Su suplencia contra Noruega podrá pasar a la historia como el último juego en el cual Cristiano Ronaldo se sentó en el banquillo de Portugal. Autor: Yahoo.com Publicado: 03/10/2026 | 08:46 am
Hay hombres que se van por la puerta grande, con honores, con lágrimas de gratitud y con el respeto de un país entero. Y luego está Cristiano Ronaldo. El miércoles por la noche, el capitán de Portugal, el máximo goleador histórico de su selección, el hombre que durante dos décadas fue el faro de un pueblo, abandonó la concentración en Copenhague como un niño enfurruñado que no soporta que le digan que ya no juega. Se subió a una camioneta negra de la Federación, puso rumbo al aeropuerto y pidió a su jet privado que viniera desde Madrid a recogerle. Mientras sus compañeros entrenaban, él ya volaba hacia casa.
El detonante fue una rueda de prensa. Jorge Jesus, el seleccionador que lleva tres partidos en el cargo, anunció que Cristiano no sería titular contra Dinamarca, como tampoco lo había sido ante Noruega. Y añadió una frase que debió de sonarle a blasfemia: «En este equipo, yo estoy al mando». A los 41 años, después de seis Mundiales y cinco Eurocopas, Cristiano sigue creyendo que el fútbol gira alrededor de su nombre. Que un entrenador se atreva a sentarlo en el banquillo, y que además lo diga en voz alta, es para él una traición. Su amigo Edu Aguirre, tertuliano de «El Chiringuito» lo confirmó sin pudor: «Se siente traicionado». Traicionado. Por un técnico que simplemente hace su trabajo.
Lo más bochornoso no fue la decisión, sino la forma. Cristiano no se despidió de sus compañeros. Según O Jogo, abandonó el hotel sin esperar el regreso de sus jugadores, sin dar la cara, sin un gesto de gratitud hacia los que durante años le han acompañado. Ni una palabra de aliento a los que se quedaban a jugar. Solo un comunicado en Instagram —«a su debido tiempo contaré la verdad»— que suena más a amenaza que a despedida. Mientras tanto, Jorge Jesus y el presidente de la Federación, Pedro Proença, corrieron al aeropuerto para intentar convencerle de que se quedara. No atendió a razones. El capitán había decidido que su orgullo valía más que su equipo.
Y encima, la pataleta tiene consecuencias. El reglamento disciplinario de la Federación Portuguesa establece que cualquier jugador que abandone la concentración sin justificación puede ser suspendido de uno a seis meses. Es decir, Cristiano no solo le ha dado la espalda a Jorge Jesus: le ha dado la espalda a Portugal, a sus compañeros y a la institución que le ha encumbrado durante veinte años.
Y lo más triste es que todo esto era evitable. Cristiano tuvo la oportunidad de marcharse como una leyenda. Después de la Eurocopa de 2016, del Mundial 2026, de 146 goles y 220 internacionalidades, podía haber elegido un partido de homenaje en Alvalade, con la grada rendida, con los niños gritando su nombre, con un adiós digno de un rey. En lugar de eso, se ha ido por la puerta de atrás, en un vuelo nocturno, dejando a 24 compañeros plantados en Copenhague y una federación en crisis. «Una despedida triste», tituló A Bola. «CR7 le da la espalda a la selección», escribió O Jogo. Los portugueses, mientras tanto, se dividen entre la gratitud por lo vivido y la vergüenza por lo sucedido.
El bicho no tiene quien le escriba. Y no es porque le falten biógrafos, sino porque ya nadie quiere contarle la verdad a la cara. Que a los 41 años, después de haberlo ganado todo, siga confundiendo liderazgo con capricho, compromiso con egoísmo. Que prefiera abandonar el barco antes de aceptar que ya no es el protagonista. Que se marche dejando un comunicado vacío, una promesa de revelaciones que solo buscan justificarse. Cristiano Ronaldo se ha ido de Portugal como se van los que no saben perder: con la cabeza alta y el corazón pequeño.
Su legado, el de los goles, los títulos y las noches de gloria, queda intacto. Pero su despedida, esa que debía ser eterna, será recordada como lo que fue: una huida. Y por primera vez en veinte años, el nombre de Cristiano Ronaldo ya no suena a victoria. Suena a lástima.
