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Lluvia de dudas en el Emirates Stadium

El Arsenal se enfrenta a una recta final de temporada plagada de dudas con dos grandes títulos en juego

Autor:

Ruben Darío García Caballero

En apenas un mes, el Arsenal ha pasado de rozar el cielo con la yema de los dedos a sentir el vértigo del vacío. En marzo, el equipo de Mikel Arteta era señalado como el conjunto del momento en Europa: líder invicto en la fase de liga de la Champions, firme puntero en la Premier, finalista de la Carabao Cup y vivo en la FA Cup. Los medios ingleses hablaban abiertamente de un posible triplete histórico. Hoy, a mediados de abril, el Emirates Stadium se ha convertido en un hervidero de preguntas sin respuesta.

La derrota por 1-2 ante el Bournemouth en la jornada 32 no solo costó puntos cruciales, sino que desnudó un problema que ya resulta inquietantemente familiar. Fue la cuarta derrota liguera de la temporada, y como tantas otras veces en la era Arteta, llegó precisamente en el mes donde se deciden los títulos. El aroma a déjà vu empieza a impregnar el norte de Londres.

El diagnóstico es tan evidente como doloroso: las lesiones han hecho metástasis en la plantilla. Bukayo Saka, Martin Odegaard, Jurrien Timber, Riccardo Calafiori y Mikel Merino se perdieron el duelo ante los Cherries por problemas físicos. Pero la enfermería no es un fenómeno aislado. Durante el último parón FIFA, hasta once futbolistas del Arsenal abandonaron sus concentraciones internacionales con distintas molestias, una situación que levantó suspicacias en Inglaterra y que el seleccionador Thomas Tuchel despachó con un irónico «no soy médico».

William Saliba arrastra problemas en el tobillo y Gabriel Magalhães, uno de los pilares defensivos, sufre molestias en la rodilla. Aunque Eberechi Eze regresó al once, su actuación fue intrascendente en un equipo que careció de velocidad y precisión en los momentos decisivos. Viktor Gyökeres, con 12 goles en liga, sostiene el ataque casi en solitario, mientras figuras como Saka apenas han sumado nueve tantos en todas las competiciones, una producción muy por debajo de lo esperado para un futbolista de su calibre. El Arsenal juega con el motor gripado.

Pero más allá de lo físico, hay un factor psicológico que empieza a pesar como una losa. El Arsenal ha llegado líder a estas alturas del campeonato en tres de las últimas cinco temporadas y en ninguna ha levantado el trofeo. En la 2022-23, desperdiciaron una ventaja de ocho puntos en una etapa avanzada. En la 2023-24, sumaron 89 puntos, una cifra que habría sido suficiente para ser campeón en casi cualquier otra campaña reciente, pero el Manchester City de Guardiola alcanzó los 91.

El patrón es tan nítido que asusta: los Gunners se desinflan sistemáticamente en la recta final, como si el peso de dos décadas sin ganar la Premier —no lo hacen desde la inolvidable temporada de los Invencibles en 2003-04— se volviera insoportable cuando el calendario aprieta. Las victorias se convierten en empates y los empates, en derrotas. Un ritmo alarmante que se repite con una precisión casi coreográfica.

Las matemáticas aún sonríen al Arsenal, pero la sonrisa es cada vez más forzada. Con 70 puntos en 32 jornadas, los londinenses mantienen el liderato con una ventaja que ronda los seis puntos sobre el Manchester City. El problema es que los Citizens tienen un partido pendiente, y si lo ganan, la diferencia se reduciría a apenas tres unidades. Diferencia que puede borrarse pronto, tan pronto como el domingo

Porqui ni siquiera el calendario ayuda: el 19 de abril espera una visita al Etihad Stadium que puede marcar un punto de inflexión definitivo. Y mientras tanto, el equipo debe gestionar las emociones de una eliminatoria de Champions ante el Sporting de Lisboa que los dejó con demasiadas inquietudes, y la resaca de la final perdida de la Carabao Cup. Arteta, que ha reconstruido al Arsenal desde los escombros hasta convertirlo en un aspirante creíble, se enfrenta ahora al mayor examen de su proyecto: demostrar que este equipo ha aprendido a cerrar los partidos y las temporadas.

La lluvia que empapa el Emirates Stadium estos días no es solo meteorológica. Es la lluvia fina de la duda, la que cala hasta los huesos de una afición que ha visto demasiadas veces cómo el castillo de naipes se derrumba cuando el viento sopla con más fuerza. Perder esta Premier League —la vigésimo segunda temporada consecutiva sin el título liguero— sería un golpe devastador para un proyecto que parecía haber alcanzado por fin la madurez competitiva.

Porque el Arsenal no solo está luchando contra el Manchester City, el Bournemouth o las lesiones. Está luchando contra sus propios fantasmas, contra esa tendencia casi patológica a desfallecer cuando la línea de meta se vislumbra en el horizonte. Los Gunners tienen aún el destino en sus manos, pero todo apunta a que se enfrentan a un panorama desfavorable.

Quedan seis jornadas. Seis finales. Seis oportunidades para que el Arsenal demuestre, de una vez por todas, que esta vez es diferente. O seis ocasiones para que la historia vuelva a repetirse y el Emirates Stadium se convierta, un abril más, en el escenario de otra gran decepción vestida de rojo y blanco.

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