Raúl Pérez Monzón (izquierda) durante el Conversatorio en el contexto de las Jornadas contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia, a propósito de los cinco años del reconocimiento del matrimonio igualitario en Cuba. Autor: Cortesía del entrevistado Publicado: 24/09/2026 | 02:19 pm
Hablar con Raúl Pérez Monzón es entrar en un cruce de caminos entre la academia y el activismo. Profesor de la Universidad de La Habana, investigador y promotor cultural enfocado en los derechos de las personas LGBTIQ+ en Cuba, ha hecho de la memoria su herramienta más poderosa. No se limita a enseñar historia en las aulas: la conecta con las luchas de colectivos marginados y con preguntas incómodas que todavía atraviesan a la sociedad cubana.
En medio de su trabajo académico y como activista, encontró un vacío que lo inquietaba: las experiencias de quienes viven identidades sexuales y de género diversas apenas aparecían en los relatos oficiales de la nación. «Parecía que no formaban parte de la historia cubana, cuando en realidad siempre estuvieron presentes». De esa necesidad, nació Mes de Historia(s) LGBTIQ+ Cuba, un espacio pensado para enlazar memoria, arte e investigación histórica.
El objetivo es doble: rescatar memorias fragmentadas y abrir un diálogo social para reconocer que estas comunidades forman parte legítima de la cultura y la historia nacional. «Conocer el pasado ayuda a comprender mejor el presente», resume, convencido de que incorporar estas narraciones al imaginario colectivo amplía las posibilidades de inclusión y comprensión humana.
Punto de partida
Con su tesis doctoral La representación social de la homosexualidad masculina en Cuba (1959-2019), Monzón busca mostrar cómo las percepciones sobre esta realidad fueron configurándose y transformándose en distintos momentos históricos. Es decir, que nunca existió una visión única, sino un entramado de tensiones, rupturas y continuidades donde se cruzaron discursos médicos, jurídicos, educativos y culturales.
«Creo que para comprender ese proceso es necesario evitar tanto las simplificaciones como las lecturas descontextualizadas», valora el investigador.
En su opinión, la Revolución nació con un fuerte discurso de justicia social e igualdad, pero heredó tradiciones machistas y conservadoras y se articuló en torno a un sujeto revolucionario muy específico: «La construcción del llamado “hombre nuevo” colocó en el centro los ideales de masculinidad asociados al sacrificio, la disciplina, la virilidad y la capacidad productiva». Muchas expresiones de la diversidad sexual fueron vistas como incompatibles con ese modelo, puntualiza.
Durante los años sesenta y setenta, sectores de la siquiatría cubana seguían interpretando la homosexualidad desde categorías patologizantes heredadas de corrientes internacionales, en sintonía con tradiciones homofóbicas anteriores, institucionalizadas bajo nuevas formas políticas.
Por eso, Pérez Monzón insiste en que entender el fenómeno requiere analizar la tensión entre continuidad y ruptura. Es decir, lo nuevo que trajo el proyecto revolucionario y las persistencias culturales que lo atravesaron.
—¿Cómo debemos abordar la memoria de ese pasado?
—No se trata de borrar avances sociales importantes ni de construir relatos simplistas, basados únicamente en condenas morales retrospectivas. Tampoco de minimizar el dolor de quienes sufrieron exclusiones, expulsiones laborales, censura o internamientos.
«La memoria debe servir para comprender cómo funcionan los mecanismos sociales de discriminación y cómo determinadas ideas pueden legitimarse institucionalmente, incluso dentro de proyectos emancipadores».
En los últimos años, reconoce, ha habido una mayor apertura para discutir públicamente estos temas en Cuba. Y eso, dice, es fundamental: «Escuchar testimonios, abrir archivos, investigar críticamente y reconocer experiencias históricas diversas fortalece a la sociedad. Una sociedad madura no es aquella que niega sus contradicciones, sino la que es capaz de analizarlas y aprender de ellas».
Derechos en tiempos de crisis
El académico advierte que los avances en materia de derechos pueden verse amenazados en el contexto de una crisis económica y social como la que atraviesa Cuba. Las urgencias cotidianas tienden a relegar la diversidad y los derechos sexuales, y quienes defienden discursos conservadores aprovechan esa incertidumbre para reforzar modelos rígidos de familia y género.
Aun así, reconoce que los avances recientes han creado un terreno distinto. El nuevo Código de las Familias, la mayor visibilidad mediática y los debates públicos han generado una conciencia social más amplia sobre el tema.
Para sostener esos logros se necesita una educación constante, fortalecimiento comunitario y producción de nuevo conocimiento crítico: «El retroceso en otros países demuestra que ningún derecho está garantizado de manera definitiva. Nuestro país debe aprender de esas experiencias para proteger lo alcanzado y seguir ampliando espacios de inclusión», advierte.
Las nuevas generaciones
En su papel como profesor, recalca que la universidad no es solo un espacio de formación académica, sino también de construcción de valores y sensibilidades. Por eso considera esencial promover ambientes inclusivos y mostrar a los estudiantes que las categorías sociales no son naturales ni eternas, sino construcciones históricas. Esa mirada crítica, dice, permite desmontar prejuicios y abrir debates que antes apenas tenían lugar en las aulas.
Al observar a las nuevas generaciones, reconoce cambios significativos: «Existe mayor acceso a información global, mayor visibilidad de identidades diversas y una relación mucho menos rígida con temas de género y sexualidad. Muchos jóvenes utilizan lenguajes de inclusión y derechos que eran prácticamente inexistentes hace veinte o treinta años».
Aunque persisten expresiones de machismo y discriminación en ciertos contextos, percibe una juventud más abierta al diálogo y dispuesta a cuestionar normas tradicionales: «En muchos casos, son los propios estudiantes quienes impulsan discusiones que antes apenas tenían espacio en ámbitos académicos».
Para él, una sociedad que conoce su pasado está mejor preparada para evitar repetir exclusiones. En esa tarea de investigar, enseñar y promover espacios culturales donde estas historias puedan contarse con sensibilidad y rigor, encuentra el sentido de su trabajo.
