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Mientras más sanciones, más lejos; mientras más lejos…

Las nuevas presiones comerciales de EE. UU. sobre Brasil pudieran seguir acercando a ese país a China

Autor:

Marina Menéndez Quintero

PESE al desgobierno que el desconocimiento de la ley ha impuesto en el mundo, una vez más la vida pudiera demostrar que las políticas de fuerza, contradictoriamente, fortalecen a sus víctimas pese al daño que le infligen.

En medio de muchas actitudes de postración, destaca la postura de naciones que pese a estar en boga el alineamiento con los poderosos, mantienen sus posiciones.

Ese pudiera ser el caso de Brasil, que por mantenerlas, sufre desde hace un día una nueva andanada de aranceles elevados por la Casa Blanca a muchos de los productos que vende en Estados Unidos.

Veinticinco por ciento de incremento en los impuestos por entrar a los mercados estadounidenses, no es un castigo menor para la empresa brasileña. Esta vez, va a cuenta de presuntas prácticas comerciales «desleales» que, según las autoridades estadounidenses, están afectando a sus productores y se refieren básicamente a un sistema de pagos que Brasil asegura es inocuo.

Pero no debe descartarse que no sea el único motivo. Ni siquiera, el motivo real. De hecho, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva fue acusado de no negociar las políticas comerciales con Washington «de buena fe», lo que el mandatario sudamericano ha desmentido.

Pero lo cierto es que la política brasileña no se aviene en mucho a los intereses de Washington, y no solo en la arena internacional con su presencia en uno de los polos emergentes de más prestigio, que hasta ahora iba viento en popa poniendo traspiés a la unipolaridad: el grupo Brics.

Además, Brasil ha seguido su propio itinerario en materia política y judicial doméstica. La firmeza en juzgar los delitos cometidos por el expresidente Jair Bolsonaro, finalmente condenado a 27 años por su implicación en un intento de golpe de Estado, tiene que haber caído muy mal en EE. UU.

Las sanciones, que llegaron al mismísimo magistrado que atendió la causa, Alexandre de Moraes, no han faltado.

Pero, además, importa el contexto. No puede olvidarse que Brasil está acercándose a las elecciones presidenciales previstas en octubre, y que las encuestas favorecen a Lula frente al hijo de Bolsonaro que descuella como candidato opositor —Flavio—, en una eventual segunda vuelta.

El mismo aspirante derechista ha dicho temer que la elevación de los aranceles, lejos de restar simpatías a Luis Inácio Lula da Silva, las incremente, y pidió hace dos semanas al presidente Donald Trump que no implementara ahora la medida porque podría resultar peor...

Pero pudo ser una jugada de engaño. Lo cierto es que el plan puesto en marcha por el Gobierno del PT, como señalan algunos, ha evitado —hasta el cierre de estas líneas—, una confrontación fuerte como habría sido aplicar a Estados Unidos la muy nueva ley brasileña de Reciprocidad Comercial.

Sin embargo, ha anunciado la puesta en vigor de un plan de auxilio y estímulo a sus productores, ascendente a un total de 18 500 millones de reales brasileños. El plan, con el elocuente nombre de Brasil Soberano, no solo los protegerá. Además, busca seguir abriéndoles mercados.

Ello pudiera beneficiar a una nación cuyo desarrollo industrial y su incrementada presencia en América Latina la ha convertido en enemigo de la actual administración estadounidense, como lo fue de la anterior.

¿Qué tal si precisamente China, uno de los motivos de la escalada posesiva de Estados Unidos en la región, es nuevamente la beneficiada con este nuevo gardeo a presión?

La posibilidad se siente más cierta cuando se conoce que en el primer semestre de este año, el intercambio comercial entre Brasil y China alcanzó máximos históricos que lo llevaron a un incremento del 22 por ciento interanual, «impulsado por factores geopolíticos globales y cambios arancelarios que aceleraron los flujos de energía, agroindustria y tecnología automotriz», según el informe elaborado por Consejo Empresarial Brasil-China.

Ello consolidó al gigante asiático como principal socio comercial de Brasil, receptor de exportaciones procedentes del país carioca que equivalían a 58 300 millones de dólares, y al 31,6 por ciento de todas sus exportaciones, casi el triple de lo que se vendió en EE. UU., con una balanza comercial positiva para Brasil, mientras que en las transacciones en el país del norte, las ganancias brasileñas se siguen quedando cortas.

Si la medida fuera de carácter netamente comercial, tal vez Washington debiera repensarlo bien. Si el motivo es intervenir en los comicios presidenciales de octubre para sellar con Brasil el giro latinoamericano a la derecha, es el electorado brasileño quien debiera ponerse alerta.

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