Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

24 de febrero: ¡levantémonos en simultáneo!

La Revolución Cubana del siglo XXI, con Martí y Fidel en el camposanto de Santiago de Cuba, tiene la ventaja de tenerlos en la dimensión de planetas regentes de la unidad y el triunfo del pueblo cubano en la era de la fragmentación, de la presión genocida y mezquina y del chantaje

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

 

La memoria, con sus prodigios, nos provoca, a veces, enlaces misteriosos de ideas, momentos y circunstancias. Uno de estos ocurre ahora, en la antesala de otro 24 de febrero en Cuba. Una fecha que, en momentos tan definitorios, no podemos recordar, como nos ocurre a veces, como un formal ritual patriótico conmemorativo.

Regresa a mi mente la reacción de un cubano luego de un apoteósico acto en La Habana tras los sucesos del 11 de julio. El señor, a mi lado, observaba, evidentemente conmovido, los cientos de habaneros que, al marcharse de La Piragua, que semejaba el corazón espiritual de la Revolución, parecían escenificar una marcha meditada y silenciosa.

Miraba, indistintamente, a los marchantes y a mí con el rabillo del ojo, como quien no lograba contener las emociones desde que cientos de personas se convocaran en ese lugar… Hasta que brotó lo que le ardía dentro: «¡Aquí, precisamente, frente al águila destronada!».

Su vista iba de la multitud a la muy simbólica columna solitaria desde donde un pueblo en Revolución había derribado el símbolo imperial.

Aquella frase, dicha al paso de las conmociones, es una metáfora perfecta no solo de lo ocurrido aquel sábado en toda Cuba, sino para las peligrosas y amenazantes jornadas que enfrentamos hoy, desde que, por orden imperial, Cuba fue declarada como una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional de Estados Unidos, acompañada de la orden —en este caso al mundo— de no enviar ni un gramo más de petróleo a Cuba. Matar a todo un país, o rendirlo, por inanición petrolera, comprometiendo al resto de las naciones en el crimen.

Aunque no falten quienes no logran verlo, por causas o motivaciones diversas, incluso los que se confabulan con tanta cortina de mentiras y manipulación —muy superior a la tan famosa cortina de hierro— detrás de las duras escenas de estos días, o las muy dignas para sortear la asfixia, está el intento de coronar nuevamente sobre esa columna habanera al derribado depredador.

Por las declaraciones, amenazas, presiones, fanfarrias y discursos de personajes imperiales y sus seguidores extremistas y neoanexionistas, lo que se pretende es un derrumbe mayor, el de la Revolución cuyo triunfo no pudo frustrarse en 1959, como ocurrió con la que había reiniciado el 24 de febrero de 1895, y posibilitó que los mambises del siglo XX entraran fulgurantes en Santiago de Cuba.

Los reinterpretadores políticos en el siglo XXI del imperialismo que intervino en la contienda cubana contra España buscan el mérito de quebrar, al fin, ese proceso que contribuyó a cambiar radicalmente la faz del país, y también la faz del mundo, porque con la Revolución, Cuba asaltó La Bastilla de la historia mundial.

Los arrestados jóvenes rebeldes que bajaron de las montañas de la Sierra Maestra, en medio de un terremoto de pueblo, dieron una dimensión inusitada a la conquista de la libertad y la justicia, en los convulsos inicios de los años 60, cuando ya el estalinismo y otros errores habían mellado bastante el modelo socialista establecido en la Unión Soviética.

El ideal llegado por vez primera al Occidente del mundo, por intermedio de los irreverentes y sorprendentes barbudos, confirió nueva energía al ansia liberadora de los pueblos. También al modelo que años de culto a la personalidad, burocratismo, inercia y presiones para aniquilarlo habían desfigurado a escala universal.

Esa perturbadora inmanencia internacional es el verdadero peligro inusual y extraordinario que la Revolución representa para las nuevas élites neofascistas de Estados Unidos que pretenden someter al mundo. Por ello, si les fuera imposible derribarla políticamente, al menos pretenderían humillarla, propinarle una vergonzosa derrota moral, algo que no pueden perder de vista los patriotas íntegros.

