A poco de la aprobación del mayor proceso de reformas emprendido en Cuba desde 1959, uno de los grandes retos para el país parece seguir siendo el famoso cambio de mentalidad, algo que no resuelven los decretos, por más evolucionados que parezcan.
Fidel Castro duerme vencido por el cansancio mientras varios jóvenes lo rodean con la curiosidad alegre de quienes descubren que el héroe también cierra los ojos. En otras fotografías come con campesinos, monta a caballo en una cooperativa, se toma un helado, alimenta a un elefante en Nueva York o improvisa, con un par de cucharas, el baile de Alicia Alonso. No aparece en esas escenas una carga al machete ni una columna guerrillera avanzando sobre la montaña. Hay algo políticamente más difícil de fabricar: familiaridad. El dirigente deja por un instante la tribuna y entra en la vida común. La cámara lo vuelve próximo sin reducir su estatura histórica.
La anécdota es repetida en los cuarteles militares y, aunque nunca se comprobó claramente su certeza, siempre quedó como un dibujo nítido del peso de la Cuba seudorrepublicana en el escenario mundial.
Duerme. Duerme esta ciudad monocromática, el lugar donde el hoy, el mañana y el presente se funden en las grandes preguntas de estos tiempos. Miro el reloj, ya son las 12 y el tiempo que se escurre a cuentagotas me hace pensar en la Cuba que soñamos más allá de las quimeras.
¿Cuáles son los aportes de Fidel como líder mundial del siglo XX? ¿Qué características lo hicieron el líder mundial que fue? Sus aportes fueron muchos y muy trascendentes. Marcó de manera definitiva la historia de Nuestra América y de todo el Sur. Y marcó la segunda mitad del siglo XX y también lo que va de este siglo XXI como un símbolo extraordinario de dignidad y grandeza moral, humanista y revolucionaria. Su mensaje llegó de un modo u otro a toda la gente honesta de este planeta, que se ha negado a aceptar el reinado del Dios Dinero, la infamia cotidiana, la exclusión, la injusticia, la lógica competitiva y cruel del capitalismo.
Era yo un estudiante universitario que vivía, como tantos cubanos, aquel verano convulso, cuando unas imágenes tremendas llegaron a mis ojos para impactarme, hasta el sol de hoy. Corrían los tiempos de alumbrones, como ahora, en los que, por la crudeza del período especial, ni siquiera podíamos saber las noticias emanadas de la radio o la televisión.
Siempre soñé con hacerle una entrevista mayor a Fidel, más allá de las jerarquías. Una indagación de su personalidad que lo apeara de las urgencias políticas y los pedestales infranqueables. Una conversación mundana con el ser humano que sostiene esa leyenda rebelde. Un escarceo de preguntas y respuestas que pudiera disfrutarse hasta dentro de 5 000 años, si es que para entonces la humanidad no hubiese derivado en polvo cósmico.
Nací a finales del siglo XX, en los difíciles años del período especial. Tras el derrumbe del campo socialista soviético nos habíamos quedado solos, con las herramientas gastadas de un país que intentaba mantenerse en pie mientras aprendía a caminar sobre los escombros.
Allí, en sus modestas plazas, en casas de cultura o cines, en ranchones con taburetes, en los salones de reuniones de la empresa más fuerte del municipio, recibe cada año su título la gente valiosa de las zonas más intrincadas de esta geografía.
Sencillos, muchas veces acompañados de sus hijos, peinando canas y, a veces, disimulando arrugas, sorprende saber que durante cinco años estos graduados viajaban desde fi...
Hemos vivido todas las décadas de nuestras vidas oteando el futuro. El futuro nunca se cansó de llamarnos. Silvio Rodríguez nos convidó a creerle cuando lo invocaba. El futuro siempre se nos presentó como la instancia de consagración por excelencia: el espacio temporal donde cobrarían forma todas las «utopías» que nunca (o casi) dejaron de serlo.