A paso lento, en perfecta sinergia, sobre el suelo árido del desierto de Gobi pasan uno tras otro los camellos con sus «caravaneros» a cuestas. Autor: Raciel Guanche Ledesma Publicado: 28/09/2026 | 01:27 pm
Dunhuang, China.— A paso lento sobre el suelo árido del desierto de Gobi pasan uno tras otro los camellos con sus «caravaneros» a cuestas. Andan en perfecta sinergia, aunque ya no van montados en sus jorobas esos viejos comerciantes que emprendían una ruta ardua de más de 6 400 kilómetros para conectar a China, Asia Central y el mundo mediterráneo.
Ahora viajan turistas, gente venida de todos lados, pero que solo buscan captar en sus cámaras el recuerdo de lo que un día fue uno de los principales pasos comerciales del mundo. Los actuales pasajeros tampoco llevan atuendos ni productos exóticos; los rodea, eso sí, el enigma de la historia.
El desierto de Gobi esconde tanto pasado de dinastías, intercambio entre civilizaciones y amistad como piedras finas contiene su arena. Las Grutas de Mogao, por ejemplo, eran una parada obligatoria en el trayecto de la Ruta de la Seda hace unos mil años atrás; se consideraba un punto logístico, espiritual y estratégico en ese tiempo. Estos templos budistas en el corazón del árido trayecto fueron, incluso, un sitio sagrado de la geografía china.

Foto: Raciel Guanche Ledezma
Todavía en la actualidad, declarado Patrimonio de la Humanidad, uno puede imaginarse —al llegar hasta aquí, por la dimensión de los dibujos y las estatuas originales que preservan sus cuevas— cómo los comerciantes de la época superaban ataviados en sus camellos el sofocante calor y rendían culto a la deidad budista.
Aquella ruta de desiertos y azahares fue, tal vez, la primera que tejió entre civilizaciones un canal recíproco y justo del comercio. La voluntad se imponía al cansancio y a cualquier tipo de diferencias. Bajo el sol penetrante de Gobi, donde cuesta caminar sin que se hundan los pies en la cálida arena, incluso para los camellos, el antiguo trayecto se piensa lento, eterno.

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Y sí, lo era. Trasladar un producto desde el extremo Este de China hasta las costas europeas del Mediterráneo podía tardar, como promedio, entre dos o tres años. Hoy el visitante que llega a Dunhuang, una especie de ciudad oasis en medio de Gobi, sube a los camellos, hace un breve recorrido por las dunas y luego baja para que monten otros. Así funcionaba la antigua ruta, como una carrera resistente de relevos.
Pero 500 años después de haberse cerrado el antiguo camino por la dinastía Ming, la modernidad lo ha abierto a prisa; de hecho, a una velocidad impensable hace pocas décadas. Ya las mercancías y grandes producciones no viajan sobre los resistentes cuadrúpedos, sino en trenes de probada rapidez que bordean ese desierto kilométrico donde confluyen pasado y presente.
El milenario trayecto que inició sobre camellos se ha convertido hoy en la Franja y Ruta de la Seda, una iniciativa china que se expande también por los océanos. En esas aguas que conectan continentes, Cuba se honra con haber sido uno de los primeros países latinoamericanos en adherirse a esta ruta ya universal que cruza hoy a prisa desiertos, mares y carreteras.

Foto: Raciel Guanche Ledezma
