En el stand de Ediciones La Luz, Lorena reúne dos pasiones: escribir y acompañar la obra de otros. Autor: Cortesía de la entrevistada Publicado: 21/10/2026 | 04:18 pm
Lorena Susel Velázquez Fraga no sospechaba que sería poeta. Tampoco imaginaba que estudiaría Filología ni que encontraría en la edición de libros una razón para organizar sus días. Antes de todo eso fue una niña que quiso aprender a leer para no depender de las historias que su madre le contaba antes de dormir.
«Llegó el momento en que yo no quería que mi mamá me leyera. Yo quería leer sola. Pero ese momento llegó bastante temprano. No fue a los seis o siete años: a los cuatro mi mamá me enseñó a leer. Desde entonces hasta hoy, no he parado».
La holguinera, nacida en 1996, recibió el Premio Literario Portus Patris 2026 por Danza sobre el puñal, un cuaderno al que regresó después de dejarlo reposar y en el que reconoce una cercanía particular entre su vida y lo que escribe.
«Es el libro que resume mis coqueteos, mis devaneos y mis encontronazos con ese objeto filoso que es la vida. Es bastante íntimo y personal. De todos mis libros, este es el que más revela esa frontera tan dudosa que hay entre el sujeto lírico y la autora que soy».
Para acercarse a esa autora hay que volver a una casa alejada del barrio, a los libros que pasaron de una generación a otra y a una muchacha que decía que no le gustaba la poesía.
Los libros nunca tuvieron una cuota
El Holguín que recuerda no es exactamente el que habita hoy. Hasta enero de 2022 vivió en una zona rural del municipio.
«Yo fui una niña bastante hiperactiva, me gustaban muchas cosas, pero, contradictoriamente, no era muy dada a estar jugando con otros niños. Donde vivía era una zona alejada del barrio, donde más casas había y donde vivían mis compañeros. No tenía ningún niño cerca con quien jugar. Por eso jugaba sola, leía muchísimo, dibujaba, armaba rompecabezas y pasaba muchísimo tiempo con mi familia, con mis abuelas».
En la escuela encontraba a los compañeros que no tenía cerca de casa. Su aula llegó a reunir entre 20 y 22 estudiantes, una cantidad que recuerda como poco habitual en aquella primaria rural, donde otros grupos tenían cinco, seis o siete alumnos.
Le gustaba llegar, saludar a la maestra, llevarle flores; también compartir juguetes y libros para colorear. Nunca comprendió del todo a los niños que lloraban al separarse de sus madres o querían regresar a casa antes de terminar la jornada.
«A mí la escuela me encantaba. Luego, en la secundaria, el preuniversitario y la universidad fue igual. Siempre vi la escuela con los mismos ojos, siempre me gustó estudiar».
Los libros, mientras tanto, formaban parte de la vida familiar. Leían su madre, su abuela y su tío. Había ejemplares que habían pertenecido a ellos y otros heredados de generaciones anteriores. Todavía se conservan.
«Nunca tuve prohibiciones a la hora de leer. A veces me llamaba la atención algún libro y le preguntaba a mi mamá si podía leerlo. Nunca tuve un no como respuesta. Ella me lo recomendaba, me decía que creía que a lo mejor no me gustaría o me explicaba de qué trataba, pero nunca tuve una cuota».
Entre los siete y los ocho años leyó Como agua para chocolate, de Laura Esquivel. Recuerda con cariño Cuentos y estampas, un libro ruso ilustrado, y la edición de Gente Nueva de Rompetacones, cuentos y más cuentos. También los cuentos de hadas hindúes y alemanes, y los populares rusos compilados por Afanásiev.
«Esos libros hicieron las delicias de mi vida mientras fui niña y no tan niña, porque eran libros a los que siempre volvía. Los cuentos de hadas siempre me han gustado muchísimo».
La carrera que nadie le había mencionado
Quería ser universitaria, aunque no tenía una vocación definida. Durante un tiempo pensó en Diseño Industrial, pues le gustaba dibujar. Sin embargo, comenzó a estudiar Contabilidad y Finanzas.
Una profesora graduada de Filología le preguntó por qué no había escogido esa especialidad. Lorena respondió que no sabía en qué consistía. La docente le pidió su correo y le envió el plan de estudios.
«Al recibirlo me sentí desilusionada y muy triste, porque no podía entender cómo había una carrera como esa y nadie me había hablado de ella. Pero me lo propuse y al año siguiente cambié de carrera y me fui a Santiago de Cuba a estudiar Letras».
La universidad fue, según dice, un asombro tras otro. Todavía recuerda seminarios y evaluaciones en los que debía profundizar en una obra o un problema literario.
