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Peligro de expansión de guerra revanchista israelí

El sorpresivo ataque de Hamás a Israel en la profundidad de su territorio marcó una derrota de alcance estratégico a su capacidad de disuasión y el miedo de la gente a su presunta superioridad militar en toda la región de Oriente Medio

Autor:

Leonel Nodal

SOLO los perdedores buscan la revancha. Ese es el principio dominante visible de la operación de tierra arrasada emprendida contra Gaza por el Gobierno del primer ministerio israelí Benjamín Netanyahu. Una venganza aterradora, que borre la humillación sufrida por el hasta un día antes considerado uno de los ejércitos más poderosos del planeta. Una supremacía regional alcanzada gracias al respaldo financiero de más de 3 000 millones de dólares anuales donados por Estados Unidos, que lo apertrecha con lo último y más novedoso de sus arsenales.

El indiscriminado bombardeo aéreo de los primeros 20 días sobre zonas densamente pobladas de Gaza, con más de 10 000 toneladas de bombas, arrojadas por una aviación de última generación, sin rivales en el aire o defensas antiaéreas efectivas, revela el más absoluto desprecio al derecho internacional y a las más mínimas reglas humanitarias en tiempo de guerra

Aún así, el estigma de la ignominia sigue ahí, latente. Analistas militares, como Daniel Lindley, califican de «colosal fallo de inteligencia» la debacle del 7 de octubre, una impactante derrota.

Todavía los analistas se interrogan «cómo pudieron varios cientos de combatientes de la resistencia palestina invadir múltiples puestos avanzados del ejército israelí, capturar una base militar, destruir tanques y matar a innumerables soldados justo en una de las zonas más patrulladas que controla Israel».

Algunos de los videos más compartidos en las redes sociales, recordó Lindley, fueron los de combatientes de Hamás tomando el control de la base militar de Nahal Oz.

Esa es la humillación que los líderes del Estado sionista intentan borrar ahora. Por eso resulta evidente el afán de «causar daños masivos», infundir miedo a las naciones vecinas donde residen decenas de miles de refugiados palestinos y ya se registran masivas marchas-protestas de la población en solidaridad con la causa palestina.

Semejante operación tiene una alta dosis de castigo ejemplarizante, como advertencia a quien se atreva a intervenir para impedir el genocidio y la limpieza étnica en curso.

A los masivos bombardeos de exterminio en Gaza se han sumado en los últimos días ataques aéreos y con misiles a los aeropuertos de Damasco y Alepo en Siria, en lo que llaman acciones preventivas de posibles suministros de armamento para Hamás procedentes de Irán, un pretexto y una seria amenaza para la región.

En la práctica, Estados Unidos se ha involucrado cada día más con el despliegue de dos portaviones, buques de guerra, baterías de cohetes antiaéreos y la movilización y puesta en estado de alerta de soldados y marines.

Además del apoyo logístico, político, diplomático y financiero —con la promesa de un paquete de ayuda extraordinario a Israel por más de 30 000 millones de dólares—, Washington despachó a Israel un general de tres estrellas y decenas de asesores para que auxilien al ejército israelí en la preparación y ejecución de una invasión terrestre a Gaza que pudiera tener efectos devastadores.

En la práctica, la frontera sur de Líbano se ha vuelto de nuevo escenario de una confrontación creciente entre tropas israelíes y efectivos del movimiento político militar Hezbolá desplegadas en la zona, donde ya se registran muertos, heridos y varios miles de residentes desplazados.

Funcionarios estadounidenses alimentan los trascendidos acerca de las preocupaciones de la Casa Blanca sobre una ampliación descontrolada del conflicto, lo que atribuyen a una eventual intervención de Irán en apoyo a sus aliados en la región, en particular Hezbolá en Líbano, así como organizaciones islámicas en Iraq y Siria, así como en Yemen, que repudian la presencia de bases militares de Washington en sus países.

En una aparición el domingo último en el programa This Week de la cadena ABC, el secretario de Defensa, Lloyd Austin, advirtió sobre la «perspectiva de una escalada significativa de ataques contra nuestras tropas y nuestro pueblo en toda la región».

