Decir y decir

Hoy no traigo quejas, respuestas o un agradecimiento. Tampoco estará el nombre completo y la dirección del remitente. Es que ha llegado a este buzón un correo sobre el periodismo que hacemos y el que debemos, y quiero compartirlo. La reflexión no debe quedar solo entre dos, porque implica a todos... Este es el mensaje:

«Periodista José Alejandro Rodríguez.

«Señor:

«Mis saludos y deseos de que tenga la bondad de prestarle la atención a este email, que puede no ser agradable a su persona, pero confío y es mi objetivo que al menos le pase la vista, reflexione y saque sus conclusiones.

«Leo frecuentemente sus artículos en Juventud Rebelde, también veo su espacio en Canal Habana, y realmente me parece que a pesar de escribir sobre las críticas que envía nuestro pueblo y que llegan a usted, sean por cartas o email, usted solo resume y dice, a veces un tanto apasionado, los problemas existentes en nuestra sociedad, dejando al margen la explicación del porqué y quienes son los responsables, qué han hecho con la información que le remite el pueblo y qué solución dan al asunto los órganos competentes.

«Personalmente opino que decir y decir no resuelve nada; achacar genéricamente el problema a la falta de control, a la indisciplina social, a la corrupción, etc., es algo general… En mi modesta opinión hay que llegar a un periodismo que no solo diga el problema, sino quiénes son los responsables, qué destino tiene la información y qué medidas se toman con los infractores…

«Para mí y parte de nuestro pueblo entonces será un periodismo realmente crítico y de calidad. Sé que la tarea es harto difícil, pero pienso que para ser periodista, no solo hay que redactar bien, sino tener la valentía y osadía de llegar al fondo del asunto.

«Perdone si lo hiero, no sé si me responderá o no. Confío, como le dije al principio, en que solo lea este email». Juan Luis

Estimado Juan Luis:

Más que Señor, lo llamo compañero, que viene de compartir; porque creo que al menos en su preocupación por la calidad de nuestra prensa compartimos el afán.

Primero mi gratitud por su carta, que lejos de herirme me ratifica cuánto hay que caminar aún en el trillo sin fin del periodismo, en el cual no dudo que otros, mejor apertrechados para lo que sobrevendrá, me dejarán atrás.

Siempre he visto la profesión como un horizonte al que deseamos llegar y no arribamos tras ardua carrera de obstáculos en la que ponemos la vida. Y sí, coincido en que se necesita no solo redactar bien, sino tener el coraje de buscarse problemas. Créame que no han sido pocos los entuertos que me acechan en décadas de lidia profesional; práctica en la que he defendido, con todas mis fuerzas, la pertinencia del diálogo, por difícil que sea. Por eso converso con usted, y le traslado mis acuerdos y desacuerdos.

«Usted solo resume», me reprocha. Y he de decir que hacer periodismo es, también, un perenne ejercicio de síntesis. El periodista escoge, selecciona, y a partir de ahí enarbola ideas. De lo contrario los noticieros serían infinitos y los periódicos se convertirían en enciclopedias. Además, los espacios en que me desempeño, como Acuse, no aspiran al reflejo textual de la carta, sino a la opinión periodística a partir de aquella.

En cuanto a la búsqueda de los porqués de las cosas y la explicación de qué hacemos con las cartas, no creo que mis líneas, día a día, pretendan pasar por alto estas cuestiones esenciales.

Al contrario, si algo le ha ganado prestigio a este espacio en más de 16 años, es tratar de desentrañar lo que hay más allá de la anécdota. Es encontrar las historias y motivaciones humanas que condicionan una actitud. Y sí, queda mucho por andar en ese esfuerzo revelador, pero no por falta de voluntad de quien escribe.

Sobre el destino de las misivas, lo he explicado muchas veces, y cualquier cubano que se comunique con nuestro Departamento de Atención a Lectores recibirá la misma información. Las que se publican y aguardan por respuestas, revelan la punta del  iceberg de muchos problemas y tendencias. Esas son como emplazamientos ante la opinión pública, aderezadas por los juicios de este redactor, que acompaña al ciudadano en su expedición justiciera.

Y cuando las respuestas institucionales cojean, ignoran o envuelven «la verdad verdadera» con el «parche» al paso, este periodista no rehúye la coletilla punzante, con elegancia y respeto.

Muchas cartas que desbordan el modesto espacio —son miles— se tramitan a las autoridades o instituciones que corresponda, para que investiguen y nos den cuenta de ello. El resto, las poquísimas que segregan groserías y ofensas, o carecen de la más elemental transparencia, se archivan durante un año en nuestra redacción. Si su remitente se comunica nuevamente, se le recomienda que vuelva a escribirnos.

«Decir y decir no resuelve nada; achacar genéricamente el problema a la falta de control, a la indisciplina social, a la corrupción, etc., es algo general», razona usted. Estoy de acuerdo. Solo apunto que el periodista ha de combatir con el filo de la palabra, y confiar en su poderío, como el campesino en la capacidad germinadora de la semilla o el constructor en la calidad de la arena. Nos toca «decir y decir». Y sí, sí resuelve, porque solo somos esclavos de lo que callamos: los problemas que podemos verbalizar y escribir ya comienzan en ese instante a someterse a la fuerza pública. Y mueven el pensamiento.

Del achacar las dificultades a males generales, puede que alguna vez erremos por ello; pero tampoco ha de individualizarse la mancha, que no solo corresponde a un individuo. Es más fácil «cortar cabezas» que cortar actitudes y tendencias erróneas. De lo que se trata, al menos en mi concepto del periodismo, es de lo segundo, aunque para ello, a veces, tenga que rodar alguna cabeza.

Finalmente, con esa prensa «realmente crítica y de calidad» a la que usted aspira, este redactor sueña todos los días; y no duda, desde este sacerdocio que implica acompañar a los ciudadanos en sus cuitas y anhelos, que otros colegas, mejor preparados, y con más tiempo que este servidor, puedan adentrarse en los reveladores pesquisajes a fondo. «La tarea es harto difícil», coincidimos. Pero no imposible. ¿No cree usted?

Un saludo fraterno... Pepe Alejandro

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