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Compartir sin verificar: que la tentación no nos haga cómplices

La exposición continua al consumo o debate de noticias falsas en redes sociales resulta inevitable en el escenario actual. Sin embargo, la pregunta hoy sería: ¿Cómo podemos contrarrestar este fenómeno? Jóvenes e investigadores opinan sobre el tema

Autores:

Rosmery Pineda Mirabal
Alejandra Cuadras Marrero

 

En la actualidad las redes sociales no solo funcionan como entretenimiento, sino que sirven como canales inmediatos de noticias, desplazando a un segundo plano muchas veces a los medios tradicionales. En ese contexto de likes, reposts y diálogo digital entre usuarios interconectados, pasa la mayor parte de las horas, como tantos jóvenes, la estudiante Mónica Domínguez Fuentes.

Ella, quien cursa el primer año de Sociología en la Universidad de La Habana, asegura consumir más tiempo disfrutando de Instagram que, por ejemplo, de la televisión. Justo a través de las redes, precisa, es que consume los pormenores sobre su realidad.

«Las redes sociales no suelen ser una fuente confiable para el consumo de noticias. En mi caso, las uso principalmente para la búsqueda de materiales complementarios a mi preparación universitaria y al ocio; pocas veces reviso las novedades y cuando lo hago, es mediante los canales oficiales de los medios nacionales», destaca.

A diferencia de Mónica, la joven Aliagne de la Caridad Martínez, estudiante de Licenciatura en Historia, quien es una activa usuaria de Facebook e Instagram, reconoce que no es ahí donde busca validar los rumores. La fina línea que la distingue está en escoger la plataforma de mensajería WhatsApp, que luego de incluir la opción de canales le facilitó ser parte de las comunidades de varios medios ya reconocidos o desplazarse fácilmente hasta los sitios web.

«Realmente estamos todo el tiempo expuestos a lo que se publica a diario. Cuando veo o consumo una noticia siempre observo de dónde sale y quién la publicó. De eso depende, en parte, su credibilidad. Lo mismo hago con las imágenes, pues cada vez resulta más difícil determinar si es real o no», asiente Aliagne.

Situarnos en tiempo y espacio digitales

Los contextos de crisis actúan como un escenario ideal para la proliferación de noticias falsas, se difunde desinformación que se viraliza con facilidad gracias a las redes sociales y a la tendencia natural a compartir contenidos alarmistas.

En el caso de Cuba, un punto importante es que la mayoría de las veces no se trata de simples noticias falsas aisladas, sino de estrategias sistemáticas de desinformación con un fuerte trasfondo político que incluyen rumores, filtraciones, discursos de odio y narrativas maliciosas.

Estas campañas, muchas veces financiadas y promovidas desde el exterior, buscan erosionar la credibilidad gubernamental, debilitar la confianza ciudadana en las instituciones y provocar descontento social.

La sicóloga cubana Yaniela Vega Wanton, máster en Intervención Psicosocial en el Desarrollo Humano, advierte que «cuando ocurre una exposición constante a un tipo de información, la persona contrasta consciente e inconscientemente este contenido con su bagaje informativo. De manera que existen diferentes niveles de vulnerabilidad ante la desinformación o las falsas noticias. Es así que, ante dichos fenómenos, cobra especial importancia la dupla confianza-credibilidad.

La desinformación por sí sola no daña la confianza general en los demás, en las instituciones y en la democracia, sino que la desconfianza se ve favorecida en un contexto comunicativo que progresivamente acumula incongruencias o falta de claridad en los canales a través de los cuales circula esa información, añade.

Por otro lado, Vega Wanton insiste en que, bajo estas condiciones, cuando ocurre una exposición prolongada a información socialmente relevante, manipulada o distorsionada según los intereses de quién emite el mensaje, existen grandes posibilidades de que se generen ruidos comunicativos asociados con la ambigüedad del tema o suceso en cuestión. Además, destaca consecuencias como el debilitamiento de los vínculos interpersonales y la erosión de la legitimidad institucional.

Ctrl C y Ctrl V

A no ser por llamativos o escandalosos titulares, en el entorno actual, la atención de las personas es cada vez más difícil de captar.  Sin discriminación de edades, el momento invertido en leer y verificar una noticia suele traducirse en agotamiento mental, y muchos optan por inmediatez antes que certeza.

«Podría creerse que los jóvenes al ser “nativos digitales” lo sabemos todo, pero sin una buena preparación, estamos igual de vulnerables ante la falsedad y aprendemos a golpe de mentiras», asegura Mónica Domínguez.

Ello también le sucede a Omar Alejandro Valdés, estudiante de las Ciencias Médicas, quien reconoce que en ocasiones la rapidez con que circula la información puede jugar en contra. «A veces uno se deja llevar por la emoción y comparte sin pensar demasiado. Es lo que llamamos un “copia y pega” obviando completamente las consecuencias».

Además, habla sobre experiencias que le han valido para ser más crítico consigo mismo, entre ellas los debates con su grupo de estudio, en donde han discutido por noticias que luego resultaron ser erróneas y antes eran merecedores de su atención. «En temas médicos, esa desinformación puede ser peligrosa e incluso conllevar a decisiones equivocadas», apunta.

La proliferación de las noticias falsas responde a una convergencia de factores sociales, políticos y tecnológicos, según lo señalan Livia García Faroldi y Elena Blanco Castilla en su estudio Noticias falsas y percepción ciudadana: el papel del periodismo de calidad contra la desinformación.

Tal como indica la sicóloga Yaniela Vega Wanton, estas otras autoras se refieren en el plano social, a condicionantes del entorno como la sobrexposición informativa y la falta de alfabetización mediática que dificultan la capacidad crítica de los ciudadanos. «La lógica de las redes sociales favorecen la viralidad de contenidos falsos, pues lo emocional circula más rápido que lo racional».

Mientras en el plano político, los actores interesados en deslegitimar instituciones o adversarios utilizan la desinformación como herramienta de propaganda, generando narrativas que buscan sembrar dudas y desafección.

En tal sentido, García Faroldi y Blanco Castilla destacan que la velocidad de circulación supera la capacidad de verificación de los medios tradicionales, dejando a la ciudadanía expuesta a un flujo constante de mensajes manipulados.

Saber discernir

La clave no está en rechazar las redes sociales, ni en desplazarlas como fuentes de información, sino en desarrollar un consumo crítico y selectivo, aprendiendo a identificar y seguir a las fuentes y perfiles adecuados. Así como en contrastar las versiones del relato para una retroalimentación sólida y argumentada.

Para ello, Vega Wanton propone un consenso de responsabilidad compartida que parte de crear mecanismos para protegernos como grupo social. Entre ellos garantizar la transparencia y confiabilidad del contenido; elegir fuentes formales que divulguen desde la reflexión crítica; dosificar la exposición según momentos concretos; retroalimentarse en espacios comunitarios pertinentes que ayuden a enriquecer el análisis y aliviar la carga, además de participar conscientemente en compartir perspectivas desarrolladoras que ayuden a construir soluciones.

Si bien cada mensaje surge de un emisor con intenciones marcadas, somos nosotros, los receptores activos, capaces de cuestionar, reinterpretar y decidir qué hacemos con la información que nos rodea. Esa conciencia crítica podrá salvarnos en medio de tanta avalancha que hoy delimitamos por nombres y colores.

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