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Mujeres cubanas, los retos de la migración

Los movimientos migratorios suman nuevas cargas a las mujeres, tanto las que quedan a cargo de sacar adelante a la familia, como las que viajan como estrategia de prosperidad

Autor:

Juventud Rebelde

Mi hogar está donde late mi corazón.

          Plinio el Viejo (comandante naval del antiguo imperio romano).

 

 

 

Más de medio millón de mujeres en edad reproductiva emigraron de Cuba el lustro pasado, sobre todo, con edades entre 18 y 30 años, cifra significativa en un país con bajas tasas de fecundidad sostenidas por más de medio siglo.

Ensayos publicados por el Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de La Habana (Cedem), resaltan el impacto de esos movimientos, durante este cuarto de siglo, en la vida de la nación, no solo por su efecto macrosocial evidente (hijos que no nacerán en el país y empleos que no serán cubiertos), sino también por los cambios en las dinámicas hogareñas y la sobrecarga sicológica y logística de quienes quedaron atrás.
La migración (también la interna, hacia la capital y otras zonas de desarrollo) transforma las estructuras familiares y coloca muchas responsabilidades sobre los hombros de las mujeres, tanto las que parten buscando nuevas fuentes de recursos, como las que sostienen la dura cotidianidad en este Archipiélago, ratificó una investigación de la Facultad de Comunicación de La Habana, citada, en días recientes, por el Servicio de Noticias de la Mujer de Latinoamérica y el Caribe (SEMlac).

El estudio hizo hincapié en la redistribución de roles de quienes quedan atrás, realidad que constatamos cotidianamente en nuestros barrios: mujeres que emprenden de manera informal con fondos que provee quien viaja, abuelas o tías al cuidado de menores de sus parientes, adolescentes y adultos mayores que quedan solos y con el tiempo necesitan atención de personas ajenas, cuyo servicio paga quien marchó…

Mientras se adapta al nuevo cauce, quien asume la tarea de garantizar el día a día enfrenta retos complejos, incluso desde lo legal, con la esperanza de una prosperidad familiar que puede o no llegar a la vuelta de algunos años.

Allende el mar

Quien parte tampoco lo tiene fácil, ni en lo económico ni en lo emocional, pues debe aprender a sobrevivir en un ecosistema social muy diferente al que siempre conoció y sopesar sus actos en función de una responsabilidad multiplicada: quiere avanzar en planes personales (estudio, empleo, vivienda, recursos, hobbies…) y, a la vez, aliviar la situación familiar, sobre todo, en circunstancias agravadas (alguien enferma, los niños crecen, un desastre natural).

Cuando la decisión de partir implica, además distanciarse de la pareja, también se afectan su salud sexual y las decisiones reproductivas, ya sea porque deciden esperar el reencuentro o porque el exceso de tareas los lleva a descuidar las consultas necesarias, sobre todo, si es mujer.

Otro factor que destacan las investigaciones es el juego de poder que surge en estas familias: quien envía dinero o recursos suele tomar decisiones que no siempre son objetivas. Su criterio está sesgado por el nivel de comunicación, los afectos, los intereses y los planes a largo plazo. Las necesidades inmediatas del hogar, reales o sentidas, le van quedando más lejanas, y, en no pocos casos, esgrime el valor de su «sacrificio» para pedir cuentas o cuestionar gastos.

«Mi hija no viajaba a Cuba desde antes de la pandemia y por mucho que intenté explicarle la situación no entendía por qué la remesa habitual no me alcanzaba para cuidar de sus gemelos y su sobrina», contó a JR una maestra jubilada espirituana. «Cuando vino este fin de año lloramos mucho; ella vio mi realidad, pero también me habló con claridad de la suya: la crisis también tiene revuelta a Europa y la agencia turística en que trabaja ha perdido ingresos, la vida es más cara, su salud no es buena y cada euro que manda lo valora más».

Lo que callan las remesas

¿Cuántos malestares que no se atreven a revelar enfrentan las migrantes? Preguntamos a lectoras en tal situación y sus historias coinciden en algunos puntos, sobre todo, la soledad emocional, extrañar a la pareja que quedó en Cuba o vivir sin placer erótico, porque no se atreven experimentar con extraños en un lugar donde se saben vulnerables.

Las más jóvenes toman riesgos porque aspiran a más, y algunas hicieron cálculos arriesgados, como convivir con desconocidos para compartir renta o parir (con o sin compañero de crianza) para garantizar su estatus en el país de destino.  

Muchas hablan de sobrecarga de trabajo en puestos que no son de su gusto, y cuando no tienen residencia aceptan empleos inseguros y de baja remuneración: únicos a su alcance para ahorrar de sus gastos y ayudar a los suyos cuanto antes.

Una de las testimoniantes habló desde el dolor de dejar a su madre de 87 años sola en Manzanillo, mientras ella cuida con todo lujo de dos viejos en Mallorca. «Vine detrás de mi hijo, pero acá la vida es diferente y él no tiene tiempo para mí. En cuanto ahorre, para recuperar mi casa, regreso. Esta es la peor decisión de mi vida y no quiero que sea irreversible».

El artículo de SEMLac resume otros peligros conocidos en las rutas irregulares de migración, como la violencia sexual y la trata de personas, pero, incluso, quienes viajan por vías seguras y con planes académicos ponen en su balanza de futuro el compromiso con la supervivencia familiar.

De un modo u otro, todas mantienen sus raíces, y, en no pocos casos, se asocian a comunidades cubanas, para dar a sus descendientes la oportunidad de mantener tradiciones y practicar el idioma, o para contribuir con gestos solidarios que beneficien a sus pueblos y comunidades de origen.

Entre sus estrategias varias contemplan el retorno. Ya sea para recuperar a la pareja, cuidar de sus viejos o vivir su propio ocaso, ellas destinan parte de sus ingresos a ese fin y agradecen la flexibilidad en las leyes para ello.

«Sé que el tema está en la mira del Estado y me alegro porque yo no me veo después de jubilada en un asilo de este país, sino en una finca del campo cubano, jugando dominó con mis amigas y criando canarios», detalló una lectora que vive en Texas desde hace tres décadas: «Tengo una prima de la misma edad a cargo de ese proyecto y hasta un enamorado virtual: un antiguo novio del pueblo, ¿qué más puedo pedir?».

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