Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

El niño que no se arrodillaba

Las primeras etapas en la vida de Céspedes, poco divulgadas, fueron las de un muchacho de incontenible rebeldía, «endemoniado» y sumamente inteligente

 

Autor:

Osviel Castro Medel

 

En el patio de la escuela, un niño grande abusaba de un compañero más pequeño mientras los demás miraban hacia otro lado, como si la injusticia fuera parte del paisaje y no hubiera nada que hacer para evitarla. Entonces un muchacho de 10 años se plantó frente al fornido y le hizo frente con la rapidez de sus puños, porque no tenía la fuerza bruta pero sí la velocidad y, sobre todo, la certeza de que aquello no podía seguir así.

Finalmente el abusador terminó con los pómulos amoratados y el defensor bajito se fue con una lección que nunca olvidaría: la justicia no se pide, se hace.

Esa escena ocurrió en un colegio de Bayamo, y es un resumen de toda una vida, porque su protagonista fue nada más y nada menos que Carlos Manuel Perfecto del Carmen de Céspedes López y del Castillo, el mismo que décadas después, con el estruendo independentista de La Demajagua, pondría a Cuba en el mapa mundial.

Había nacido una noche lluviosa del 18 de abril de 1819 en la casa número 4 del callejón de Burruchaga, hijo de Jesús María y de Francisca de Borja, y resultó el primogénito de una familia acomodada que no imaginaba entonces que aquel niño, se convertiría en uno de los imprescindibles de nuestra historia.

Ese afán de justicia, expresado en aquella reyerta en la que nadie quería inmiscuirse, no fue el único rasgo llamativo en la formación del Céspedes niño.

«Es testarudo y arisco, pero comprensivo y estudioso», escribió sobre él uno de los directores del convento Santo Domingo cuando todavía Carlos Manuel no llegaba a la adolescencia.

Algunos historiadores bayameses, como el prestigioso investigador Aldo Daniel Naranjo, han plasmado una anécdota relacionada con esa rebeldía infantil: Céspedes se negó de plano a realizar un ejercicio de Aritmética que le había puesto el padre Serrano y eso le costó un castigo en horas extraclases. Sabía que ese podía ser el precio, pero lo aceptó con gallardía.

Por su parte, Rafael Acosta de Arriba, uno de sus más reconocidos biógrafos, escribió sobre los primeros pasos del Iniciador: «Céspedes reconoció que su niñez había comenzado con una quietud y mansedumbre de carácter muy notable, que se trocó luego por una hiperactividad y energía que lo convirtieron, según sus propias palabras, “en un niño endemoniado”».

No podemos pasar por alto otros detalles relacionados con su infancia, a los que también hace referencia Acosta de Arriba: el niño Carlos Manuel, fue atendido desde temprana edad por una nana negra, mientras que un esclavo llamado Pedro, a quien él llamaba cariñosamente «Taita», lo acompañaba en sus excursiones por la finca Buevanista, ubicada en la Sierra Maestra, una propiedad que pertenecía a su familia.

Estos hechos se unieron a otro citado por Naranjo: cierta vez en una hacienda vio a un esclavo martirizado en el cepo; Carlos Manuel, impotente, desconcertado, sintió que la tristeza le inundaba el alma y le humedecía los ojos.

No sería casual entonces que en 1868, al comenzar la guerra por la independencia, diera la libertad a sus esclavos, los convocara a la lucha y, antes que nada, los llamara hermanos.

«Me he educado sobre el caballo, a la manera de los tártaros, cabalgando por las inmensas sabanas de la isla de Cuba», escribiría el propio Céspedes al evocar aquella época de sus comienzos, que formaron su personalidad.

Sin haber llegado a los 15, el que más tarde se convertiría en Padre de la Patria ya escribía poemas, jugaba ajedrez, se entrenaba en la esgrima y mostraba interés por la literatura.

Uno de sus contemporáneos, el patriota Fernando Figueredo describió que el bayamés poseía una «una facultad retentiva asombrosa» y «sobresalía siempre por encima de cuantos pudieran rodearle».

Mientras que Eusebio Leal lo pintó así: «Cursó sus estudios en el seno de los monasterios que existían entonces e impartían clases, de Santo Domingo y San Francisco, en Bayamo, y más tarde en La Habana, en el Real Colegio Seminario, también abierto entonces a la formación de hombres para el siglo, y en la Real Universidad. Su vocación fue estudiar leyes, el contacto con la tierra, el ejercicio continuo de su físico».

Tal vez el suceso que mejor pruebe el carácter de Céspedes fue su reacción, en 1834, con apenas 15 abriles, al destierro de su coterráneo José Antonio Saco. Entonces dijo, con madurez asombrosa, que el español Miguel Tacón, a la sazón Capitán General, era el azote más cruel caído sobre Cuba.

Los historiadores han escrito mucho sobre el Hombre de La Demajagua, sobre el Presidente de la República en Armas, sobre el Héroe de San Lorenzo, sobre el supuesto caudillo, tristemente destituido, sobre el ser humano que pasó sus últimos comiendo semillas de mamoncillo y dulces de mangos sin azúcar ni miel, enseñando a escribir a unos niños.

Pero antes de eso hubo un niño que no se arrodillaba, un adolescente que defendía a los débiles, un joven que montaba a caballo por las sabanas, que nadaba en los ríos, que leía a Virgilio en latín y lo traducía para asombro de sus maestros, y ese niño, ese adolescente, ese joven, es el que también deberíamos recordar hoy, en sus 207 años, no para ponerlo en un pedestal sino para entender que la grandeza no es un destino sino una construcción diaria, hecha de pequeñas decisiones, de gestos que parecen insignificantes pero que con el tiempo cambian el mundo.

Carlos Manuel de Céspedes no nació siendo el Padre de la Patria. Acaso empezó a hacerse cuando nadie lo miraba, en el patio de una escuela, luchando con sus propios puños por la verdadera justicia.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.