A gozar y a sufrir

Los pobladores de Manatí, en Las Tunas, celebraron sus merecidos Carnavales del 12 al 14 de junio, después de muchos esfuerzos. Los disfrutaron por todo lo alto, pero hubo quien los sufrió hasta lo indecible.

Miguel Carracedo, quien vive en Frank País 114, entre Alberto Olivares y José Santiago Ercilla, en esa localidad, cuenta que frente a su casa se instaló una carpa para la venta de cerveza en CUC, con un moderno equipo de música, propio de una discoteca, con diez potentes altavoces y efectos de luces.

Previendo lo que significaría para su padre de 81 años, minusválido por una trombosis, con demencia senil y padecimientos cardiacos y de hipertensión, un día antes de las fiestas Miguel le rogó a funcionarios del Gobierno municipal que se trasladara la carpa para un sitio idóneo, alejado de la vecindad. Pero la carpa no se movió ni un milímetro.

Miguel relata lo que soportaron esos días: «El ruido era infernal. Las paredes, reconstruidas con madera vieja, vibraban. Y los vasos que estaban en un estante tintineaban como en un sismo. Mi padre lloraba y nos recriminaba por tener esos equipos dentro de la casa. Las lagunas de su cerebro no le permitían comprender que los mismos estaban afuera. Durante esos días, estuvo muy alterado, permanentemente irritado, y le subió la presión».

Lo otro era la impune desconsideración de quienes, ebrios de cerveza, se encimaban a orinar sobre la pared frontal de la casa de Miguel, que está aún por repellar, pues esa vivienda fue derruida por los ciclones del pasado año y se está reconstruyendo. Las orinas se filtraban al interior, además del hedor y las moscas. Como si fuera poco, el jardín, que estaban recuperando de las destrucciones de los huracanes, fue pisoteado, desgajado y contaminado de orina.

Miguel se pregunta si la lógica alegría colectiva de los Carnavales «justifica tanta insensibilidad ante la pena ajena, y la ignorancia de un principio tan básico como es el respeto a la salud».

Ahora, con el verano, lo mismo en la mañana que en la tarde y noche, sitúan altavoces con música en la plazoleta de la Casa de Cultura. Y sobre esto, Miguel lo planteó varias veces al Gobierno municipal, «quien se ha mostrado de acuerdo con la necesidad de tomar medidas para resolver el problema». Pero el problema persiste.

Aun cuando fuera una sola familia la afectada, y los demás estuvieran narcotizados por los delirios sonoros, debe haber límites razonables. Y en ese equilibrio entre la alegría y la salud, son precisamente los gobiernos locales los llamados a ejercer su autoridad, y buscar el fiel de la balanza.

¡Guaooooo!

El domingo 26 de julio, a las 3:00 p.m., Marta Escocia Vargas y su esposo tantearon el servicio del restaurante Kasalta (en CUC), a la entrada de Quinta Avenida, en Miramar, municipio capitalino de Playa. Y lo hicieron con mil dudas, con la aprensión con que el cubano se acerca a cualquier sitio de la gastronomía siempre, por aquello que todos conocen.

No más se acercaron, comenzaron los asombros: «Quedé totalmente sorprendida de la atención que se brinda en ese centro, sin distinción de personas, subraya Marta. Casi todos los trabajadores son jóvenes, y se esmeran tanto, que no te dan tiempo a pedir.

«Nos sentimos tan bien... Es penoso decirlo, pero es un lugar único, hace mucho tiempo que no nos brindaban un trato tan esmerado, desde el portero que te manda a pasar, hasta el que te hala la silla para sentarte.

«Había que verlos en aquel salón, que es bastante grande. Parecían hormiguitas laboriosas. No veías a ninguno sin hacer nada. Y para colmo, al lado de nuestra mesa se sentó una pareja que cumplía años de casada: Ahí estaban todos los empleados cantándoles felicidades con una melodía propia, sin necesidad de ningún grupo musical.

«Quiero desearles que sigan así. De seguro volveré allí, porque sé que voy a sentirme atendida como merece cualquier trabajador de esta sociedad», concluye.

¡Guao por Kasalta! Que no se destiña.

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