Si los anteriores despropósitos se cumplieran el primer acto simbólico, no lo dudemos, sería posar nuevamente el águila de donde la espantó la increíble fuerza de un pueblo pequeño y pobre materialmente, que tuvo la osadía y la entereza moral de cambiar su destino. Con la segunda de las opciones no haría falta reponer el águila sobre el añejo pedestal, porque ya estaría sobre el de la Patria cercenada.

Lo antes dicho no es una afirmación sin lógica o fundamento. Basta mirar el desenfreno con que algunos se alinean, desesperadamente, con una intervención militar, mientras los más cautos se inclinan por otro tipo de intervenciones, más conectadas con la estrategia renovada del águila de camuflar sus ansias bajo el plumaje. Esa es la razón por la que la apuesta de algunos, que perciben los sorprendentes signos de entereza del pueblo cubano, no es a la invasión o la intervención quirúrgica que se utilizó contra la Venezuela chavista, sino a la implosión social que cree las condiciones para otro tipo de zarpazo.

Para estos la táctica es arrancar a la Revolución de sí misma, para dejarla absolutamente vacía, devaluándola, desnaturalizándola o buscando transferir la fuerza redentora de su simbología a manos de sus enemigos.

Se le niega la calma merecida a la nación que emergió de una Revolución de tantos años, después de todos los sacrificios. Es como si en cada fecha que marca nuestro calendario independentista estuviésemos frente a la misma disyuntiva: entre el ansia independentista, libertaria y justiciera o la mentalidad colonizada de la sumisión.

Ya tenemos madurez suficiente para saber que en política los triunfos no se dan de una vez y para siempre, aunque algunos resulten tan volcánicos que sus erupciones marcan las épocas y los tiempos y se convierten en parteaguas y en inspiraciones conmovedoras
de todas las luchas humanas.

Los cubanos hemos tenido que hacer prevalecer la voluntad de triunfo en una secuencia más que centenaria de victorias y reveses, luego superados casi mesiánicamente. Así ocurrió desde 1868, con la nombrada Guerra Grande, carcomida por la falta de unidad y la pérdida de voluntad de las vanguardias revolucionarias, pasando por la Guerra Chiquita. También con la preparada por el Apóstol para el 24 de febrero de 1895, escamoteada por la muerte de sus paladines principales y por la intervención militar de Estados Unidos que culminó en una gran frustración, hasta la del 30 que, según Raúl Roa, se fue a bolina.

Los enemigos históricos de la Revolución, y sus nuevos acompañantes, no insisten por gusto en oponer a la tesis de la Revolución inconclusa la de la Revolución frustrada, incluso traicionada.

Seguramente intuyen que, en estos momentos, como nunca en su accidentada historia, la idea de la Revolución inconclusa se encuentra con la de la Revolución imperfecta, que se trata de corregir en el más amenazador y riesgoso de los escenarios, con un cerco yanqui que salta del bloqueo a la asfixia.

El bombardeo múltiple y extensivo pone en el blanco de sus mirillas, y con armas y tácticas de diverso calibre, incluyendo las infocomunicacionales actuales, el desgaste sistemático del ideal revolucionario que tuvo su continuidad el 24 de febrero.

Con la estrategia anterior, tan metódica como persistente, esperan lograr su victoria más humillante: aquella en la que los cubanos nos desembarquemos contra nosotros mismos.

De ahí provenían las alertas de Armando Hart Dávalos, integrante de la Generación del Centenario, quien subrayaba con pasión que Martí enseñó a los cubanos a unirse. Veía en el Héroe de Dos Ríos la fuerza de gravedad de la unidad de los mejores signos del pueblo cubano. El mismo Hart agregaba que si Martí había enseñado a los cubanos a unirse, sería después Fidel —tomando de esa energía gravitacional— quien los enseñaría a triunfar.

La Revolución Cubana del siglo XXI, con Martí y Fidel en el camposanto de Santiago de Cuba, tiene la ventaja de tenerlos en la dimensión de planetas regentes de la unidad y el triunfo del pueblo cubano en la era de la fragmentación, de la presión genocida y mezquina y del chantaje.

Pero somos quienes habitamos ahora mismo el planeta Cuba los que tenemos la responsabilidad de ponerlos a vibrar junto a nosotros como ondas unitarias, de la esperanza y el triunfo, en esa contienda.

Por ello debemos convocarnos a otro levantamiento simultáneo, como el de aquel 24 de febrero, en toda Cuba.

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