Su presencia desborda los límites del Paseo y se esparce hasta los alrededores del hotel Packard. Autor: Jorge Cruz Fraga (Tomato) Publicado: 28/03/2026 | 10:38 pm
Cada sábado el Paseo del Prado se transforma en una fisura dentro de la calma vespertina de la ciudad, una franja carnavalesca, cosmopolita, atiborrada de vendedores de granizados, frituras, mentaplus, galleticas, lima para «los calcañales de los pies», pasteles, sorbetos, gaceñiga, Popular rojo a 350, chicle, caramelos, pozuelos de helado, y no cualquiera, sino «el mejor pozuelo de helado de toda La Habana, hecho de la leche de la teta de la nieta de la vaca Matilda», especula su vendedor.
Entre todos ellos habitan, aunque generalmente les ignoran, un amplio número de patinadores, skaters, aves de paso y otras endémicas, como los que cada jornada cargan con par de porterías y un balón desguazado. Esta tarde se les infiltra un turista asiático que, con mono deportivo y trote lento, no advierte que interrumpe el juego. Los muchachos detienen el balón para imitarlo, provocarlo. El turista amaga una patada. Los muchachos ríen, gritan, vuelven al partido.
El grupo más numeroso, en cambio, no vende nada ni juega al fútbol, sin que por ello su presencia en el lugar no les represente también un modo de vida. Se trata de adolescentes que pagan hasta 1 200 pesos por llegar y unirse al resto de su piquete, agruparse en círculos y guardar la distancia adecuada para que la música de sus bocinas portátiles no interfiera en la de los otros. Su presencia desborda los límites del Paseo y se esparce hasta los alrededores del hotel Packard que, con su lujo anacrónico entre balcones derruidos, se convierte en escenario ideal para la grabación de reels para Instagram.
Nadie pregunta cuánto cuesta una noche allí. No les interesa. Lo importante es que aparezca en el fondo, y que de vez en cuando, sus cristales les sirvan de espejo para chequear la pinta antes de filmar.
Uno de los empleados de seguridad se mantiene siempre pendiente, para evitar que se amontonen en los pasillos externos del hotel. En general son tranquilos, dice, pero como ves no me puedo dormir. Se aleja y aborda a un muchacho que se alisa el moño con las manos. Le obedece sin protestar.
—Ves —nos dice de regreso el custodio—, no son malos, pero como todo en la vida, es mejor precaver que tener que lamentar.
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Yulieski González y Yosbel López se encuentran a un costado del Packard. Yosbel tiene una estrella negra pegada en el cachete, a modo de lunar. No demoran en explicarnos a lo que vienen los sábados:
—Bailar. Cada uno llega con su piquete y se graban coreografías para Instagram.
—¿Desde cuándo lo hacen?
—Hace rato.
—¿Qué bailan?
—Reparto, pop, dembow. Pero, sobre todo, reparto.
Preguntamos por qué esta zona y no otra. Yulieski habla:
—Porque es céntrico. Y por la visualidad del hotel, por supuesto.
Vienen de toda La Habana: del Cerro, Playa, Buena Vista, Cojímar, Diez de Octubre… Cada quien con su piquete. A veces compiten, a veces hacen topes amistosos, como en el fútbol. Se quedan hasta las ocho de la noche, cuando el Prado cambia su fisonomía.
—¿Hay broncas?
Se miran. Dudan. Luego sueltan:
—Sí, se han presentado. Pero uno trata de mantenerse en lo suyo. Aquí casi todos somos del pre y venimos a divertirnos y bailar. Aunque tenga mi piquete, a mí me gustaría montar una coreografía con ellos —me señala a unos jimaguas—. Ellos, por ejemplo, son más bailadores que yo, por decirlo de alguna manera. Al menos yo lo que quiero es colaborar, no bronquear.

Los entrevistados expresaron que les gusta el baile y que lo hacen de esa manera para buscar seguidores en redes sociales. Fotos: Jorge Luis Fraga (Tomato)
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—Nosotros no nos creemos mejores que nadie. Aquí en esta liga todo el mundo está parejo, pero quizá nosotros llamamos más la atención porque somos iguales y nos vestimos con la misma ropa y esas tallas.
Lester y Lesmay llevan pulóver blanco, shorpeta ancha, diamante en sus orejas. Ambos superan los 40 000 seguidores en Instagram. Nunca se propusieron ser influencers, sino basquetbolistas, y llegaron a integrar el equipo juvenil de la EIDE.
Lester desconfía al principio:
—Asere, dime si me vas a preguntar algo fula, que después uno sale hablando boberías por las redes.
Le explico que esto no es un reel, que no voy a subir nada a mi perfil. Se relaja. Cuenta que empezaron a salir en videos sin proponérselo, «como en aquel del venado, ese que se pegó con el venaaaaoo, el venaaaao». El público empezó a reconocerlos y los realizadores, a incluirlos como modelos. Una cosa llevó a la otra, y se metieron en «eso» del baile.
