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Riqueza y pobreza de un patricio

Francisco Vicente Aguilera Tamayo, el caballero intachable, como lo llamara Martí, nació el 23 de junio de 1821 en Bayamo, y con el tiempo dejó una obra que estremece

Autor:

Osviel Castro Medel

Es uno de los imprescindibles en la historia de Cuba, y sin embargo, su vida, tejida de sacrificios enormes, sigue siendo un territorio poco explorado para la mayoría. 

Francisco Vicente Aguilera Tamayo, el hombre que se convirtió en patricio ejemplar, nació el 23 de junio de 1821 en Bayamo, y con el tiempo dejó una obra que estremece.

José Martí, tan certero para definir a los hombres, lo llamó en 1892 «el millonario heroico, el caballero intachable, el padre de la república». No era una exageración. Aguilera llegó a poseer más de dos millones de pesos, cientos de esclavos y más de 4 100 caballerías de tierra.  

Lo que más impacta es que murió antes de cumplir los 56 años, el 22 de febrero de 1877, congelado por el frío de Nueva York, con los zapatos agujereados y el alma tristísima por no ver la patria libre.

A raíz de la quema de Bayamo (12 de enero de 1869), en la que perdió algunas de sus propiedades más valiosas, dejó una frase para la eternidad: «Nada tengo mientras no tenga patria».

Para él, quien tuvo once hijos y llevó a varios a vivir las privaciones de los campamentos mambises, ninguna fortuna material podía sustituir la que hace falta en el espíritu.

Aguilera -otro aspecto destacable- jamás se dejó arrastrar por las intrigas. Le dijeron abierta o subrepticiamente que él debía ser el jefe independentista, por encima de Carlos Manuel de Céspedes, quien adelantó el levantamiento armado en 1868. No olvidemos que él era el líder de la Junta Revolucionaria de Oriente, creada catorce meses antes de la insurrección. Mas, entendió que lo importante era servir desde cualquier puesto, sin importar jerarquías ni protagonismos, a la nación que comenzaba a nacer.

Qué grandes enseñanzas para este tiempo, en el que algunos viven no para servir sino para servirse, y en el que ciertos personajes creen que un arca llena de billetes puede comprar cualquier idea o sentimiento. Aguilera nos recuerda que el poder no se conquista, se merece; que el liderazgo no se reclama, se demuestra con hechos.

Con Francisco Vicente, bachiller en leyes y ocupante de diversos cargos públicos antes de lanzarse a la manigua redentora, nos sucede igual que con otros próceres: lo recordamos en las fechas cerradas, pero no en el resto de los días. Y al final, lamentablemente, no sabemos mucho sobre él.

No bastan los eventos teóricos sobre su vida, ni que existan en Bayamo un preuniversitario o una avenida transitada con su nombre, tampoco que una escultura lo recuerde encabezando, en la Ciudad Monumento, el monumento  Retablo de los Héroes. A este hombre le debemos más ofrendas diarias a lo largo de toda Cuba, y no solo en la ciudad donde nació y reposan sus restos.

A este cubano, que llegó a ser Lugarteniente de Oriente, Secretario de Guerra y Vicepresidente de la República en Armas, necesitamos ir una y otra vez.

Con su historia se ratifica que nuestro pasado está lleno de ejemplos, anécdotas, glorias… mujeres y hombres que no estudiamos cuando en realidad deberían ser espejos de cada día.

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