Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

A Cuba en la hora precisa

Autor:

Raciel Guanche Ledesma

Hay gente camaleónica que mudan la piel en los tiempos duros, en esos instantes de definiciones más allá de estériles bandos o ideologías. Hay quienes se retractan cuando los cánticos de plomo dictan otro destino «inminente» o cuando la vida se encierra en un cerco fortificado de amenazas.

Es fácil tender una mano en los buenos momentos; pero lo difícil es ser coherente con ese principio de bondad en todas las épocas y bajo cualquier estrecho de vicisitudes. Con Cuba hoy ha pasado exactamente así: están los que se retiran con el aplomo de los obedientes, y aquellos farsantes que solo vindican su postura de acuerdo con la marea que sale delirante desde el norte.

Pero tal vez debí comenzar estas líneas por los imprescindibles, los amigos verdaderos que, en muchos casos, no llegan a esta Isla a título de un partido político, sino por amor incondicional a su pueblo. Me refiero a esos hombres y mujeres que sostienen a expensas del fuego mediático la idea más pura que une a los pueblos: la solidaridad que se palpa con hechos.

Dicen que la historia es tan cíclica como evidente y esclarecedora. A la Revolución Cubana han intentado aislarla desde su mismo nacimiento, apartarla de toda lógica internacional para luego otorgarle descaradamente el crédito del ostracismo y la penuria.

El «carapálida» que nos acosa actúa con tal bajeza que, sin remordimiento, también apunta a quienes se atreven a abrazar nuestro suelo, a ayudarnos. A ellos los instigan y menosprecian, como si el estigma pudiera partir en dos tanta bondad y nobleza.

Romper los muros de la asfixia recrudecida que ejerce hoy el Gobierno estadounidense contra Cuba significa un acto de profunda lealtad. Lo hemos visto en estas jornadas con el Convoy Nuestra América, cuando más de 650 visitantes de 33 países han desembarcado por todas las vías posibles en la Mayor de las Antillas. «No hay otra causa más justa que defender ahora que a Cuba», nos comentó este sábado un matrimonio colombiano que, con su niña de meses en brazos, mostraba el rostro humano y cálido de la hermandad.

Pero existe un mensaje de mayor calado dentro de los miembros del Convoy. Son los rostros jóvenes que, entre amigos permanentes, se perciben numerosos a cada instante. Algunos, incluso, llegan por vez primera a nuestro país motivados por el ejemplo y las ideas que predica este archipiélago, «construyendo los puentes que el imperio no puede destruir».

Mientras unos se retiran u otros traicionan su propia conciencia, y hasta se apartan del camino para ser simples espectadores de un crimen; la amistad verdadera se empina. Por fortuna quedan los leales, los pueblos irreverentes para decir con hechos, una vez más, que la fidelísima Cuba no campea sola ni a la deriva en medio del mar.

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