Los cubanos han sabido llevar su duelo con honor, sí, con honor y dolor. No se escuchó este lunes una voz alta, una melodía estridente en ningún lugar de esta Isla que sabe la valía de sus hijos. La bandera a media asta no es solo símbolo de luto oficial, es la certeza de que el país siente en lo más hondo una tristeza absoluta por los caídos.
Primero fue el anuncio al despertar: «Estados Unidos bombardeó Venezuela y secuestraron a Maduro y a Cilia». Las imágenes devastadoras de La Guaira, Aragua, Fuerte Tiuna y La Carlota provocaban impotencia y preocupación; los cientos de venezolanos en las calles pidiendo una fe de vida, apretaban el alma.
Entonces vinieron los mensajes de los amigos que permanecen allá salvando vidas, educando, en proyectos y colaboraciones. Hasta que alguien dijo el domingo en el estadio pinareño Capitán San Luis: «Dicen que un muchacho de Consolación del Sur falleció en Venezuela, que ya lo sabe la familia».
Luego otro amigo lo confirmaba vía telefónica y, unas horas después, en el NTV se daba a conocer la Declaración del Gobierno Revolucionario: «Como resultado del criminal ataque perpetrado por el Gobierno de los Estados Unidos contra la hermana República Bolivariana de Venezuela, perdieron la vida en acciones combativas 32 cubanos, quienes cumplían misiones en representación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y el Ministerio del Interior, a solicitud de órganos homólogos del país sudamericano».
La noticia fue como un zarpazo, una estocada. Como una película pasaron por la mente las vidas truncadas de los hijos, los padres, los hermanos, los esposos, que en muestra ferviente de valentía mantuvieron el compromiso inquebrantable con la paz.
Duele saber o imaginar que quizá al filo de la medianoche hablaron con sus hijos y prometieron a las esposas escribir a diario y regresar pronto, o que se trazaron un futuro promisorio en las FAR o en el Minint porque tenían principios y condiciones para ello.
Duele ver las fotos en redes sociales y que luego alguien dé un golpe en la mesa y diga «¡Coño, si es el hijo de Yoel!», y entonces uno tiene unos deseos tremendos de abrazar al padre como para que sepa que sigue teniendo muchos hijos, aunque al suyo le hayan arrancado la vida.
Y duele ver las fotos de los muchachos granmenses llenos de lozanía, jóvenes, fuertes, que en medio de las inundaciones estuvieron pendientes de la familia y de la crecida de los ríos tras el paso del ciclón a pesar de la distancia porque allí se sentían también como en casa.
No hubo ingenuidad en sus decisiones, hubo seguridad, hubo hidalguía, disposición, entereza, y eso no quiere decir que estuvieran preparados para la muerte. ¿Acaso alguien lo está? No importa ahora lo que digan las redes tóxicas, los odiadores. Son cubanos y aquí el dolor ajeno es propio y cala profundo como si uno los conociera desde siempre.
Honor y gloria a esos que ya no están. Amor para sus seres queridos, y un hombro, el tuyo, el mío, el de muchos para sostenerlos ahora que se quiebra el alma y abre el pecho, al saber que sus hijos lo dieron todo por lo que creían más justo.