«La época de la universidad fue muy valiosa y fructífera. Leí y aprendí cuanto pude. Todo ese conocimiento no me ha abandonado nunca. Aproveché al máximo mi formación filológica».
Entre sus profesores menciona a Carlos Manuel Rodríguez, quien le impartió Literatura Española y Edición, y después fue su tutor de tesis. Desde tercer año comenzó a trabajar parcialmente con la editorial de la Universidad de Oriente.
«Él fue la persona que hizo que me enamorara de la profesión del editor. Siempre voy a recordar ese punto de partida con una gratitud eterna».
A Iván Grajales, profesor de Teoría Literaria, de quien fue alumna ayudante, le agradece haber confirmado su interés por las Ciencias Literarias. A Ana Vilorio Iglesias le debe una advertencia que entonces no terminaba de aceptar.
«Yo solía decir que no me gustaba la poesía, que no me decía nada, que no me hablaba. La doctora Ana siempre me respondía que estaba equivocada: a nadie que pudiera horadar en la poesía de la manera en que yo lo hacía en los exámenes y seminarios le podía disgustar. Decía que me encantaba, solo que todavía no me había dado cuenta».
Cada premio y cada texto que la complacen la devuelven a aquella profesora. «Pienso muchísimo en ella y le agradezco. Resultó ser que tenía razón: la poesía siempre estuvo conmigo».
Hacer libros, escribirlos también
Antes de reconocerse autora, Lorena había elegido trabajar con las obras ajenas. Tras su experiencia en la editorial de la Universidad de Holguín, llegó a Ediciones La Luz. Allí editó e ilustró Traducción apócrifa, de Mailín Valdés.
«Me gusta decir que entré por la puerta ancha al mundo de la edición: tuve la oportunidad de trabajar en un proyecto que edité y que ilustré. Yo amo hacer libros, es mi vida. Por muy trabajoso que pueda volverse en un entorno tan hostil como el que estamos viviendo, hacer libros siempre va a ser mi combustible y mi razón de ser».
«Supongo que ha sido una bonita manera de homenajear todas las lecturas que me han acompañado durante mi vida, todo eso que he asimilado y ha estado en mí, porque el autor es siempre una sumatoria nueva de sus referentes».
Sus primeros poemas surgieron en diciembre de 2023. Para explicar aquel comienzo, retrocede a enero de 2022, cuando se mudó a la ciudad y empezó a vivir sola. Separarse de su familia, adaptarse a otro ambiente y afrontar la partida de amigos fueron experiencias que no comprendió emocionalmente de inmediato.
«Como a veces uno no vive al mismo tiempo que sus emociones, fue en ese diciembre cuando empecé a darme cuenta de la pérdida que había experimentado. Así comencé a escribir. No fui consciente de ese proceso en el momento; siento que vale la pena aclararlo».
No hubo una decisión de convertir la nostalgia en poemas ni una explicación que lo ordenara todo. «No fue que me sentía mal y dije: extraño mi casa, mi familia, mi ambiente, voy a escribir para asimilarlo. Fue un proceso más desgarrador desde dentro, más complejo. Yo no escribía, y eso lo complejizaba más, porque estaba la duda: ¿estará bien lo que estoy escribiendo?, ¿servirá para algo?».
Con Vaso con fresas obtuvo el premio Nuevas Voces de la Poesía 2024. Más que un cambio de identidad, aquel reconocimiento representó una confirmación. «Es el premio que siempre voy a recordar con más amor porque fue el primero que gané. Llegó a darme la primera validación oficial, esa confirmación de que mis textos sí le dicen algo al mundo. Siempre va a ser ese recordatorio amigable de que lo que hago vale la pena».
La familia que la acompañó entre lecturas también ha recibido sus premios. «Siempre me han apoyado muchísimo en todo lo que se me ha pasado por la cabeza. Si no fuera por mi familia, definitivamente no estaría donde estoy ahora. No puedo simplificarlo».
Con Vaso con fresas llegó el Premio Nuevas Voces de la Poesía 2024.
Una misma vara de rigor
La escritura encuentra lugar entre la edición, la ilustración y otras ocupaciones. No tiene una rutina continua: anota lo que llega para trabajarlo después, aunque a veces el poema aparece con una forma que apenas necesita desarrollar.
En ese proceso interviene la editora. Cuando afirma que el autor puede ser el peor enemigo de su obra, distingue entre la creación del texto y las decisiones necesarias para convertirlo en libro.
