Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Martí y los dilemas de hoy

Autor:

Fabio E. Fernández Batista*

José Martí se erige como referente ético-político ineludible de cara a los retos que enfrenta la nación en su contemporaneidad. El pensamiento del Apóstol arroja luz sobre dilemas de la Cuba de hoy, sin que ello lleve a afirmar de forma mecánica que en él están todas las respuestas. De hecho, uno de los aportes significativos del ideario martiano es la apuesta permanente por el ejercicio creador que conecta con las circunstancias concretas en que se vive.

En Martí hallamos la convergencia fecunda entre soberanía nacional y justicia social como metas a alcanzar si se aspira a la plenitud del país y su pueblo. A lo largo de su trayectoria intelectual, defendió sin ambages la necesidad de garantizar la independencia absoluta como marco para la manifestación de la dignidad plena de los ciudadanos. En él la tarea de la emancipación no quedó segmentada, sino que se vertebró como proyecto abarcador de vocación sistémica.

El Maestro constituye, asimismo, eje articulador de la idea de unidad como condición indispensable para alcanzar los propósitos liberadores que nos mueven. Empero, no fue el suyo un proyecto unitario, ajeno al debate y los conflictos. En el fragor del esfuerzo anticolonial, postuló la necesidad de conformar un frente amplio en pos de los objetivos trazados, mas siempre desde el ejercicio de la crítica y ajeno a inflexibles lógicas verticalistas que más temprano que tarde se muestran infecundas.

Tampoco encontraremos en su pensamiento la asunción de la unidad absoluta y sin matices. Martí siempre tuvo clara la potencial existencia de fuerzas y actores que se inhibirían de participar en la lucha por la justicia abrazada por las grandes mayorías: por eso el «todos» martiano tenía límites.

Se habla en estos días con asiduidad de colonialismo cultural. Frente a la homogenización que emana de un mundo cada vez más global y asimétrico, en el que los centros de poder dictan pautas que llegan hasta los espacios más íntimos de la vida individual, resulta imprescindible generar anticuerpos, barreras que permitan a los pueblos resistir desde la autenticidad de sus culturas.

En esa batalla Martí es un aliado de primera, pues en su obra se manifiestan en simultáneo el canto en defensa de la singularidad de lo que somos, la impugnación a las doctrinas que buscan convencernos de nuestra inferioridad y la crítica al modelo civilizatorio que quiere presentarse como paradigma exclusivo.

Dialogar con Martí resultará siempre un provechoso aprendizaje. Como sociedad debemos volver a él una y otra vez. Ahora bien, ese retorno necesita, para ser verdaderamente eficiente, anclar en fórmulas ajenas a la repetición sin vida, al esquema, a lo trillado.

Urge volver al propio Martí, a sus palabras y a las de sus mejores exégetas; esos que no buscaron convertir su ideario en catecismo, sino que entendieron que la tarea estaba en sugerir rutas posibles para un lector que, a la larga, deberá encontrar por sí mismo sus propios caminos.

La patria vive hoy días difíciles. La feroz agresión externa, las turbulencias mundiales y lo mucho que no hemos hecho bien nosotros mismos, modelan un escenario en el que males como la frustración, la apatía y el desarraigo cobran vida. Es urgente el renacer patriótico, el despegue con vigor de la esperanza, la cristalización de sueños pospuestos y añorados.

En esa batalla colosal que ha de ir de los discursos a la práctica toca insertar a Martí como acicate, como incitación a actuar, como paladín de las causas nobles que nos mueven, como permanente portador del ejercicio vigoroso de la crítica. La Cuba mejor que toca construir necesita, no hay espacio para la duda, la solidez que emana del ideario martiano.

 

*Doctor en Ciencias Históricas y profesor del Departamento de Historia de la Universidad de La Habana.

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