Las escuelas de instructores de arte han graduado a jóvenes brillantes, cuyo trabajo resulta en beneficio indiscutible para las comunidades. Autor: Juventud Rebelde Publicado: 31/07/2026 | 03:54 pm
Desde el fondo del escenario, ella guía con señas la escena. Pequeños vestidos de magia se mueven de un sitio a otro y sonríen. Los niños de Maylén siempre sonríen y bailan. Hay otros que los miran, que desde hace días no sonríen porque están pasando por alguna enfermedad que les roba el ánimo. Hace mucho que estos niños no bailan. El hospital le quita a cualquiera las ganas de bailar. Los niños de Maylén coordinan sus movimientos y se mueven de un sitio a otro sobre los adoquines del pasillo del hospital.
Poco a poco los enfermos se levantan de sus camas y asisten al espectáculo. Dos, seis, nueve, todos. Asisten como curioseando primero, con avidez luego. Los niños de Maylén bailan y sonríen y también puede verse, en el rostro de los niños del hospital dibujarse, despacito, la sonrisa. Los más atrevidos han empezado a bailar. El resto limita su participación a la esquina del cubículo que les ha tocado, pero sonríen. Los niños del hospital sonríen y es gracias a los Pequeños Artistas, que son muchos, y la felicidad de muchos es el mayor antídoto contra el dolor de pocos.
La escena se repite una y otra vez en parques, barrios y escuelas. Niños que hacen del arte un poderoso antídoto contra el cansancio de los días. El proyecto nació hace 9 años, el día 25 de junio de 2016, en el Seminternado Dalquis Sánchez Pupo, como parte del trabajo que con regularidad hacen los miembros de la Brigada José Martí de Instructores de Arte.

«Ver cómo los niños respondían al baile, no como una simple tarea a cumplir, sino como un momento de máxima felicidad, me hizo entender que esa inocencia y ese talento no podían quedarse entre cuatro paredes; tenían que salir a la calle, a los barrios y a donde hiciera falta llevar luz.
«El arte no necesita traductores ni explicaciones complejas; el arte entra directo al corazón. Una sonrisa de un niño bailando o la voz de la cantoría limpia cualquier tristeza. Elegí el arte porque es el único lenguaje capaz de hacer olvidar el dolor a un niño ingresado en un hospital o de devolverle la alegría a una comunidad vulnerable. Cuando un niño ayuda a otro a través de su talento, sanan dos almas: la de quien recibe el arte y la del pequeño artista que al darlo».
No recuerdo haberla visto en algún sitio sola, bajo el impulso de un café o paseando bajo el sol cansado de la tarde. Maylén anda siempre rodeada de pequeñines, niños que asume como suyos por esa suerte de sentido de pertenencia que sienten los maestros hacia sus alumnos.«Al proyecto le dedico mi vida. No hay un horario de trabajo cuando lideras un proyecto así. Son las horas de ensayo en la tarde, pero también las noches planificando metodologías, montando coreografías, coordinando la logística, atendiendo a los padres y soñando el vestuario junto a colaboradores como Nora Marrero (nuestra costurera) y Fernando Hernández. Es un compromiso de 24 horas al día, los siete días de la semana, porque este proyecto camina al ritmo de mi propio corazón».
El crecimiento de los árboles suele ser pausado, porque las raíces han de meterse bien profundas en la tierra para luego levantarse con toda la fuerza de un siglo que nace. Luego el árbol florece y da frutos.
«Ver a mis niñas y niños ingresar a la Escuela Elemental de Arte en Ballet y Danza es de las mayores alegrías que tengo. Ver a esos niños que empezaron siendo muy pequeñitos, que no faltaron a un solo ensayo, que fueron a cada guerrilla cultural y que cuidaron cada vestuario, lograr su sueño profesional… ese es el triunfo de la constancia. Saber que Pequeños Artistas fue la semilla y el cimiento de sus carreras es una satisfacción que no cabe en el pecho».

