¿Por qué los refrigeradores?

Eydy González (Francisco Carera 7, Vázquez, Puerto Padre, Las Tunas) escribe porque no está conforme con el proceder de la Empresa Eléctrica en ese territorio para con ella y otros vecinos de su barrio.

Refiere que en el 2007, en la circunscripción 119 de Vázquez se produjo un cortocircuito que dañó a varios equipos electrodomésticos. Pasados unos meses, la Empresa Eléctrica repuso los refrigeradores quemados, y comunicó a los beneficiados que tenían un mes de plazo para los trámites con vista al pago de esos nuevos equipos. Disciplinadamente, varios de los afectados cumplieron con lo orientado.

Meses más tarde, se repusieron los demás equipos (televisores y ventiladores), con la diferencia de que estos no había que pagarlos.

Al conocer esto, se dirigieron a la Empresa Eléctrica para saber por qué sí había que pagar los refrigeradores y no los demás equipos, si todos se habían repuesto por haberse roto debido a las mismas irregularidades eléctricas.

Eydy no precisa qué les dijeron, pero remarca que la respuesta no era convincente. Luego solicitaron los servicios de abogacía en el Bufete Colectivo, y en tal sentido les comunicaron que si no hubiesen comenzado a pagar, nadie los podría obligar, porque eso era una reposición.

«Lo cierto es que los años siguen pasando, y aún no hemos recibido una respuesta que nos convenza», concluye Eydy.

Puré de mentiras

Para denunciar un atraco, escribe Mario Molina desde la Comunidad Militar Nro. 2, La Cabaña, edificio 6, apto. 11, municipio capitalino de La Habana del Este.

Cuenta el lector que el pasado 29 de enero adquirió, al precio de cien pesos, una lata de puré de tomate concentrado, en un punto de venta del bulevar de San Rafael, en la capital; específicamente donde se encontraba antes el cine Rex.

Y cuando abrió la lata en su casa, comprobó que era puré de zanahoria con tomate aun cuando la etiqueta lo anunciaba como de este último vegetal. Lo peor de todo, lo más sospechoso, es que no aparecía por ninguna parte la fábrica del producto. Mario solicita una explicación de la entidad vendedora.

Menos mal que existen…

El pasado 20 de febrero, Antonio Ronda hacía la cola en un punto de venta de la capital donde expenden picadillo de cerdo a diez pesos la libra. Y una señora que estaba delante de él, cuando fue a pagar se percató de que había extraviado el billete con esa exacta cuantía de que disponía. Al parecer, un «vivo» vio caer el billete al piso y, en lugar de devolverlo, se esfumó con el mismo.

Al ver que la señora se retiraba con las manos vacías, mientras su pequeño hijo, de unos ocho años, le reclamaba la situación del almuerzo para ese día, Antonio la hizo regresar y le dijo que él le pagaría el picadillo. Apenada, la mujer se resistía; hasta que aceptó el ofrecimiento con el compromiso de devolverle el dinero después, en la casa de aquel.

Como en una cola todo se comenta, Antonio escuchó juicios tendenciosos de personas que nunca ven la luz entre las sombras: «Parece que él tiene mucho dinero»… «Que espere sentado en su casa los diez pesos»… Y hasta epítetos poco honorables acerca de la atribulada mujer.

Una anciana le dijo a Antonio: «Su gesto es muy hermoso, pero eso no se estila ya». Y Antonio le respondió: «Mire, abuela, más importante que los diez pesos, al final, es la satisfacción de haber sido útil a una familia, que mañana puede ser la de usted o la mía».

A las tres horas, cuando ya Antonio no recordaba el incidente, en su casa de la calle 26 No. 880, apto. 2, entre 45 y 45-A, en Nuevo Vedado, sonó el timbre. Al abrir, allí estaban sonrientes y agradecidos la mujer, el marido y el niño, con el billete de diez pesos en la mano.

Antonio y aquella familia quizá nunca vuelvan a verse, pero todos estarán marcados para siempre por aquel suceso que los enlazó en esa zona más limpia de los recuerdos. De los mediocres que tienen el corazón marchito y la lengua torcida por tanta blasfemia, de esos nadie se acordará.

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