Con el recrudecimiento de las sanciones de EE. UU. son las infancias de los grupos más vulnerables. Autor: Avilarte Publicado: 23/08/2026 | 09:43 am
Claudia María tiene apenas siete años y llora cada vez que está viendo muñequitos y se va la corriente. El apagón se lleva también la conexión a internet, la cobertura del móvil y el servicio de telefonía fija de muchos clientes; retrasa los ciclos de distribución de agua, acelera la descomposición de los alimentos que tanto cuesta conseguir y cocinar y compromete la calidad del sueño.
«La crisis económica tiene muchas caras y todas afectan a la niñez —reclama Manuel Álvarez Fernández, padre de un chico de siete años—.
A veces son las ocho de la noche y aún estamos cocinando con leña. Intento que mi hijo no piense en esas cosas, pero es inteligente y me pregunta: “¿Por qué se va todas las noches la corriente?”».
Manuel observa la espalda del pequeño llena de picaduras de mosquitos; recuerda las ocasiones en que no pudo enviarlo a la escuela porque acumulaba el cansancio de una noche sin electricidad y le preocupa no poder garantizarle la alimentación que merece, un temor que lo llevó a abandonar su empleo de pediatra para intentar darle una mejor vida con el ingreso de otros oficios.
Carla Gutiérrez, de nueve años, mueve los pies mientras habla sin levantar la vista del suelo. Cuenta que días atrás, cuando llegó de la escuela, su helado estaba derretido. «Se hizo una sopa fea en el vaso y lloré. No por el helado —bueno, sí… un poquito—, pero más porque cuando las cosas del “frío” se derriten, mi mamá se pone seria y cierra los ojos, como si contara hasta mil bajito. No me gusta cuando se pone así, prefiero cuando es de día y el sol no se apaga».
Mientras Daniela Camila Monserrat, de 14 años, cuenta cómo intenta sobrellevar esas jornadas mientras comparte habitación con su hermanita, de seis años: «Cuando se va la luz ella empieza a gritar porque le tiene miedo a la oscuridad». Se ríe, pero con una risa nerviosa que se corta sola, como si le diera vergüenza. «Entonces nos sentamos en cualquier espacio fresco de la casa y le hago trencitas o cosquillitas en el brazo para que se tranquilice».
Yanet Camacho Rodríguez afirma que su hijo de diez años ha sabido sobrellevar la situación, a pesar de que apenas se recuperó del confinamiento de la pandemia para caer en este período de apagones interminables. «Él conoce mejor que nosotros los nombres de las termoeléctricas, y sabe cuánto cuesta una ecoflow, un panel solar, un convertidor… pero también es consciente de que no puede tenerlos. El otro día me partió el alma un niño cuando dijo: “Ahora me meto debajo del mosquitero y mi mamá me echa aire hasta que me duerma, para que al menos no me piquen los mosquitos”».
Preguntas urgentes
¿QUÉ jurisdicción tienen las órdenes ejecutivas de un presidente extranjero sobre el helado derretido y la ilusión rota de una niña? ¿Con qué finalidad un cerco petrolero encerró los «muñequitos» dentro de una pantalla que permanece muda y opaca en la sala? ¿En beneficio de quién, miles de sanciones ahogan la esperanza de jóvenes obligados a lidiar con innumerables limitaciones para estudiar, trabajar y construir un proyecto de vida en su propio país?
Esta es la dimensión humana de una guerra sin precedentes, sostenida durante décadas y recrudecida hasta la asfixia, contra un pueblo que solo aspira a vivir. Mientras en los lobbies norteamericanos se debate el destino del vecino más pequeño, una infancia sufre por situaciones que escapan a su entendimiento.
La oscuridad reina y es la luz la que enceguece durante unas horas —a veces minutos— en un torbellino doméstico. El calor se vuelve insoportable. El carbón y la leña dejan aromas endémicos en los barrios y un regusto de madera quemada en el paladar. El silencio cansado se rompe con llantos, inventarios de carencias o recetas para sobrevivir un día más. La agresión entra por los sentidos, se acumula, atraganta, irrita, frustra, desespera, enferma y explota en un ciclo que se reinicia cada mañana.
Dimensiones sociales
Especialistas en Sicología, Sicopedagogía y Siquiatría infantil coinciden en que esas circunstancias tan adversas impactan en la salud mental y emocional de niñas, niños y adolescentes de este Archipiélago, expuestos al estrés y la ansiedad que viven los adultos, envueltos en conversaciones que no comprenden del todo y situaciones que solo deberían preocupar a los responsables de protegerlos, sin suficientes herramientas para lidiar con esa realidad.

Resulta imprescindible multiplicar la existencia de múltiples espacios socioculturales y de atención a las infancias. Foto: Favio Vergara
Los síntomas son tan diversos como las maneras en que interactúan con el entorno y varían según la etapa del desarrollo de los menores. Entre los más frecuentes figuran alteraciones del sueño, disminución de la atención y la concentración, problemas para mantener las rutinas, miedo a la oscuridad y a la soledad, llanto frecuente, irritabilidad, baja tolerancia a las frustraciones, dificultades en las relaciones y la comunicación con los demás y comportamientos que a cierta edad ya habían superado, como orinarse en la cama. También aparecen manifestaciones somáticas: dolor de cabeza frecuente,
palpitaciones, sudoración en las manos, incluso trastornos digestivos.