—Permiso —interrumpe un muchacho— ¿esto es una entrevista?
Los jimaguas le contestan que sí y hacen que se aparte un poco, pero se mantiene al acecho.
—Aquí la dinámica es la misma todos los sábados —me explican— vienen muchachos de toda La Habana a grabar los reels que están en tendencia.
Lo que más disfrutan ahora, dicen, es crear challenge y luego aceptar las colaboraciones en las redes con los bailarines. Así mantienen el crecimiento de sus métricas y ayudan a crecer.
También ellos se quedan justo hasta el atardecer, «porque siempre viene gente que se faja por gusto. Es como si les molestara que uno esté bailando y tiran botellas…».
—«Lo malo es que son muchachos menores que nosotros
(21 años) que vienen a formar su pesadez pa’ acá —vuelve a interrumpir Anthony, el Petardo Oficial en Instagram—. Yo vengo aquí desde hace rato, y tú acabas de hablar con lo mejor del Prado, los Maguas».
Me habla de lo bueno que son en el deporte, casi estrellas de la NBA. Él se dedica a hacer entrevistas para las redes sociales, y en eso, debe aclarar, él es la estrella. «Hay unos cuantos como Alvin TV que se fue del país; el Mosca Oficial, que tiene como 80 000 seguidores, «pero yo empecé hace poco y me va superbién». Dice que pronto cobrará sus entrevistas.
Mientras hablamos, Lesmay mira de reojo a su grupo, que ya comenzó el baile. Se nota que quiere irse. El tiempo, en el Prado, se mide en canciones, y a esta tarde no le quedan muchas antes de que anochezca.
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Carlos, Carlyflow en Instagram, tiene 20 años y la visera de su gorra le cae sobre la nuca. Lleva rato con la vista en el teléfono. No es un iPhone, por eso le pide a la muchacha de al lado que lo grabe con el suyo, que sí lo es. La calidad importa. El algoritmo la premia.
—Los piquetes aquí bailamos reparto urbano. Vengo al Prado desde el el año pasado a hacer contenido, pero bailo desde pequeño.
—¿Por qué aquí?
—Porque aquí vienen muchos artistas o sus representantes, y uno se defiende con eso.
—¿Se defiende?
—Claro, uno tiene que defenderse, porque aparte de que es un arte, es un trabajo. Tienes que pensar el baile, imaginar los pasillos, crearlos, y como que viene el representante de tal artista y dice: quiero que me bailes tal canción, pa’ pegarla en las redes. Y uno cobra. Porque uno tiene que pelarse... comprarse zapatos, ropa, variar la pinta. Un bailarín no puede salir con la misma ropa en todos los videos, o si no la gente dice: este tipo es lo mismo con lo mismo, y eso está fula.
El pago, dice, depende de la cantidad de seguidores que tenga en su perfil. Cada quien tiene su tarifa. La de él, por ejemplo, no puede ser igual que la de Fátima, la muchacha a su lado, que tiene 13 años y 100 000 seguidores.
Ella asegura ser de las primeras que vino al Prado a grabarse reels, aunque en estos momentos ya no aparece con tanta frecuencia: prefiere alternar los fines de semana para que la gente se sorprenda cuando la vea, dice, para que no se acostumbren. La lógica del deseo aplicada al espacio público. Su ausencia genera demanda, incluso puede hacerla más cotizada.
Cursa el 8vo. grado. Hace un año que viene, aunque lleva muchos más practicando la danza. Como vive cerca, aprovechó el Prado para llenar su muro con publicaciones de coreografías, siempre en solitario.
—A veces nos contratan, a veces no. Los autores nos escriben, nos piden un baile, un challenge. Si el número lleva la actuación de todo el piquete discutimos el precio, cuánto nos toca a cada uno, y decidimos entre todos. Si lo bailamos, lo pegamos. Eso te lo aseguro yo. Siempre en Instagram. Los jóvenes en Cuba viven en Instagram.
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Con solo 13 años, Fátima tiene 100 000 seguidores. Fotos: Jorge Luis Fraga (Tomato)
Un poco más alejados de los bailarines, tres muchachos se desparraman sobre los bancos de mármol del paseo. Uno de ellos viene por primera vez. Los otros dos son más asiduos.
La muchacha del piquete lleva pantalón negro y acampanado, blusa blanca y un pañuelo en la cabeza, a lo Jack Sparrow. Su maquillaje oscuro en el rostro contrasta con el brillo a su alrededor, el del hotel y el de las personas. Rosalía marca la diferencia a conciencia, sabe que su pinta es más «culturizada» que la del resto.
—Esto se ha vuelto todo reparto, pero antes no era así. Tenía más que ver con la onda del parque G. Cuando el transporte estaba mejor, avanzabas por el Paseo y te topabas con frikis, punkys, roqueros, blackmetaleros, de todo.
—¿Y ustedes? —les pregunto a los dos que la acompañan.
