fueron los elegidos como escenarios de la acción. El primero, por ser la segunda fortaleza militar más importante de Cuba, y el segundo, para impedir la llegada de refuerzos militares. Renato Guitart, único santiaguero residente en la ciudad que conocía de la acción, fue el encargado de hacer un croquis del cuartel y buscar alojamiento.

El factor sorpresa sería la carta de triunfo. Usarían uniformes del Ejército, adquiridos en su mayoría por mediación de Florentino Fernández, enfermero y cabo del ejército, perteneciente al Movimiento. Otros fueron confeccionados por un grupo de mujeres en la casa de los padres de Melba Hernández.

La discreción era obligada. Por eso, días antes, en las casas de los jóvenes de Artemisa involucrados en la futura acción comenzaron a aflorar pretextos diversos para la ausencia. En el texto Los muchachos de Artemisa, sus autoras, María de las Nieves Galá y Felipa Suárez, recopilan investigaciones sobre el tema y exponen interioridades de ese viernes 24 de julio, el último día para muchos en la Villa Roja.

Puede leerse en sus páginas que Antonio Betancourt Flores anunció a su familia que iría a Las Villas a hacer un negocio de ganado. Mientras, Carmelo Noa Gil andaba más de prisa que de costumbre. Llegó a la vaquería donde trabajaba y pidió unos días libres, regresó a casa, salió vestido con un pantalón de mezclilla azul y camisa blanca, otra muda de ropa envuelta en un papel y se despidió de su madre.

Reseña el libro que Emilio Hernández visitó, el propio 24, el central Andorra —posteriormente Abraham Lincoln—, a unos cinco kilómetros de distancia de Artemisa. Antes de salir pidió a su madre que le tuviera preparado el baño y una muda completa en un paquetico, pues al regresar seguiría para Santiago de las Vegas.

En una entrevista posterior, referenciada en el libro, su madre aseguró que antes de salir, Emilio se metió una de las manos en un bolsillo del pantalón y extrajo dos monedas estadounidenses de 25 centavos, y le pidió: «Guárdalas, que yo sé que te gustan mucho», y la abrazó para despedirse. Al llegar a la puerta se paró, la miró como nunca antes lo había hecho, y alzando la voz de forma no acostumbrada le dijo: «Cuando las madres tienen tantos hijos machos en el mundo, tienen que tener un poco más de valor».

Otro Guillermo que haga por ti…

En la casa de Flores Betancourt Rodríguez ya estaban acostumbrados a las ausencias del hogar, que tenían su origen en las secretas prácticas de tiro. Su esposa, incluso, estaba celosa por sus continuas llegadas tarde y le había trasmitido esa preocupación a Rosa, la madre de Flores, quien defendía a su hijo. El joven enamorado, a pesar de los reclamos de la mujer que llevaba en su vientre a la hija que Flores no conoció, jamás expuso nada que pudiera delatar al movimiento. El viernes 24 dijo que iba a casa de una tía en San José de las Lajas.

En Los muchachos de Artemisa también pueden leerse las excusas de Gregorio Careaga, quien días antes había dicho a su hijo Tony: «Voy al campo
por unos días, para que en el futuro a ti no te falte nada».

Mientras, el propio 24 de julio, Guillermo Granados regresó a casa con dos pollos y se los entregó a su esposa para que el domingo le hiciera un arroz con pollo y natilla.

Le aseguró que iría a La Habana a una reunión política y le pidió sacar la guayabera nueva y otra ropa, por si le hacía falta. Luego se acercó a su hijo Guillermito, de once meses, lo besó en una mejilla, y le dijo a ella: «Cuídalo bien, para si yo muero, te quede otro Guillermo que haga por ti…».

Ese viernes fue particularmente difícil para Ismael Ricondo. Su madre debía ir al médico al día siguiente y era él quien la acompañaba siempre. Por eso debió esgrimir como excusa que iría con Ciro a Varadero en su máquina y luego a Matanzas.

