El deporte es un mundo de detalles. Hay miedos, hay sueños. Están los temores que no se confiesan, tal vez al final. Están las soledades, incluso en las disciplinas por equipos. Esas soledades en la cuales las actuaciones dependen de ti y de nadie más. Son los momentos en los que te creces o te vuelves más pequeño. Donde lo das todo. Donde sale el entrenamiento, el fogueo o, sencillamente, el temple para sacar el extra ante un rival que está a tu altura o más alto que tú y, sin embargo, le ganas.
Pero dentro de ese mundo existe una variable muy precisa, tan vital, que sin ella el deporte no sería lo que es. Esas variables son los abrazos. Casi siempre ellos son inevitables. Surgen desde ese instinto natural, donde se liberan las tensiones acumuladas por las competencias. Traten de realizar un ejercicio mental y eliminen esa unión de cuerpos.
Sencillamente, sería imposible. El deporte, como otras tantas cosas, dejaría de ser lo que es. Quizá los abrazos sean una de las señales más claras de esa necesidad humana de apoyarnos entre todos, y que siempre está ahí; pero muchas veces -por arrogancia o ceguera- no se ven o no se quieren ver; algo que al final no es lo mismo, pero es igual.
A decir verdad, los abrazos son uno de los momentos donde se rompen las soledades. La campeona Marlies Mejías no puede evitarlos después de esas carreras en solitario, donde en la parte final aparecen los calambres en el cuerpo. Ella atraviesa la meta convertida en un bólido, con un grito de victoria, muchas veces con los brazos en alto y cuando se detiene aparece el abrazo de todos: el de su esposo, el de su niña y hasta el de los periodistas. Marlies no rechaza ninguno.
No obstante, hay un tipo de abrazo que no puede faltar. El abrazo entre el atleta y el entrenador. Es muy probable que no exista en este mundo de los deportes un abrazo más necesario, más urgente y vital que el de un preparador y su discípulo. Cuando este no ocurre, es una señal más que evidente de que algo no se halla bien.
Sin embargo, el abrazo entre el entrenador y el deportista tiene algo especial. Es una muestra de complicidad. De confianza. De sueños compartidos; pero también es un refugio. Con la victoria se convierte en el júbilo compartido. Pero con la derrota, y más cuando ha sido en buena línea, los abrazos adquieren algo especial. Se vuelven más necesarios.
En esos casos, ellos se convierten en un punto de apoyo. Es el instante del consuelo, de apartar la sensación de huérfanos que trae la derrota. Es el momento donde se está permitido que los sentimientos más íntimos afloren, pero sin llegar a convertirse en públicos, como sucede con las victorias. Es el espacio de los susurros. Donde el entrenador o la entrenadora dice algo bajito al oído. Un murmullo. Algo suave, pequeño. Algo de donde mañana saldrá lo que nadie imagina en ese instante: la grandeza del triunfo.
