Hay unos personajes que no pasan de moda y han demostrado una capacidad de permanencia muy grande. Son los pregoneros. Autor: Martirena Publicado: 01/10/2026 | 12:53 pm
En esta larga historia de barrios, de vecindades, de los días a días que ya ustedes saben cómo andan, hay unos personajes que no pasan de moda. A veces, uno se pregunta si en algún momento dirán adiós, porque eterno no hay nada; pero, sin lugar a duda, ellos han demostrado una capacidad de permanencia muy grande. Esos personajes son los pregoneros.
Te pasan a diario, a cualquier hora los escuchas en la distancia y por lo que dicen y como lo anuncian y hasta por el tono de la voz, uno puede identificarlos sin problema alguno; y es posible que hasta se pueda predecir cuándo pasarán por el frente de la casa.
Que al final no le puedas comprar, ya es harina de otros costados —porque no hay dinero o lo tienes trancado en la tarjeta sin poder sacar el efectivo, que no es lo mismo, pero es casi igual—; sin embargo, lo cierto es que pasan por delante con sus pregones y en la mente enseguida aparece la imagen de Rita Montaner cantando maní, que el manicero se va.
Aunque no es solo mirarlos, sino también detallarlos; porque con ellos, con su pasar de arriba a abajo, andan las profundidades de un país.
Hay muchachos que llegan pregonando y muchos desearían comprarles todo para que puedan regresar temprano a sus casas a hacer otra cosa. Hay mujeres de todas las obesidades y flaquencias, que pasan con la ropa raída, camisa de mangas largas, con gorras y sombreros. Hay familias que andan en carretones o empujando carretillas, o abuelos que pasan en bicicletas o con un cajón bajo el brazo o una carriola o cualquier cosa, y que te hablan de los nietos que están cuidando después de viejos; porque los padres se fueron.
Son los héroes de este país. Los vulnerables, que vaya usted a saber si están en alguna estadística. La gente que no renuncia a los afectos de la familia, aunque a veces lo demuestren de una forma un poco cabrona. Son héroes que a lo mejor tienen la otra cara del colchón, un maletín o una cajita llena de diplomas o medallas por sueños que lucharon sin pedir nada a cambio, y que no se arrepienten de lo que hicieron.
Hay de todo con ellos. A lo mejor no son ángeles, pero quizá son más auténticos que otros. Y así pasan, cada uno con su estilo. Unos que avisan que tienen el buen aguacate y que lo compren ahora porque por la tarde no pasan. Otro, que de lejos parece que pregona el clero, y tú te preguntas qué cosa es eso, hasta que los oyes más cerca y resulta que es el cloro.
También en esto de los pregones pueden aparecer situaciones casi surrealistas; pues hay uno que en ocasiones aparece por las mañanas, avisando que tiene su lechita bien fresca; mientras otro le pasa por el lado con el aviso de que tiene el pan largo y caliente, acabadito de sacar del horno. Como para ponerse a pensar.
Sin embargo, el mejor pregón de todos los vives sin esperarlo, con las primeras luces de la mañana y sin que el sol haya salido. Es el de una vendedora de pan, que anda en bicicleta, con una gorra y el pelo bien despeinado. Tal parece que su pasión no es vender, sino vociferar su oferta y así la oyes a lo lejos hasta que la tienes al lado, y entonces sientes que los oídos se quieren reventar.
Sin embargo no dices nada, no pides que baje la voz; porque cuando miras, la ves gritar sin compasión por los que duermen, pero también observas que ha puesto un pie en el suelo y que mantiene otro en el pedal de la bicicleta. La ves que gira hacia el inmenso cajón que tiene detrás, que mete la mano y saca dos panes, y se lo da a una viejita que pasa silenciosa en ese momento. «Tome mi abuela —dice—, que por dos panes nadie se va morir». Y sigue su camino a pregón batiente. Pobre y necesitada, con 20 ilusiones en la cabeza; pero tranquila y feliz en su dignidad callada, como tantos en este, nuestro país de hoy.
