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¿Quién sanciona al más criminal y elitista complejo militar industrial del mundo?

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Mientras los manipuladores, promotores del intervencionismo y el sometimiento de los pueblos a los poderosos intentan dividir a los cubanos y embaucar al mundo con el carácter diabólico y elitista del Grupo de Administración Empresarial (GAE) en Cuba, el Complejo Militar Industrial (CMI) de Estados Unidos acrecienta su rastro de muerte y destrucción internacional, de espaldas a los desposeídos y olvidados en el país más rico del mundo.

El CMI es el entramado que integra al Departamento de Defensa, las industrias armamentísticas privadas y actores políticos que se benefician, mientras más elevados los gastos militares y más elevado el dolor de este mundo acribillado de inequidades y miserias.

Su responsabilidad en guerras y masacres está ante los ojos impotentes de la humanidad. Todos los dedos acusadores apuntan hoy contra un complejo de entidades que protege a un país pobre, bloqueado y amenazado de agresión y en el mismo momento que ello ocurre los halcones siguen en sus andadas de presión para mantener conflictos (como en Medio Oriente o Ucrania) o intervenciones militares que causan víctimas civiles, o verdaderos genocidios como los del pueblo palestino, en pos de ganancias económicas y geopolíticas.

Son muchos los que denuncian en Estados Unidos el desvío masivo de recursos hacia gastos de guerras (más de 800 000 millones de dólares anuales), lo cual limita la inversión en salud, educación y bienestar social, por lo que su efecto es indirectamente perjudicial para los más vulnerables.

Hasta organizaciones como la Oficina de Presupuesto del Congreso de aquella nación han mostrado que reducir el gasto militar liberaría fondos para programas sociales, pero la poderosa influencia del CMI y la sed de rapiña que lo acompaña lo hace imposible.

Las voces contra ese peso de la industria de la muerte vienen hasta desde lugares y figuras insospechados. En 1961, nada menos que el presidente Eisenhower hablaba del peligro de esa colusión entre las fuerzas armadas y las corporaciones que los militares contratan para saciar sus ansias guerreristas.

El periodista panameño Sergio Muñoz Bata, del rotativo La Prensa, señaló el contraste del primer presupuesto que Donald Trump mandó al congreso Republicano, en el que destacan el aumento al gasto para los militares y su disminución en los programas de sanidad que benefician a los pobres, a la educación, al medio ambiente, a la investigación científica y al arte.

El colega se pregunta ¿Por qué? y a la vez se responde: Aparentemente, porque Trump quiere «comenzar a ganar guerras otra vez». Bata hace un recorrido por las aventuras que más costaron a la soberanía de los pueblos de la región en los últimos años.

«En 1983, por ejemplo, 90 000 ciudadanos granadinos vieron cómo 6 000 soldados estadounidenses invadían su pequeña isla caribeña, destruían el aeropuerto de Port Salines, junto a la capital Saint George, y cambiaban el gobierno electo democráticamente. El pretexto fue salvar 800 estadounidenses que estudiaban en la isla, aunque el 90 por ciento de estos declararon no haber solicitado ni deseado ser rescatados.

Seis años después, prosigue, George H. W. Bush ordenó una invasión militar a Panamá para arrestar al dictador Manuel Noriega, empleado de la CIA y posteriormente acusado de narcotráfico. Después de destruir el barrio de El Chorrillo y matar un número indeterminado de panameños, los militares estadounidenses utilizaron música heavy metal, a todo volumen durante tres días, para convencer al general a salir de su escondrijo en la Nunciatura papal.

El periodista continúa con su descripción, que pasa por otras guerras ganadas o perdidas, las más importantes en esa última categoría para Estados Unidos, y vuelve a interrogarse: ¿Por qué si Estados Unidos es el país con el mayor poderío militar del mundo y desde la Segunda Guerra Mundial cuenta con el mayor presupuesto militar, solo gana guerritas y pierde las grandes?

Evidentemente, se contesta, no es por falta de dinero. En 2015, por ejemplo, el gasto militar mundial fue de 1,6 billones de dólares, de los cuales Estados Unidos representaba el 37 por ciento del total. Dicho de otra forma, el gasto militar estadounidense es mayor al gasto combinado de los siete países que le siguen: China, Arabia Saudí, Rusia, Reino Unido, India y Japón.

El periodista istmeño recurre a las valoraciones del coronel retirado del ejército estadounidense Andrew Bacevich, para quien la respuesta tiene dos vertientes. Una de ella, señala, es mercantilista. ¿Quién es el principal beneficiario del gasto militar? El «complejo militar-industrial» del que previno el presidente Dwight Eisenhower en 1961.

«Para los contratistas el terrorismo significa negocio y el negocio es bueno», dice Bacevich. Los contratos de una sola compañía Lockheed Martin con el Pentágono valen más de lo que el Gobierno federal otorga en subvenciones a 11 estados de la unión americana. En 2016, por ejemplo, la venta de armamentos alcanzó los 33,6 mil millones de dólares.

«Bacevich dice que parte del problema es que Estados Unidos no sabe cómo combatir la guerra de guerrillas, mientras que otros atribuyen el fracaso a la reticencia de los estadounidenses a mandar a sus hijos a morir en guerras en territorio extranjero sin razón clara y aparente. El problema, queda claro, ni es la falta de armamentos ni se resuelve dándole más dinero al «Complejo Industrial Militar».

Así que en el mismo momento en que el Complejo Militar yanqui se prepara o alista para la próxima masacre —que si nos guiamos por los alardes y ofensas de sus políticos podría ser Cuba— los grandes monopolios mediáticos y las mezquinas campañas en redes satanizan —al son de las sanciones y tropelías imperiales— a la estructura económica de las Fuerzas Armadas Revolucionarias que nació, obligada por las circunstancias, para defender militar, económica y socialmente a un Archipiélago que nunca causó muerte o dolor al mundo y se prodigó en más solidaridad humanista que la que tal vez podría brindar por su riqueza y territorio.

¿Acaso no tiene derecho a forjar mecanismos de defensa un país que ya fue intervenido militarmente por Estados Unidos, frustrando años de lucha por la independencia, que luego se vio convertido en neocolonia bajo una enmienda vergonzante, y que librado de toda tutela no ha podido vivir un solo día de paz y de sosiego y se vio precisado a concebir una concepción militar única frente a todo tipo de agresión?

El satanizado GAE cubano, como todo lo que la Revolución fundó para bien de su pueblo, deberá tener transformaciones y cambios, como lo hace en general el proyecto socialista, para responder a los postulados renovadores que se aprobaron en la Constitución de 2019 hacia un Estado Socialista de Derecho y de Justicia Social, cuya redacción estuvo liderada por Raúl Castro Ruz, el líder a quien se pretende manchar junto a una de sus creaciones, pero es absolutamente hipócrita y tergiversador la campaña emprendida en su contra. Al emprenderla contra el GAE no hacen más que buscar debilitar una columna de la defensa legítima de Cuba.

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