Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Matojo y la educación familiar

Autor:

Liudmila Peña Herrera

«No le hagas caso a lo que dice esa vieja», le dice el padre y le premia con dos palmadas en el hombro, con la plena convicción de que el hijo no es tan fiero como lo pinta la profesora. «Exageraciones de quien no tiene problemas de los que ocuparse», piensa y da por resuelto el problemilla, sin valorar la posibilidad de llamarla por teléfono o llegarse hasta la escuela. Y pasa el tiempo y pasa sin que el padre sepa si de verdad la profe es tan «vieja», si tiene razones para tantas quejas o su hijo es un verdadero «santito».

«Bah, yo no hago caso a lo que dice esa vieja», repite este Matojo adolescente de carne y hueso, mientras se saca la camisa por fuera, se baja el pantalón, exhibe los calzoncillos y entre un desmán y otro se va achicando en medio del aula, entre el resto de sus compañeros que miran la pizarra.

Y el padre tiene claro que Matojo está en buenas manos, «porque la Educación cubana es el mayor logro de la Revolución, y mi hijo sí va a ser ingeniero o médico: él tiene pa’ eso y pa’ mucho más».

Pero cuando se desplomen los sueños que —no hay que dudar— el mismo Matojo adolescente tuvo antes de las dos palmadas en el hombro como premio a la indisciplina y la irreverencia, cuando haya tantas marcas de desdicha en la piel del joven que habrá de parecer un viejo, Matojo y su padre empezarán a pasar la culpa, esa carga pesada que tanto disgusta sostener, cual papa caliente, entre aquella profesora, el director, Educación y hasta la madre ausente, porque «pobrecito, Matojo es hijo de padres divorciados».

Y lo que no sabe el padre —quizá nunca llegue a entenderlo— es que Matojo no nació con el tronco torcido: era apenas un retoño ávido de ser guiado hacia la luz, cuando el padre le regaló la aprobación y el insulto, erróneas armas para enfrentar su equivocación.

Tal vez muchos lectores tomen a mal que esté hablando de lo malo cuando tanto tenemos que celebrar los cubanos por la dicha de contar con una educación gratuita y segura (con manchas, como toda obra humana, y motivo sin dudas para otro comentario). Pero no es mal agüero ni exageración hacer notar lo corregible: desde el mismo primer día de clases, entre tanto uniforme nuevo y alegría por el conocimiento a conquistar, presencié la llegada tardía de muchos estudiantes (de varias enseñanzas), el uniforme «a la moda de los desarrapados», la burla y la desatención hacia sus maestros… Este es el motivo por el cual insisto en el papel de la familia en un proceso tan importante —de hecho, el más importante— dentro de la formación de niños y adolescentes.

«El uso del uniforme escolar, la asistencia y puntualidad, el estudio independiente, bla bla bla…», piensan muchos padres porque «molesta la misma cantaleta todos los años». Y es lógico que entre tantos trajines y cálculos económicos hogareños los ánimos se tensen, pero la cuerda no puede romperse justo donde comienza la educación de nuestros hijos.

¿Me creerían si les digo que una madre pretendía comprarle un short a su hija, estudiante de primaria, en vez de la saya asignada, para que fuera más cómoda a la escuela? ¿Pensarán que exagero si afirmo que muchos padres no saben siquiera cómo es la caligrafía de sus hijos?

Que me perdone Matojo por tomarlo de ejemplo: ojalá quienes se sientan identificados no reaccionen como otro personaje famoso que, ante cualquier alerta, respondía: «¡Bah, me tiene sin cuida’o!».

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