Laura Sofía Ferreiro Valdés, profesora de la Facultad de Sicología de la Universidad de La Habana, explica cómo la falta de control sobre el entorno y la incapacidad para planificar la vida afecta a los pequeños: «En vacaciones quieren salir y hacer cosas propias de su edad, pero los adultos deben posponerlas porque cuando
llega el agua o la corriente es prioridad adelantar las tareas domésticas.
«La situación actual también provoca tensiones familiares y sociales, pues las personas están agotadas y con estrés crónico. Los padres se sienten desanimados porque no ven una mejoría o un futuro más acogedor para sus familias».
Como una avalancha, el fenómeno escapa de las individualidades y cala en las capas más sensibles del tejido social, lo cual genera preocupación a profesionales como la sicóloga Zoraya Coro Carrasco, del hospital pediátrico Pepe Portilla, de Pinar del Río.
La también máster en Sicología clínica y profesora auxiliar de la Universidad de Ciencias Médicas de la más occidental de las provincias, asegura que «siempre hay un trasfondo económico, en función del entorno del que proviene el niño. Hoy nos encontramos a chicos vendiendo cualquier cosa en la calle y dicen: “Estoy ayudando a mi mamá”. Lo peor es que una parte importante de la sociedad lo admite», alerta esta especialista con más de 30 años de experiencia.
Otras secuelas saltan a la vista, como el incremento de la agresividad en edades tempranas, adolescentes sosteniendo relaciones inadecuadas con adultos a cambio de objetos y servicios y otros que se separan de su familia cercana por una migración provocada, en gran medida, por la crisis.
«Hay menores que quedaron con abuelos incapaces de poner límites en el hogar o al amparo de personas que ni siquiera son sus familiares. Ese efecto negativo también forma parte del costo social que contabilizamos en esta crisis», apunta Coro Carrasco.
La escuela es esencial
La doctora Beatriz Aday Vila, especialista en Siquiatría infantil del hospital pediátrico José Luis Miranda, de Villa Clara, coincide en que esta crisis ha recrudecido una realidad prexistente que afecta la salud mental de este grupo etario.
«La familia, considerada célula fundamental de la sociedad, ha ido desestructurándose y mutando con el tiempo. Muchas son disfuncionales, sin métodos educativos adecuados, y el incremento de la migración ha dejado miles de hogares rotos, con su saldo de desamparo y añoranza», reafirma.
Para Coro Carrasco, la escuela desempeña un papel fundamental, incluso si ya no es ese espacio en el que todos eran iguales. Las maestras también sufren, y aunque no debería ser, trasladan al aula el problema del apagón, la noche sin dormir, los precios inalcanzables…
Durante el recién concluido curso escolar, la actual contingencia se convirtió en el principal desafío, dada su incidencia en el proceso de enseñanza-aprendizaje, también afectado por limitaciones de recursos, reconoció Alejandro Bosmenier León, graduado de Pedagogía-Sicología en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.
«Las crisis emocionales en los niños hacen que el reto para los docentes sea mayor, sobre todo cuando los alumnos no han logrado un sueño adecuado en un buen tiempo».
El joven profesor asegura que los menores son capaces de percibir la tensión del contexto sociofamiliar, sobre todo cuando los adultos no logran sentarse a hacer tareas escolares por las dinámicas de estos tiempos ni descansar de noche por cuidarles. La escuela debe aprovechar cada espacio docente y hacer cosas diferentes para llegar a cada niño y mantener la comunicación.
Para la maestra primaria Elena González, lograr la atención en clases fue un desafío enorme: «Yo puedo poner todo mi empeño, pero llego a casa y también tengo mis propias angustias. ¿Cómo voy a pedirle a un niño que se concentre si yo misma estoy pensando en cómo voy a cocinar después?».
A largo plazo, Ferreriro Valdés augura jóvenes más ansiosos, con dificultades para afrontar la frustración, pero ha constatado que la mayoría de las familias, en la medida de lo
posible, protegen a sus hijos ante los estragos de la política genocida que aplica hoy el Gobierno de Estados Unidos sobre la Mayor de las Antillas.
La Doctora Evelyn Fernández Castillo, profesora titular del departamento de Sicología de la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas, también avizora un incremento de las alteraciones en la salud mental infantil. Se necesita fortalecer las relaciones sociales y crear otras estrategias para resolver problemas emocionales y potenciar los factores de protección en el entorno.
El costo en la juventud
Superar la inocencia de las primeras edades no garantiza que duela menos lo que se vive en la actualidad. Con mayor conciencia de lo que se sufre, para adolescentes y jóvenes el camino se llena de incertidumbres y frustraciones.
