Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Dar la cara sin miedo

Autor:

Nelson García Santos

Hubo un alcalde en un municipio de la antigua provincia de Las Villas que prácticamente se había eternizado en ese codiciado cargo ante los ojos de unos aterrorizados adversarios, desesperados por tener también la sartén por el mango. ¡No había quien le ganara en las urnas!

Por ahí anda una foto histórica, banquete incluido, sobre una inusual reunión para esa época de la década de los 40, protagonizada por los líderes locales de los partidos políticos rivales para ir con un solo candidato a las elecciones, a ver si al fin lo tumbaban.

Aquel alcalde, que describen como modesto y honrado —excepciones siempre hay—, ejercía sostenidamente el diálogo con la gente en la calle. Era su modo vital de desempeñar el cargo, de tomarle el pulso a la realidad y popularizar su filosofía.

En realidad, en estos tiempos hay muchísimos que obran así, porque es la única manera de no ser sorprendido por lo que resulta vox populi… pero hay responsables administrativos, e incluso de Gobierno, que no acaban de aplicar con sistematicidad y rigor ese mano a mano cotidiano, inherente a sus funciones de servidores públicos.

De ahí la reiteración de las máximas autoridades del país de que todos los dirigentes de la comunidad y del municipio estén en la calle, resolviendo problemas del pueblo con la sensibilidad que ello demanda.

De lo que se trata, ni más ni menos, es de colocar en la cúspide esa atención a la gente, que «en muchas ocasiones en las estructuras institucionales se relega a planos secundarios», como ha argumentado el Jefe del Gobierno cubano.

Ocurre, a pesar del ejemplo diáfano que están plasmando el Presidente de la República, el Primer Ministro y otros dirigentes nacionales. ¿Acaso no se han percatado de que llegó la hora de salir de la oficina y no depender solo de informes, en los que muchas veces se matiza la realidad para «no preocupar al jefe ?».

Con ese atracón sistemático de irrealidades y verdades solo a medias terminan, lógicamente, embarcados y refunfuñando cuando la vida les pasa la cuenta, aunque a algunos de estos personajes les llega tarde el ajuste o les tiran un salvavidas con una permuta para otro puesto. ¡Increíble!, pero cierto.

Muchos responsables administrativos y de Gobierno eluden el diálogo con la gente, preocupados al parecer porque solo quieren escuchar loas. O les faltan arrestos para asumir un debate que no sea con sus complacientes subordinados. O, peor todavía, se sienten por encima de los demás.

Todavía —¡miren que han repicado las campanas!— desconocen que «no puede haber miedo a dar la cara», como ha enfatizado el Primer Ministro. Y este cambio de concepción pasa por dedicarle más tiempo al barrio que a la oficina, al verbo de la tribuna de la calle que al informe, y dejar de cocinarse en su misma salsa.

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