¿Mala suerte?

Esta no es una agencia de empleo, pero hoy traigo una historia especial: la de un joven Licenciado en Economía que, mientras otros vaguean, se obstina en trabajar. Y dondequiera que va solo encuentra negativas.

Manuel Raúl Expósito (calle 15, número 8019, Playa, Ciudad de La Habana) se mudó en octubre de 2008 para la capital, desde la ciudad de Matanzas. Hasta entonces, laboraba en una textilera como especialista A en Abastecimiento Técnico Material. Su jefe lo sintió cuando pidió la liberación, porque los serios y profesionales no siempre aparecen.

Ya en la capital, al principio vivía en casa de su suegra en Alamar. Le urgía trabajar y se presentó en Servicios Comunales, en la brigada de chapea de la Zona 12. El jefe de la misma le dijo que había plaza, y lo remitió a la jefa de Zona. Pero esta le aseguró que no.

Su suegro habló con el presidente de Almacenes Universales, pues se conocen de años. Y este le dijo que tenía plaza de Comercial. El joven entregó sus documentos. Al mes volvió y se habían perdido los mismos, y tampoco le habían dado las planillas. Entregó de nuevo los documentos y llenó las planillas. El proceso duraba tres meses. En febrero de 2009 retornó, y no habían comenzado el proceso. Le dijeron que tenían una plaza en una de las dependencias. Fue allí y ya esa plaza estaba ocupada.

Comenzó en la sucursal 244 del Banco Metropolitano en Playa, en el departamento Comercial. Ya allí, dieron a los trabajadores uniforme y zapatos; pero no a él, recién llegado. La directora le exigió que tenía que ir vestido acorde con las normas del Banco: no mezclilla, pulóver y tenis, sino zapatos de vestir y camisa y pantalón similares. Le sugirió que los comprara él mismo con su dinero, pero él no lo tenía. Ella le dijo que, o pedía la baja, o le cerraba el contrato. La familia reunió el dinero y al fin los compró. «Al final, por un malentendido —se dijo una cosa y se hizo otra— me cerró el contrato».

Acudió a la Empresa Combinado de Periódicos Granma, que ofertaba plazas de balancista distribuidor. Allí entregó todo en forma. Le dijeron que le avisarían. Al cabo del tiempo volvió y las plazas se habían dado internamente. Más tarde lo llamaron para decirle que tenían cuatro plazas y había posibilidades de que lo aceptaran por su currículo. Pasaban los días y no lo llamaban. Volvió, pero habían escogido a otros.

Fue al Grupo de Proyectos e Investigación en Kohly. Había una plaza de balancista distribuidor. Se presentó, y valoraron sus conocimientos y currículo. Hicieron la verificación y todo muy bien, pero tenía que reunirse la Comisión. A las dos semanas no lo habían llamado y volvió: la comisión no lo había aceptado. Ya la plaza estaba ocupada.

Al fin, por gestiones en la Dirección de Trabajo, accedió a una plaza de balancista distribuidor en la Unidad Provincial de Asentamiento de Comunidades del Poder Popular. Cuando retornó, le comunicaron que no le podían dar la plaza. Si quería aceptarla, era con estas condiciones: sin transporte para todas las gestiones y compras, debía hacerlo por su cuenta; incluso, hasta fuera de la capital. Si se le perdían o le robaban los productos que compraba, «iba preso». Lógicamente, con esas condiciones y tal amenaza, era imposible.

Hizo una solicitud en Trasval. Y cuando fueron a verificarlo en casa, la tía de su esposa, una persona mayor, dijo que ahí no vivía nadie con ese nombre. Su suegra fue a Trasval para explicar lo sucedido, y le dijeron que la psicóloga encargada de eso no podía verlo hasta septiembre.

¿Tendrá suerte en Trasval o seguirá desgastándose? «¿Cómo ganarme el dinero honradamente?», pregunta él. Solo por su persistencia e interés, merece que alguien le abra los brazos. A lo peor quienes lo han rechazado se han perdido un excelente y serio profesional.

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