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Cuando el talento no basta

El grequista habanero llegó al Campeo­nato Mundial de luchas en Astaná, Kazajistán, con un solo evento internacional en 2026 —hace cinco meses— y recuperado de un dengue que le frustró su participación en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Santo Domingo

Autor:

Javier Rodríguez Perera

Las imágenes las repito una y otra vez en mi cabeza. A modo de bucle, sí. Eso pasa cuando uno tiene poco a lo que aferrarse. Repaso a un Luis Alberto Orta (67 kg) como es, barbudo, más bajo que yo, un tanto desaliñado su pelo, musculoso, con el nombre de su hija tatuado en su brazo izquierdo… Camina buscando el borde amarillo del círculo de uno de los colchones del Barys Arena de Astaná. Hace un gesto raro, grita algo, se golpea fuerte el pecho con la derecha, otro gesto raro con ambas manos.

Sigue agitando sus manos durante siete segundos. No más. Son dos ademanes que denotan festejo, alegría, éxito. Casi al centro del colchón, el árbitro iraní Mohammad Mosalaeipour le levanta el brazo derecho en clara señal de triunfo. Un abrazo fugaz con el armenio Slavik Galstyan, que pareció más protocolo que otra cosa. Galstyan está abatido, segunda vez que pierde ante el cubano por una medalla de bronce en un certamen élite. Camina rígido, cabizbajo, un poco lento; Orta corre suave, saluda a una jueza y acelera ligeramente la carrera para lograr un bello giro en el aire que cierra sobre el colchón su ritual victorioso.

El grequista habanero llegó al Campeo­nato Mundial de luchas en Astaná, Kazajistán, con un solo evento internacional en 2026 —hace cinco meses— y recuperado de un dengue que le frustró su participación en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Santo Domingo. A pesar de eso, recordó en la urbe kazaja que no ha dejado de pertenecer a la élite universal de su división y que su fibra de luchador resiste los problemas reales más grandes.

Este sábado concluyó para Cuba el Mundial de luchas y la presea de bronce de Luis Alberto Orta fue el único metal de nuestro país. Muy curioso, porque en la anterior edición, en Zagreb 2025, Cuba terminó con el tercer escaño de Milaimis Marín como única presea. O sea, el libreto fue idéntico.

La Mayor de las Antillas inscribió a nueve luchadores en la justa universal de Astaná, pero el santiaguero Gabriel Rosillo (97 kg), ya en la sede, no pudo competir por presentar un cuadro febril, lo que significó un cubo de agua helada para las aspiraciones del equipo antillano.

Más allá del desempeño de Orta, lo logrado por el resto del conjunto cabe en un par de líneas. Los grequistas Kevin de Armas (63 kg) y Daniel Gregorich (87 kg) no pasaron de sus combates iniciales, lo mismo sucedió con Greili Bencosme (50 kg), Yaynelis Sanz (55 kg) y Marín (76 kg) —las tres cayeron por amplia diferencia—, mientras los libristas Arturo Silot (97 kg) y Giannis Garzón (74 kg) cedieron en sus segundas peleas ante medallistas mundiales y olímpicos. Eso sí, Garzón y Silot perdieron tras brillantes demostraciones.

A diferencia de otras ocasiones, he leído y he escuchado pocos ataques al equipo cubano por esta actuación. Casi todas las opiniones pasan por una verdad como un templo: este año ha sido especialmente complejo para la lucha antillana en cuanto a fogueo internacional. Basta con saber que todos los miembros de la delegación arribaron al Mundial con una o dos competiciones, siempre en nuestro continente y con rivales de nuestro continente. Además, todos realizaron en Cuba la preparación con vistas a la lid universal y en el último tramo solo Gregorich y Silot aprovecharon una base de entrenamiento en Austria, y Rosillo y Orta se concentraron en Kirguistán.

José Mario Olivera, jefe técnico del estilo grecorromano, durante una entrevista evaluó de mala la preparación, entre otras cuestiones porque los atletas no pudieron descansar como exige el alto rendimiento. Eso sin contar que debieron esperar competir en el Campeonato Mundial para enfrentar por primera vez en 2026 a gladiadores de naciones potencias en esta disciplina.

De los ocho antillanos concursantes en Astaná, cinco cuentan con preseas en campeonatos mundiales, ya sea de mayores o de categorías inferiores. O sea, que el talento está ahí, pero urge chocar con los mejores, porque, evidentemente, con el talento no alcanza.

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