Un drama viejo con aristas nuevas ha copado en estos días los titulares en muchas partes del mundo, descontando los espacios dedicados a la embestida rusa en el conflicto con Ucrania, y al hueso duro de roer en que se ha convertido Irán para Estados Unidos.
Ceuta y los 60 000 marroquíes que de un día para el otro irrumpieron ilegalmente en ese territorio español, acapararon la atención y despertaron distintas reacciones y puntos de vista.
El suceso, sin embargo, tiene nacimiento en solo una causa. La migración es un fenómeno inherente a la humanidad tan antiguo como el desarrollo de la navegación, pues desde que el hombre se pudo mover, se movió.
Solo que irse a otro país es una decisión incrementada por un mal que también se ha convertido en algo consustancial a la evolución… o a la involución del hombre: la pobreza y la desigualdad que relegan al Sur frente a la industrialización del Norte y mantienen la brecha entre ambos lados, una zanja que se ahonda por azotes como las deudas externas, los conflictos bélicos y, ¡ojo!, las políticas de fuerza que precisamente quienes desprecian a los que huyen de tanto padecer, materializan en sanciones.
Cualquiera puede decir que eso lo ha escuchado ya. Es cierto, resulta un dilema tan antiguo que debiera dar vergüenza, se intensifica agrava en los últimos tiempos de tanto culto al egoísmo y a la xenofobia.
Hay, de cualquier forma, matices nuevos, como la satanización de los migrantes que se ha ido imponiendo con la entronización desde hace algún tiempo de grupos de ultraderecha en Europa, y la llegada de partidos de ese bando al poder… algo que no ocurre únicamente en el Viejo Continente.
Esos sentires han hecho que el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, más que ayudas –aunque no le han faltado gestos de solidaridad frente a lo que resultó para España un verdadero dolor de cabeza- le hayan sobrado inmerecidas críticas por la decisión ejemplar que había adoptado antes, de regularizar a los migrantes que están ilegales en el territorio nacional y tienen las condiciones para realizar los trámites.
Los enemigos de «los extranjeros» y socios de la manipulación aprovecharon lo que pudo ser una debacle, para hacer su agosto colocando al Jefe de Estado español en el papel de chivo expiatorio por el «mal ejemplo» de andarle abriendo las puertas a los antes llamados despectivamente “sudacas”, y hasta ha sido blanco de los que debieron resultar insoportables discursos aleccionadores pronunciados una vez más desde la Casa Blanca.
Todo ello ha propiciado que el analista que hay en muchos hombres y mujeres comunes interesados en lo que ocurre en el planeta, haya sugerido en algún caso que la avalancha que se precipitó sobre Ceuta fue el resultado de una celada sobre el Gobierno español, un ejecutivo que, además, ha destacado por su actitud firme en el rechazo a la agresión israelí sobre el pueblo palestino, y que tampoco se ha plegado a la andanada de Washington y Tel Aviv contra Teherán.
¿Quién lo prueba? ¿Quién lo niega?
La mayoría de los indocumentados que habían copado las calles de Ceuta y sumaban poco menos de los escasos habitantes que tiene esa localidad, regresaron casi de inmediato luego de rápidas conversaciones entre los ejecutivos de Marruecos y de España.
El asunto parece resuelto, pero pudiera repetirse allí o en otro lugar... Las reflexiones no debieran quedar ahogadas en el tintero.