El parque de mi pueblo ya no vibra con gritos y carreras infantiles como antes. Hoy solo habitan ecos mustios, aceras rotas, restos de periódicos y alguna que otra lata aplastada. Pero entre ese abandono, como un faro oxidado que se niega a apagarse, aparece cada mañana la misma silueta: Rosa, esa mujer que desde hace más de 20 años empuja su carrito hasta el mismo banco.
Todos conocen de memoria su rutina: llega puntualmente a las 7:00, coloca su mercancía a lo largo del asiento: de un lado las confituras, en el medio los artículos de aseo y en el otro extremo, los cigarros. Nunca se confunde. El banco es su cafetería y comienza la jornada con la misma frase: «¡Compren que ya casi me voy!», aunque saben que solo se irá cuando caiga la noche.
Suele decir que va todos los días porque «hay que luchar la comida», pero mientras la observo revisar una y otra vez que todo tenga el precio correcto, sé que en el fondo su mirada solo intenta evadir la verdadera razón por la que ha convertido el parque en su hogar durante tantos años.
Al conversar con ella, el tema principal termina siendo el mismo: sus hijos. El mayor, Rafael, se fue para España por una beca; ahora es doctor en una clínica privada en Madrid, pero solo le alcanza para enviarle algún paquete una vez al mes. Laura, la menor, se enamoró en la universidad de un canadiense, abandonó la carrera y se marchó con él a los pocos meses de casarse. Nunca la llama. Hace un tiempo se enteró de que es abuela porque lo vio en Facebook.
Tiene las manos llenas de arrugas. Su rostro permanece sombrío a menos que alguien la salude; entonces surge una enorme sonrisa de sus labios, y su cuerpo delata una evidente fragilidad. Ya no recuerda la última vez que cocinó para la familia, ahora se conforma con el pan diario y los alimentos de la cuota. Rafael hace dos meses no le envía ningún paquete.
Su historia denota una de las realidades que padecen las familias cubanas desde que la migración se volvió algo cotidiano. Es el reflejo de una sociedad que se compone de familias incompletas, recuerdos por WhatsApp y vidas que, desde aquel último abrazo en el aeropuerto, no vuelven a ser las mismas. Hace cinco años también perdió a su esposo. Solo le quedan las personas del parque.
Por eso siempre se sienta en el mismo sitio. No por marcar un lugar donde vender su mercancía y buscarse el sustento, sino para que la noten con facilidad, para que todo el que pueda hable un rato con ella o simplemente esté a su lado buscando compañía. Lo más parecido que tiene a una familia son ellos.
La última vez que la vi, antes de irse del parque, les regaló unos caramelos a dos niños. Ellos, en agradecimiento, cargaron su carrito y la acompañaron hasta su casa mientras contaban historias de la escuela y ella reía por sus ocurrencias infantiles. Por un instante, el parque parecía recobrar esa energía de antaño.
Ayer el banco permaneció vacío todo el día. Nadie supo explicar qué sucedió, simplemente Rosa no volvió. Sus vecinos y amigos más cercanos comenzaron a correr la voz más tarde, pero nadie quiso creer lo que en verdad había ocurrido: Rosa falleció en la soledad de su casa. La hallaron con una fotografía de sus hijos entre las manos, como si quisiera abrazarlos por última vez a través del retrato.
Ahora, cuando paso frente a aquel banco vacío, entiendo que Rosa no murió de vejez ni de enfermedad, murió de olvido. Ninguna videollamada puede compensar una caricia y ningún paquete sustituye una tarde de compañía. Porque al final, lo que realmente importa es no permitir que quienes nos dieron todo se marchen de este mundo sin el único lujo que siempre merecieron: saberse amados hasta el último instante.