Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

La alegría de Choco

Reconocido internacionalmente como uno de los artistas plásticos cubanos de mayor prestigio, Choco fue distinguido hace apenas un mes con el Premio Nacional de Artes Plásticas

 

Autor:

Aracelys Bedevia

En la calle Sol, de La Habana Vieja, a solo unos pasos de la Avenida del Puerto, un hombre de sonrisa limpia y mirada triste abre todas las mañanas las puertas de su taller y da rienda suelta al acto de crear. Su nombre es Eduardo Roca Salazar, pero todos lo conocen como Chocolate (Choco).

Reconocido internacionalmente como uno de los artistas plásticos cubanos de mayor prestigio, Choco fue distinguido hace apenas un mes con el Premio Nacional de Artes Plásticas.

«Soy el hombre más feliz del mundo por haber recibido este lauro. En el 2000 gané el Primer Premio en la Bienal de Grabado de Kochi, Japón, el cual es muy importante para mí. Está dentro de mi corazón. Pero este es el de la vida, y en lo personal me siento muy contento. Aunque no estoy totalmente tranquilo, por el compromiso pictórico y moral que trae consigo», aseguró a JR poco después de que fuera elegido como el ganador del más importante galardón que se otorga en Cuba a un artista plástico vivo residente en la Isla.

Desde entonces, dice, el teléfono no para de sonar. «De todas partes me han llamado, en la calle me detienen para abrazarme, y todos los días vienen varias personas al taller solo para felicitarme. Este premio es del pueblo, porque fue el pueblo quien quiso que se me entregara hace muchos años.

«El próximo 2018 tengo que hacer la exposición en el Museo Nacional de Bellas Artes. Desde ahora estoy pensando mucho en ese compromiso. Tengo que ser consecuente, fuerte y llevar mi obra al punto de que la población que me conoce sienta que está a la altura de este galardón, que es para toda la vida».

La noticia lo sorprendió realizando una de sus emblemáticas colagrafías (técnica del grabado que le brinda una amplia y rica gama de posibilidades). «Estábamos preparando El descanso, obra que he recreado no solo en colagrafía sino también en escultura en madera y en bronce. Esa pieza está inspirada en una mujer que vi en Angola, hace mucho tiempo (estuve un año en ese país donde aprendí mucho de nuestros ancestros). Ella se encontraba en una posición considerada por los angolanos como de descanso, pero que a mí me parece incómoda, por lo que todavía la recuerdo y evoco».

Maestro de la pintura y el grabado, Choco es un creador que no para de experimentar. Cuenta con más de una treintena de exposiciones personales y colectivas.

Su obra se encuentra en el Museo Nacional de Bellas Artes (Cuba), Museo de África (Chicago, Estados Unidos), Museo de la Estampa (México), Museo de Querétaro (México), y Fundación Miró (Palma de Mallorca, España). También se exhibe en la Fundación Ludwig (Alemania), el Museo de la Universidad de Tama (Japón) y el Museo de Kochi (Japón), entre otros.

Es del corazón de donde brota su pintura, como dijo Eliseo Diego, en 1976. Las temáticas que aborda son disímiles, pero lo popular es esencial en sus creaciones. En ellas lo real se fusiona con lo místico.

Se nutre de la gente que pasa por la calle o con las que conversa, de la forma de vida del cubano, de la religión yoruba, de los muros de La Habana Vieja y su catedral, los colores que habitan en esta ciudad maravilla y que a diario seducen su paleta de pintor. «Como artista plástico tengo la responsabilidad de dar con un poco de color lo que acontece en mi cultura, en mi país», expresó.

Con una obra consecuente, sólida, poética y muy cubana, este artista mantiene una presencia activa y sistemática en el panorama de las artes visuales desde los años 70. Ha desarrollado una intensa labor en manifestaciones como el grabado, la pintura y, más recientemente, la escultura. Todo ello sin dejar de desempeñar un destacado trabajo social a través de los talleres de grabado y su rol como profesor en nuestras escuelas de arte. Por tales razones ha ganado importantes reconocimientos y posee la Distinción por la Cultura Nacional, otorgada por el Ministerio de Cultura, y las medallas Alejo Carpentier y Julio Antonio Mella, entregadas por el Consejo de Estado de la República de Cuba.