Así transcurrió el día 24 en las casas de estos artemiseños, dispuestos a dar la vida si fuera necesario por una Cuba justa. A las cinco de la tarde tomaron el ómnibus No.1004 de la ruta 35, con destino a La Habana.

Las horas siguientes demostrarían de qué estaban hechos aquellos muchachos: puro coraje y valentía. En la acción solo ocho asaltantes cayeron en combate, tres de ellos artemiseños: Carmelo Noa Gil, Flores Betancourt Rodríguez y Guillermo Granado Lara. Lázaro Hernández Arroyo murió también el 26, pero en el asalto al cuartel Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo.

Después sobrevino el odio de la dictadura, y fueron segadas las vidas de más de 60 jóvenes. A casi todos los asesinaron y colocaron dentro del cuartel para simular su caída en el intercambio de disparos.

Tomás Álvarez Breto, Antonio Betancourt Flores, José Antonio Labrador Díaz, Rigoberto Corcho López e Ismael Ricondo Fernández, fueron hechos prisioneros y asesinados en el Moncada. Otros tres coterráneos sobrevivientes al asalto perdieron la vida en las jornadas posteriores: Emilio Hernández Cruz, Gregorio Careaga Medina y Marcos Martí.

La sangre de muchos de ellos anegó el camino de nuestra independencia y comprometió más aún a los sobrevivientes. Desde entonces nada impediría el renacer del espíritu de lucha del pueblo cubano. Cinco años, cinco meses y cinco días después del heroico 26, la victoria sorprendería a los valientes de Artemisa que sobrevivieron a la acción. Para aquellos que cayeron, el triunfo fue el mejor homenaje.

En los muros del Moncada

Por su cercanía a la capital, Artemisa no estuvo ajena a la efervescencia revolucionaria tras los sucesos del 10 de marzo de 1952, con la toma del poder por el dictador Fulgencio Batista. Por eso, más del 20 por ciento de la fuerza que atacó al Moncada procedía de esta ciudad, perteneciente entonces a Pinar del Río.

Los hijos de esta tierra no tardaron en seguir a Fidel, a quien ya muchos conocían, pues el 27 de noviembre de 1947, siendo un joven estudiante de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana y
destacado dirigente de la FEU, había pronunciado un discurso durante una velada solemne en la Sociedad Luz y Caballero (hoy biblioteca provincial Ciro Redondo), para conmemorar el aniversario 76 del asesinato de los ocho estudiantes de Medicina.

En la sede del Partido Ortodoxo, en Prado 109, Fidel contactó con el artemiseño José (Pepe) Suárez y le comentó de la necesidad de organizar un instrumento insurreccional que encauzara la lucha por la vía armada. De inmediato Pepe contactó con otros jóvenes, en su mayoría de Artemisa y Guanajay,
dispuestos a todo por cambiar la realidad cubana.

Durante los preparativos, incluso el propio Fidel vino a Artemisa. El encuentro más importante fue en diciembre de 1952 en la logia Evolución. Ramón Pez Ferro, con solo 19 años, facilitó el uso del local, pues era perfecto guía de la Asociación de Jóvenes Esperanza de la Fraternidad, perteneciente a esa logia.

En una entrevista que me concediera hace unos años, Pez Ferro aclara que ese día fue muy importante para los jóvenes artemiseños que se proponían cambios en Cuba. «Fidel planteó los lineamientos políticos del Movimiento y orientó constituir células de entre siete y diez hombres; cada una tenía un responsable de las prácticas de tiro que se realizaban en fincas periféricas de Artemisa y Guanajay, y en la Universidad de La Habana. Tuve el privilegio de pertenecer a la célula central.

«Conocimos, por el propio Fidel, los objetivos de nuestro movimiento. Explicó que nos proponíamos, además de derrocar a la dictadura, cambiar la situación de corrupción, entreguismo y descomposición que reinaba en el país».

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