La participación constante del proyecto Pequeños Artistas en eventos de gran envergadura como las Romerías de Mayo, Ferias del Libro, Festival Escaramujo, Tierra Buena y el Festival Internacional de Cine Pobre en Gibara habla por sí sola de la madurez que ha alcanzado el proyecto. Pero vivir en un país al que se le suman las carencias hace imposible no tropezar con las dificultades para darle vida a los sueños…
«El momento más difícil siempre es la lucha contra la escasez de recursos: resolver el transporte para mover a decenas de niños con sus vestuarios, conseguir las telas para los trajes o adaptar los espacios de ensayo cuando las condiciones no son las mejores. A veces, la incertidumbre logística minutos antes de un evento te agota mentalmente, pero ver su ilusión y su entrega te obliga a respirar hondo, resolver y salir a escena como si nada pasara».
Hacer que los niños entiendan el valor de lo que hacen, como dijera José de la Luz, exige ser (con intensidad) un evangelio vivo…
«Algunos llegan pensando que el arte es solo ponerse un traje lindo. Cuando nos toca ir a una comunidad, bajo el sol, a veces preguntan: Profe, ¿por qué ensayamos tanto si aquí no hay un escenario grande? Lo manejo haciéndolos parte de la emoción: les pido que miren a la cara a los viejitos o a los niños del público. En cuanto ven las sonrisas, el 'para qué' se responde solo.
«El trabajo con los padres es fundamental: ellos son la columna vertebral. Mantengo un intercambio transparente, de familia a familia. Los involucro en todo: desde peinar y vestir hasta la logística. Si el padre no entiende la misión humana del proyecto, el niño tampoco la entenderá».
Luego está lidiar con la inexistencia, ordenar el caos cotidiano, las nubes negras…

«Aprendí que la exigencia técnica, por sí sola, carece de sentido si en el camino se apaga la alegría o la empatía. Al principio, como instructora joven, solía frustrarme cuando una alineación no quedaba perfecta o cuando los imprevistos de audio y logística empañaban meses de ensayo. Sentía que, si la coreografía no salía impecable, habíamos fallado. Sin embargo, los tropiezos me regalaron la lección más valiosa de mi carrera: el público no busca robots sobre el escenario; busca verdad, emoción y alma. Entendí que la sonrisa espontánea de un niño y la plenitud con la que vive la escena valen infinitamente más que una ejecución milimétrica hecha bajo tensión.
«Agradezco profundamente esos momentos difíciles porque transformaron mi manera de enseñar. Me mostraron el camino a la verdadera pedagogía, la más humana y consciente, a priorizar la salud emocional y la felicidad de mis niños sobre cualquier afán de perfección rígida, y a comprender que el verdadero éxito no se mide en la precisión del paso, sino en el amor y el disfrute con el que ellos defienden su arte».
Los niños bajo la lluvia…

«Nunca voy a olvidar una Guerrilla cultural de la BJM en la comunidad de Pueblo Nuevo. Habíamos preparado todo con semanas de anticipación y, justo a mitad de la obra principal, se desató un aguacero tremendo. Mi primer instinto como instructora fue correr a detener la música y resguardar a los niños, pero cuando miré al escenario, ninguno se había movido.
«Siguieron bailando y cantando bajo la lluvia con una sonrisa enorme, manteniendo la postura, la fuerza y el ritmo. El público, en lugar de correr a escamparse, se puso de pie bajo el agua a aplaudirlos y a cantar con ellos. Fue un momento mágico e imprevisto que nos demostró a todos que estos niños no están jugando a ser artistas: son verdaderos gigantes con un compromiso y una pasión que no se amedrenta ni con la lluvia».
Más allá de los aplausos, el verdadero propósito del proyecto es formar personas capaces de mirar al ser humano con sensibilidad y solidaridad.

«Me gustaría que, sean o no artistas profesionales en el futuro, estos niños se conviertan en personas sensibles, empáticas y profundamente comprometidas con el bien. Que cuando miren atrás, recuerden que desde pequeños fueron capaces de transformar realidades con una sonrisa. Si mañana son médicos, maestros, ingenieros o artistas, mi mayor orgullo será saber que son hombres y mujeres de bien, sensibles al dolor ajeno, verdaderos gigantes de corazón.
«A otros jóvenes que quieren iniciar proyectos similares les diría que no esperen a tener las condiciones perfectas, porque esas nunca llegan. Empiecen con lo que tengan: con un niño, con una grabadora, en el patio de una escuela. Cuando trabajas con amor y verdad, la gente se suma, las puertas se abren y los milagros ocurren.
«La infancia no es solo el pilar del futuro, es el presente. En cada barrio hay un potencial gigante esperando ser guiado. Pequeños Artistas no es solo un grupo de baile o una cantoría, es la prueba viva de que la cultura y la solidaridad, cuando se siembran desde niños, son la fuerza más poderosa para transformar el mundo».