«El autor no siempre va a saber cuál es la mejor cubierta o la mejor estructura. Ahí nos toca trabajar a los editores, porque lo que tenemos en común con él es que queremos que el libro salga bien, que roce la excelencia».
A su escritura le aplica esa misma exigencia. «Como tengo esa dualidad de editora y escritora, me mido con la misma vara de rigor con la que mido a los autores. Me veo en la obligación de hacer un desdoblamiento, porque a veces al poema hay que condensarlo, no puedes abusar de los recursos. Esas cosas se incorporan con el oficio y aprendes a aplicarlas en tu propio proceso».
La pintura le permite probar otra salida cuando las palabras no bastan. Ha ilustrado sus poemas y ha escrito a partir de lo que pinta.
«A veces quiero escribir acerca de algo, pero lo que sale no me gusta, y digo: pues lo voy a pintar. Y lo que pinto sí funciona. También me ha pasado que lo que quiero pintar no me gusta al final y lo que escribo sí me satisface, sí siento que es lo que quería expresar».
No entiende esas ocupaciones como personalidades separadas. «No hay una Lorena editora, una Lorena poeta, una Lorena ilustradora o pintora: es la misma Lorena capaz de hacer todas esas cosas».
El libro al que regresó
Danza sobre el puñal tuvo antes otro nombre: Autorretrato con daga. Según cuenta, recibió mención en el Premio Calendario 2025 y permaneció un tiempo sin que lo enviara a otro concurso ni interviniera en sus páginas.
Para presentarlo al Portus Patris volvió sobre el conjunto. «Le cambié el título, lo reordené un poco, eliminé algunos textos que me disgustaban y coloqué otros que sí me satisfacían bastante. Recibir el fallo fue reconfortante, porque se le dio significación al libro donde están mis primeros textos. Fue la confirmación de que, aunque son mis primeros poemas, tenían desde entonces una fortaleza expresiva».
También valora el encuentro con otros creadores durante la jornada en Las Tunas, las lecturas, las presentaciones y las descargas de trova. Al reconocimiento le atribuye una responsabilidad con quienes lo recibieron antes.
«En cada premio que gano siempre concedo muchísima importancia, valor y reconocimiento a todas las personas que lo ganaron antes que yo. Eso implica respeto y una responsabilidad importante para con su obra».
Cuando habla de lo que sostiene su creación, reconoce tres elementos inseparables: cuerpo, memoria y resistencia.
«Todo lo que soy es lo que plasmo en el lienzo y en el papel. Yo no fuera yo sin este recipiente que habito y esta memoria que a su vez habita ese recipiente. Y la resistencia es mantener esa savia fluyendo, ese poder de seguir creando y escribiendo a pesar de los contratiempos».
De los tres, la memoria es el asidero al que vuelve con mayor insistencia. «Recurro mucho al pasado como raíz, como génesis, como inicio o nacimiento. Creo que cada persona es como es gracias a lo que ha heredado, a las enseñanzas que ha recibido, a esos intereses primigenios de la infancia, a las vivencias heredadas y las transmisiones generacionales».
Danza sobre el puñal, obra galardonada con el Premio Literario Portus Patris 2026, reúne sus primeros poemas. Fotos: Cortesía de la entrevistada
Lo que todavía no tiene forma
Desde su trabajo editorial, Lorena encuentra razones para confiar en la poesía joven cubana, aun en circunstancias que considera difíciles para la creación.
«He tenido la oportunidad de conocer y trabajar con tantos jóvenes poetas a los que incluso puedo llamar mis amigos. Me consta que la negatividad circundante ha sido incapaz de hacer mella en sus inquietudes poéticas».
No ve una voz única, sino búsquedas distintas. «El panorama está plagado de voces heterogéneas, con deseos diferentes y modos de decir diferentes, pero todas con esa chispa de existir y ser, de resistir».
Ella trabaja ahora en varios proyectos. El más adelantado tiene temática oriental y responde a intereses personales que quiere explorar sin abandonar las emociones que la llevaron a escribir.
«Le doy un giro distinto a mi poética. Los poemas tienen tintes un poco más preciosistas, son más elaborados, más detallados, quizá no con ese sentido tan directo que puede encontrarse en Danza sobre el puñal o Manual de flores tristes. Es un proyecto que estoy disfrutando mucho, no lo estoy apresurando».
No sabe cómo será su obra dentro de diez años. Tampoco quiere fijarle ahora lo que deberá decir. Espera escribir sobre aquello que entonces la mueva. A los libros ya escritos les desea un destino que no depende únicamente de ella.
«Simplemente espero que vuelen. Que lleguen a las manos adecuadas, a quienes quieran leerme y puedan conectar con mi literatura».
