Los nombres de Fructuoso, Machadito, Carbó y Westbrook están inscritos en la historia de un país que aprendió que «morir por la Patria es vivir». Autor: Archivo de JR Publicado: 20/04/2026 | 10:04 am
Aún no se enfriaba la sangre sobre el mármol de la escalera cuando pretendieron hacerla desaparecer. Cerca de las seis de la tarde del 20 de abril de 1957, el edificio Humboldt 7, en la céntrica barriada de El Vedado capitalino, se había convertido en coto de caza.
Las ametralladoras Thompson acababan de callar, un olor acre a pólvora y muerte cargaba el ambiente. En el rellano del primer piso yacía Juan Pedro Carbó Serviá, interceptado en su huida hacia el elevador y acribillado con saña por los esbirros batistianos.
En un piso más abajo, en el apartamento 101, Joe Westbrook, el más joven del grupo con apenas 20 años, había intentado hacerse pasar por un visitante casual. Al ser reconocido, apenas pudo dar unos pasos antes de que una ráfaga a quemarropa lo derribara sin vida junto a la vecina que, aterrada, no pudo protegerlo.
Afuera, en un pasadizo estrecho que conducía a un taller de automóviles, la caída desde ocho metros de altura había dejado inconsciente a Fructuoso Rodríguez Pérez. A su lado, con ambos tobillos fracturados, José «Machadito» Rodríguez intentaba incorporarse sobre sus huesos rotos. Alcanzó a gritar a los esbirros que no estaban armados. La respuesta fue otra ráfaga a través de los barrotes de una reja.
Vecinos, asomados a sus balcones y ventanas, vivieron el horror de aquella barbarie. Sus protestas y sollozos fueron acallados por disparos al aire de los hombres de Esteban Ventura Novo, el «sicario de traje blanco» que comandaba el operativo.
Los cadáveres de aquellos cuatro jóvenes —Fructuoso, Machadito, Carbó y Westbrook— fueron arrastrados aún calientes, tomados de los cabellos, hasta la acera y exhibidos como trofeos de caza durante varios minutos, antes de ser lanzados sin miramientos sobre la plataforma de un camión.
Aquella masacre buscaba paralizar mediante el horror cualquier intento de insurrección, pues la dictadura batistiana estaba en pleno proceso de decadencia, a pocas semanas de que un grupo del Directorio Revolucionario hubiese asaltado el Palacio Presidencial, en simultáneo a la toma de la emisora Radio Reloj para anunciar el golpe al país y el ajusticiamiento de Fulgencio Batista.
El efecto, sin embargo, fue el contrario, pues la barbarie aceleró el repudio popular hacia el régimen y consolidó la determinación de quienes combatían en la Sierra Maestra y el llano. Tras el triunfo revolucionario, en 1964 se juzgó y condenó a muerte al delator Marcos Rodríguez.
Fructuoso Rodríguez, horas antes de su muerte redactó una carta que se considera su testamento político, en la que abogaba por una universidad que formara «hombres antes que médicos, ingenieros o abogados». Esta visión humanista se convirtió en uno de los pilares ideológicos del proceso revolucionario triunfante.
Hoy, el edificio de Humboldt 7 sigue en pie, con su fachada discreta y una tarja de mármol que identifica el lugar. El preuniversitario que lleva el nombre de los mártires forma a nuevas generaciones de estudiantes.
Sin embargo, la imagen del niño Héctor observando la sangre diluida permanece como testimonio de que la memoria no se arrastra por los cabellos ni se acalla a balazos. Los nombres de Fructuoso, Machadito, Carbó y Westbrook están inscritos en hospitales, escuelas y en la historia de un país que aprendió, a un costo terrible, que «morir por la Patria es vivir».