Por su parte, el ministro de Economía de Israel, Nir Barkat, declaraba ese mismo día al diario The Mail de Londres que si Hezbolá se une a la guerra, «no solo tomaremos represalias en esos frentes, sino que iremos a la cabeza de la serpiente, que es Irán».

Otros trascendidos en el diario The New York Times afirman que la Casa Blanca cree que Israel «tendría dificultades en una guerra en dos frentes y que tal conflicto podría atraer tanto a Estados Unidos como a Irán, el principal partidario de Hezbolá».

Tres semanas después de iniciada la despiadada operación de tierra arrasada emprendida por Israel, la anunciada ofensiva terrestre seguía siendo retrasada, a la espera de los suministros bélicos procedentes de Estados Unidos para Israel y el despliegue de hombres y armamento norteamericano en varios lugares de la zona, según el Pentágono, para «disuadir a Hezbolá y a Irán», a los que se quiere presentar como potenciales agresores, cuando es evidente que los únicos intrusos en estos territorios son los efectivos norteamericanos instalados en bases de Irak y Siria, donde fomentan el robo del petróleo de ese país para el financiamiento de milicias a su servicio.

El nerviosismo de Washington y Tel Aviv se hizo evidente a mediados de semana al conocerse la reunión sostenida en el Líbano por el máximo dirigente de Hezbolá, Hassan Nasallah, con el jefe de la Jihad Islámica palestina, Ziad Nahleh, y el jefe adjunto del Buró Político de Hamás, Zalehn al Arouri, quienes discutieron cómo debía actuar el «eje de Resistencia» constituido por esas organizaciones para lograr una «victoria real», según dijeron medios próximos al encuentro.

Por otra parte, reportes basados en fuentes bien emplazadas al interior de la Casa Blanca coincidieron en resaltar en los influyentes Financial Times de Londres y The New York Times, que la administración Biden no está convencida de que una invasión terrestre a Gaza tenga éxito y le de la oportunidad al Gobierno de Netanyahu de poner orden en el territorio palestino, al día siguiente de lo que se supone sea una masacre de enormes dimensiones.

En otros términos, Washington sabe que Israel puede hacer más de lo mismo, seguir matando civiles, pero sin la posibilidad de conseguir un vuelco total de la situación a su favor.

Lo cierto es que la intervención directa de Estados Unidos en la desigual guerra con Hamás, que según observadores en la región mantiene intacto el grueso de sus efectivos y mandos, evidencia las limitaciones de Israel para una guerra contra una fuerza de resistencia popular a la que tendrán que enfrentar metro por metro, bajo los escombros.

Y tan sombrío panorama deja abierta una interrogante crucial para la supervivencia del Gobierno del primer ministro Benjamín Netanyahu: ¿Cuál será el destino de los 222 rehenes o prisioneros, civiles y militares, en poder de Hamás? ¿Cómo piensa devolverlos sanos y salvos a casa?

Tampoco queda claro qué hacer después de la destrucción total de las viviendas de más de la mitad de la población palestina de Gaza, la infraestructura hospitalaria y el desplazamiento de más de un millón de seres humanos hacia una región donde no hay alimentos, medicina, energía ni agua.

Por su parte, el secretario general de la ONU António Guterres, tras repetir su condena de los ataques a Israel del 7 de octubre destacó la importancia de reconocer que «los ataques de Hamás no surgieron de la nada. El pueblo palestino ha sido sometido a 56 años de ocupación asfixiante. Han visto sus tierras constantemente devoradas por los asentamientos y plagadas de violencia; su economía asfixiada; su gente fue desplazada y sus hogares demolidos. Sus esperanzas de una solución política a su difícil situación se han ido desvaneciendo».

La posición de Guterres despertó la ira del Gobierno de Israel, que lo declaró «persona no grata» y demandó su destitución del cargo al frente de las Naciones Unidas. 

Una expresión de impotencia ante la súbita pérdida de prestigio del Gobierno sionista, a la que intenta dar un vuelco mediante una peligrosa extensión de la guerra, con el amparo de Estados Unidos.

 

 

 

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