Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Nos morimos por vivir

Autor:

Alina Perera Robbio

«Corremos el riesgo de creer que no hay salidas». La expresión, a propósito de que los cubanos estemos situados frente a un mapa de tremendos retos, forma parte del discurso pronunciado por Miguel Díaz-Canel Bermúdez, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, durante la clausura de la Tercera Sesión Extraordinaria de la 9na. Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, el 13 de abril de 2019.

Para describir las complejidades de ese mapa, el Jefe de Estado citó en su intervención una idea que el General de Ejército Raúl Castro Ruz, Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba, compartió el pasado 10 de abril, en ocasión de proclamarse nuestra nueva Carta Magna:

«Hemos venido alertando sobre la conducta agresiva que el Gobierno estadounidense ha desatado contra la región de América Latina y el Caribe. Lo hace en nombre de la Doctrina Monroe, con un arrogante desprecio macartista hacia el socialismo, la libre determinación y los derechos soberanos de los pueblos de la región», afirmó Raúl.

Inmediatamente después de la cita, Díaz-Canel denunció que «a todas luces se busca estrechar el cerco contra la soberanía cubana, recrudeciendo el bloqueo y en especial la persecución financiera. Se obstaculizan los créditos y los financiamientos de terceras naciones por presiones de Estados Unidos; mientras internamente aún arrastramos los fardos de la ineficiencia administrativa, la mentalidad importadora, la falta de ahorro y los insuficientes ingresos por exportaciones, entre otros males de los que no podemos excluir las manifestaciones de corrupción y las ilegalidades, inaceptables hoy, como siempre, en la Revolución».

Desde luego que el mandatario también ha hecho alusión a los antídotos con los cuales enfrentar la crudeza del momento. Son diversos conceptos que hemos escuchado con nitidez en estos tiempos y en los que tenemos el deber patriótico de enfrascarnos por ese concepto cardinal de que la Revolución tenemos que hacerla entre todos.

Ahora que el adversario histórico aprieta más las clavijas —porque eso de la continuidad no estaba en sus pronósticos, porque la Era post-Castro y su consiguiente amnesia nunca llegó—, debemos hurgar, como nunca, en nuestras propias reservas; y entender que solo desde la serenidad, el humanismo y el sentido de la unidad podremos seguir adelante en un planeta que, según los agoreros del apocalipsis, anda patas arribas.

Vuelve entre cubanos, a quienes nunca ha abandonado el «síndrome del fin del mundo» (ese «corre que se acaba…»), la marcada incertidumbre por los días de crisis y por lo que pueda sobrevenir.

En verdad eso que conocemos como «período especial» —concepto fidelista de la resistencia y la creación, que no de la parálisis—, no ha llegado a su fin. Ha tenido momentos agudos pero no ha sido superado. De modo que la crisis no nos asusta: la Historia, como ha dicho el Presidente cubano, «tiene algo que decirnos». Y añade Díaz-Canel: «Fidel, Raúl, Almeida, Camilo, Che, la generación de nuestros padres y abuelos, enfrentaron, con menos experiencia e incluso menos recursos, momentos más graves y oscuros. Y salieron victoriosos».

Entre nosotros la resistencia no es numantina consigna, ni fatídica resignación. Es la derivación consecuente de la firmeza de un pueblo que se niega a retrotraer la historia vivida, el umbral traspasado de la justicia social por primera vez. Es como el ser o no ser de Hamlet frente a su destino. En 1959 la dignidad, develada ante millones de seres como cuando se sale de una cueva al sol quemante, no es fortuna falsa que alguien pueda desmantelarnos: fue una conquista irreversible, a lo profundo, que el enemigo no comprende ni nos perdona.

Los hijos de Cuba estamos muy entrenados en sortear peligros y dificultades. Tenemos un doctorado de sobrevivencias y esperanzas en carne y sangre. No será posible —triste noticia para los tanques pensantes del imperio— reducirnos a la traición y el travestismo político, aun cuando la soga apriete más el cuello. Nosotros, que nos morimos por vivir, presagiamos, como el poeta, que nadie se va a morir, menos ahora.

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