Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Isla

Autor:

Reinaldo Cedeño Pineda

¿Cuál es tu lugar favorito de esta Isla alargada como una flecha curva, de estos cayos apretados bajo un fuego ancestral, cobijados bajo el nombre de Cuba? ¿Dónde hallar el rincón luminoso, la senda más querida? ¿Qué mano artera quiere hundir el cuchillo en el polvo donde descansa mi madre? ¿Quién extravió las palabras, qué alarido se esconde en las tinieblas?

«Los poetas no son seres normales», me confesó una vez Jesús Cos Causse, el Quijote Negro. Ellos no entienden la vida, la reinventan. Nos han legado sus cantos y sus lunas, sus huracanes íntimos, sus silentes batallas. Ellos nos acompañan con su universo inusitado, bautizando el aire, corriendo el horizonte.

Aquel Virgilio, irreverente, noctámbulo, maldito, que cargó la Isla en peso con Electra Garrigó, que miró por el envés en las tardes rojizas como «un pueblo se hace y se deshace dejando los testimonios: / un velorio, un guateque, una mano, un crimen, / revueltos, confundidos, fundidos en la resaca perpetua, / haciendo leves saludos, enseñando los dientes, golpeando sus riñones (…) sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes, / más abajo, más abajo, y el mar picando en sus espaldas».

Amante de Charlot, Fina nuestra, tú que le decías a Cuba, que le susurrabas «loca mía, desvarío suave»; tú que tenías a la Isla como hija, venga a nos tu consejo amoroso de madre: «óyeme, no te vayas detrás de esos extraños como una provinciana ilusionada por un actor de paso que la deslumbra con trajes gastados de teatro, acuérdate de la portada azul con lomerío atrás (…) no te vayas detrás de esos extraños, que cuando abras los ojos ya te habrán secado el alma».

Hay una crónica de viaje a la que acudo una, otra vez. Ella nunca me falla, nunca me falta. En Un verano en Tenerife de Dulce María Loynaz, hay un mirar desde la fábula, desde la médula, como «mirto y laurel entrelazados». Un calado sutil que nos entrega, lo mismo el espinazo de las rocas arrasadas por los vientos, que la sangre espesa del árbol dragón. Una isleña hablando de islas, es una cosa seria:

«Como yo soy criatura de Isla, acontéceme que pienso mucho en ellas. Creo auscultarles el corazón y percibir el angustiado soplo de la víscera. Creo saber más de su intimidad, de su naturaleza singular, que aquellos que les miden cabos, montes o puertos (…). La mía, sobre todo, la tengo como un pájaro exquisito que nunca toco sin un miedo oscuro de quebrarle las alas (…) de las islas no se despide nadie para siempre, ni ellas se despiden del misterio». 

Hay una tarde sostenida, una tarde y un poeta. No se me van sus ojos claros. El guantanamero Ernesto Víctor Matute me habló de sus versos, de su vida, de sus desasimientos. Era el poeta del elogio a su Isla antillana y lo escuché solo para mí. Tal vez nada hay más sencillo ni más rotundo: «Ni la abandono, ni la insulto, ni la vendo. /Traigo mi Isla debajo del brazo/ Y a nadie se la entrego. /¡Quién ha visto que un hombre con orgullo/ quiera vender un cocodrilo verde!».

Hay nostalgias sin consuelo. Lloró cuando lo contacté: «¡Mi gorda, mi gorda querida!», me dijo, en un tono que solo un hijo sabe. Pura del Prado (1932-1996) vivió en Cuba y vivió en Florida, «entre angustias y dicha dividida». Besó a su Isla incesantemente desde todas las orillas, y descansa, por decisión expresa, en su Santiago de Cuba. Su poesía tiene el espasmo de un músculo largo tiempo tenso y la clarividencia de una profecía:

«La Isla estará siempre invictamente viva, /aunque faltemos, /sobrevivirá a los derrumbes históricos (…) /Es bueno que así sea. /Consuela pensar que al paso de los siglos /la tierra estará allí chorreando espumas, /bajo los nimbos de orlas mandarinas/ con su verde inviolable,
/los dedos de las palmas arañando/ el cordaje del viento cuando llueve. /Y ojalá que se llame siempre Cuba
».

Como hija y como madre, cual misterio invendible; como ala sin quebradura, como perpetua ola. Que la poesía y los poetas nos acompañen, nos guarden en la Isla, ahora que una mano artera quiere hundir el cuchillo donde descansa mi madre.

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