Un hombre de pueblo

Santiago de Cuba es para él un pueblo maravilloso, al que va con frecuencia a exponer. «Nací ahí, en la ciudad, el 13 de octubre de 1949. Soy un hombre de pueblo. Los orígenes de mi padre y madre son haitiano y español, respectivamente. Nos hicimos cubanos. Este país está metido por entero en nosotros. Nos pertenece».

—Usted ha afirmado que no puede crear fuera de La Habana.

—Aquí tengo a los amigos más lindos, mi familia, mis hermanos. La Habana me enseñó todo. Es el corazón de Cuba. Siempre tengo que regresar. Cuando empecé a viajar fuera de Cuba pensaba que esas ganas tan grandes de volver eran porque estaba solo. Pero hace más de diez años que salgo también con mi familia y me sucede lo mismo.

«Me gustan las ciudades grandes. La Habana para mí representa París, Nueva York, Tokio. He estado en muchos países y las capitales son las que me llaman la atención. La nuestra es el remolino de cualquier huracán, y lo siento así para poder hacer la obra».

—¿Qué puede decirnos de sus inicios en la plástica?

—No tengo antecedentes en la familia. Desde niño dibujaba como todos. Si tienes talento y vas a ser un artista eso se va desarrollando poco a poco. En la primaria, una maestra llamada Nereida vio mi vocación por la pintura. Ella había leído en la prensa la convocatoria para matricula a Instructores de Arte y me avisó. Tenía entonces 13 años de edad.

«Gracias al triunfo de la Revolución en 1959 tuve la posibilidad de desarrollar mi vocación gratuitamente. Cuando entré a estudiar me di cuenta del lío en que me había metido. Es una carrera difícil, solitaria, muy individual. Llegó el momento en que como niño no podía ni jugar.

«Terminé y no tenía todavía edad laboral, por lo que fui directo a la Escuela de Arte. Por ahí empecé y me di cuenta de que quería ser artista. Aunque pensaba un poco más en el deporte. Practicaba béisbol (que hoy es mi hobby junto con la música. A ambos recurro para quitarme a veces esa gran carga de ser pintor). Uno sufre mucho cuando se da cuenta de que su vocación es una gran responsabilidad. En mi casa todos son músicos. Mi esposa Gloria, y mis hijos, Sandro y Elis.

«Los primeros años después de graduarme fueron muy difíciles. Trabajé primero como maestro, en Santiago de Cuba, en la Escuela José Joaquín Tejada. Luego regresé a La Habana…

«Me gradué de pintura, no de grabado. Tomás Sánchez, artista fabuloso, me ayudó mucho en la gráfica, que es muy fuerte en mí y dentro de esta la tinta china. A esta generación nos salvó el Taller Experimental de la Gráfica. Ahí hacíamos todo. La gráfica en Cuba en la década de los 70 se desarrolló mucho. El Che dio la posibilidad de que se hiciera ese taller.

«Estudié también en la Universidad de La Habana, y eso me dio una formación teórica importante y me sensibilizó mucho. Ahí conocí a Eliseo Diego, Cintio Vitier... Con la familia de Eliseo viví alrededor de siete años. Guillermón Moncada, dibujo a tinta china, nació en un pequeño estudio que tenía en su casa».

—¿Definiría su obra por etapas?

—Pienso que sí. Empecé por la gráfica, el dibujo, el óleo, Ahora la escultura. Todo eso ha enriquecido con mucha fuerza mi obra. Soplo de vida es una de mis piezas más significativas.

«Esa colagrafía marcó una etapa muy importante de mi obra porque encierra muchas técnicas, épicas, místicas, estados de ánimo. La hice después que regresé de África. Antes había realizado Los macheteros, que está en el Museo Nacional de Bellas Artes. Otra muy importante para mí es el Eleguá, que fue el premio de Japón».

Con la mirada puesta en el infinito, pero con los pies sobre la tierra, Choco repasa en voz alta lo que han sido para él estas más de cuatro décadas de intensa creación. Y habla de amigos, «son tantos»; de alegrías y tristezas; del tiempo que llevaba esperando este premio: «estuve muchos años entre los nominados…»; de la emoción que está sintiendo en este momento al ver la alegría de tantos… Hay inocencia en sus ojos. Medita y sonríe. Sonríe y medita. Su humildad y talento lo engrandecen cada día.

—¿Algo más que quiera agregar?

—Seguir vivo.

 

Fotos: Abel Rojas Barallobre 

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.