Adriana Campany Cejas no renuncia a sus sueños, aunque terminar la universidad se siente como una empinada cuesta. Los ajustes para la modalidad semipresencial son insuficientes, aunque ayuden a paliar la compleja situación del transporte.
«En casa mi tiempo de estudio se limita al horario matutino
porque cuando hay corriente debo priorizar las tareas del hogar. Esta situación nos mantiene a los estudiantes en un estado de cansancio que nos hace sentir desmotivados», reconoció. Aunque en ocasiones consideró abandonar la carrera, encuentra aliento en su familia para continuar.
Por su parte, Daryel Vega Camero, estudiante de tercer año de Filología, prefiere pensar de manera positiva ante lo que se interpone en su sueño de unirse al mundo de las letras: «Los apagones llevan a un nivel alto de agotamiento físico y mental y afectan hasta la capacidad de memoria. A veces no soy capaz de sentarme a leer, los textos necesitan un análisis profundo y no logro concentrarme. Es difícil planificar un futuro y se vive la incertidumbre de no saber cuál será el próximo evento por la avalancha de informaciones a la que estamos expuestos».
Milenys Cabrera Molina apenas pudo saborear la universidad en la modalidad presencial. Ella percibe a diario el desgaste del pueblo, principal víctima de las sanciones foráneas, y le preocupa que la falta de sueño y deficiente alimentación pueda provocar altos índices de enfermedades neurodegenerativas. El no saber si en algún momento acabará esta situación cobra factura a más de uno, porque lo más doloroso es que no se aprecia una mejoría cercana».
Preservar el futuro
A la espera de soluciones macroeconómicas que escapan a la voluntad de quienes más sufren, la sicóloga Evelyn
Fernández Castillo recomienda asumir la salud mental de los más pequeños como «una semillita que debemos cuidar para que crezca fuerte». Dentro de lo posible, exhorta a garantizarles un espacio de bienestar sostenible, evitar conversaciones pesimistas en su presencia y dedicarles tiempo de calidad con actividades que les gusten, no necesariamente relacionadas con las tecnologías: conversar, jugar, dar afecto…
«Eso no solo ayuda a los pequeños; también da mucha satisfacción a la familia. Si el niño escucha valoraciones catastróficas y poco esperanzadoras constantemente se afianzan los miedos y comienza a experimentar y replicar esos patrones negativos de pensamiento», acotó.
Fernández Castillo insta a mantenerles una rutina diaria porque los hábitos contribuyen a disminuir la ansiedad. Se les debe involucrar en tareas sencillas y reforzar siempre las alegrías del momento: reconocer cuando logran realizar una tarea, si destacan en algo o ayudan a solucionar determinado problema.
Ferreriro Valdés alaba la existencia de múltiples espacios socioculturales y de atención a las infancias y pide que esas iniciativas se acerquen más a las comunidades, además de identificar otros puntos de entrada para mitigar las dificultades y hacer más amenos los espacios para niños, niñas y adolescentes.
Aunque el cerco aprieta y el déficit de generación eléctrica crece, Manuel, orgulloso de su paternidad, juega con su hijo a adivinar las capitales del mundo, al ajedrez o al fútbol; toca la guitarra, monta bicicleta y defiende a toda costa ese pedacito de ilusión.
Los apagones sofocan los relojes, pero Daniela espera a que papá llegue del trabajo y se siente con ella y su hermana para retomar los cuentos del perro de la esquina que habla con la luna o las cucarachas soldados que van a la guerra.
Mientras las familias inocentes siguen pagando el precio de un capricho histórico, Milenys intenta separar lo que puede controlar de lo que no, busca acompañamiento en redes de apoyo para aligerar las cargas, identifica las tareas que demandan electricidad y conexión para aprovechar mejor esos raticos y el resto del tiempo escribe, estudia, dibuja, escucha música, lee e intenta sentirse útil.
Yanet procura proteger las costumbres saludables de su hijo: conversar en las mañanas, refrescar en la casa al mediodía, jugar pelota por la tarde y dominó en las noches. De paso evita que la batería de su teléfono se agote antes de que vuelva a hacerse la luz. A veces ella misma se suma al juego de béisbol o le asigna quehaceres en la casa para que no les afecte tanto el día a día sin pantallas.
Elena seguirá intentando crear cada mañana un «círculo de calma» en su aula, con el rescate de los juegos de roles, las adivinanzas y los cuentos de autoría colectiva para que sus alumnos se mantengan motivados y enciendan la imaginación.

De cara al nuevo curso escolar, el rol del maestro y la responsabilidad de la familia resultan esenciales para que las infancias atiendan en clases, aprendan y vean en el aula un espacio seguro. Foto: Roberto Suárez
Como ella, muchos docentes procuran que la escuela no sea una carga, sino un refugio donde aliviarse de esa acción silenciosa y despiadada que intenta asediar hasta el aliento más inocente: un bloqueo que los pequeños no comprenden en su total dimensión, pero lo sufren, como sus padres y abuelos, en carne propia.