—Nosotros somos punto y aparte —dice Jairon Guerra— Nos adaptamos. Bailamos con el friki o con el repa; le metemos a lo que sea… y que ella no te engañe, que también se parte con el reparto—. La hacen sonreír. No les rebate. Solo complementa:
—A veces la gente me mira raro porque escucho reguetón con mi pinta, pero niño es que yo estoy abierta a todo, sea repa, rapero o numetalero, de todo.
—¿También a los therian?
—quiero saber.
—Si organizan un «pary» ahora mismo me voy con ellos y empiezo a ladrar— responde Jairon.
—Hay que fluir —concluye ahora Rosalía, y añade que lo de ellos es disfrutar, grabarse un poco, sobre todo para el perfil de Jairon Guerra, de camiseta negra, que ya cuenta con 17 000 seguidores. Todos estudian en el pre, excepto ella.
—Tuvo que dejarlo porque había corrupción— bromea Jairon, aunque lo dice en serio— Le pedían dinero para pasar de grado.
—Entonces preferí escoger una facultad para terminar el 12mo. grado, estudiar idiomas, y hacer mi vida. A mí me gusta la escuela, pero es que ese pre donde yo estuve está en candela.
—¿Y hay químico por acá?
—Sí, cómo no —confirma rápidamente uno de los muchachos.
—¡Niñoooo! eso no tenía que decirse —ella le sale a la riposta.
—Ay a mí no me hagan caso que estoy un poco borracho. Ves, por eso ya he perdido como cuatro celulares, a ver qué marca es el tuyo —me lo quita de la mano, intenta cambiar el tema, pasa unos segundos observándolo.
—Nosotros no juzgamos —la muchacha intenta salvar la situación— cada quien que haga con su vida lo que quiera.
—Aunque eso es una cosa desagradable —el otro me devuelve el teléfono—. Yo sí tomo mucho, y ellos me han visto en coma etílico, pero nunca me he fumado un químico de esos. Yo tengo principios.
Todos se callan unos segundos. Siguen con la vista en una pareja de patinadores que casi roza a Jairon.
—Mira, de la fauna del Paseo los que mejor nos caen son los patinadores —cambia, definitivamente, Rosalía— ellos no nos miran como bichos extraños por nuestra pinta, viven tranquilos, en su mundo…
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Carlos, conocido como Carlyflow en Instagram. Fotos: Jorge Luis Fraga (Tomato)
Los habitantes de ese «mundo» consideran a Kandy —Yaniel— su rey, el que mejor «la echa». Cuando me acerco hace rato que se encuentra sentado, con la patineta entre las piernas, un par de audífonos en los oídos y la mirada fija, al frente. Solo baja la cabeza para pasar de canción.
Me cuenta que él es local ¿ve?, que vive a una cuadra del Prado y patina desde que tiene uso de razón.
—Empecé en esto como hobbies y ahora que tengo 23 se convirtió en un modo de vida. Yo trabajo con marcas extranjeras, les hago contenido y ellas me patrocinan, no mediante contratos y esas cosas, pero sí me mandan dinero o stuff como patinetas y zapatos.
Dice que como local ha vivido varias etapas del Paseo, desde que se pusieron de moda los «team» hasta la pegada de esta onda más repartera. Él cree que el ambiente ha evolucionado un poco.
—Sin embargo —le comento— algunos colegas me han dicho que después de las ocho cambia la dinámica.
—Claro, asere, porque se pasan el día bailando y a esa hora, como ya están aburridos, se ponen a «delincuentear» o pal «malianteo» , como le dicen ellos.
—¿A qué le llamas, entonces, evolución?
—Muchacho, ¡tú no imaginas lo que se formaba aquí! Esto se ponía heavy de verdad. Las broncas se formaban entre chiquillos que no llegaban a los 17 años, pero andaban con machetes, botellas, palos...
«Ahora parece que se enfocan en otras cosas. Hasta el químico bajó el nivel. Supongo que se dieron cuenta de que es mejor invertir el dinero en datos móviles y subir métricas en Instagram. La Policía también contribuyó. Hubo un tiempo que hasta mí que soy local me veían sentado con mi música y me levantaban, no se podía estar. Pero ya todo se ha calmado bastante, como te dije, ha evolucionado.
No obstante, al caer la noche se marchan todos con los que hablé esta tarde. Los piquetes se dispersan. El Paseo se desprende de bailarines y se puebla con las sombras de los que se quedan, con cautela, a ver qué pasa.
Al menos hoy la Policía no persigue, pero tampoco cuida. El espacio al parecer se regula solo. Antes de irse, Rosalía me pide que la mencionemos cuando publiquemos las fotos, porque en el Prado, como en la vida de esos jóvenes, si no aparece en Instagram no pasó. Y si pasó, mejor que se publique.
Ya en movimiento, ella se hace una última selfie frente al hotel, majestuoso, que le queda al fondo. Las luces del Packard, sin embargo, no alcanzan a iluminar la oscuridad que se extiende, desde ese momento, por el Paseo del Prado.

Fotos: Jorge Luis Fraga (Tomato)
