Desenfreno sonoro

Desde la ciudad de Bayamo, Monumento Nacional y referente insoslayable de la cubanidad y el patriotismo, me escribe entre apesadumbrado e inconforme Juan Carlos Moreno, residente en Saco No. 2, entre Céspedes y Máximo Gómez.

Cuenta el bayamés que en esa cuadra cada verano se monta un descomunal artilugio decibélico que acaba con la paz de muchos vecinos durante dos meses. «Cuando empieza el jelengue, describe, las viviendas vibran como en un terremoto de baja intensidad».

El montaje, señala, incluye, en un área que se cierra,  cuatro amplificadores grandes elevados y dos más en el piso. «Hay en ese tramo de la calle niños y ancianos. Y el andamio da justo en la puerta de un venerable maestro, entrado en su siglo de vida, que dejó lo mejor de sí en las aulas».

Manifiesta Moreno que numerosas gestiones se han realizado por los vecinos. No han faltado durante años visitas a la Dirección de Cultura, planteamientos al delegado y a otros organismos rectores.

«Y la respuesta, afirma, gira siempre en torno al facilismo —y quizá soberbia— de los encartados: es más fácil garantizar la seguridad y el cobro de entradas; y luego, “en algún lugar hay que ponerlo”. Los habitantes de la cuadra, en un vano sacrificio por la mayoría, deben soportar por dos largos meses la intromisión y desajuste en su vida cotidiana, la bulla insoportable, por la falta de previsión y anarquía en el diseño de la ciudad, y la incapacidad para garantizar seguridad ante los males de conducta propagados en estos años».

Manifiesta que existen lugares abiertos y apartados, donde ciertamente hay desórdenes, que demuestran falta de civismo y de carácter en algunas autoridades. Y al propio tiempo, la ciudad se ha quedado sin lugares de esparcimientos masivos. Antes se utilizaba la Plaza Luis Ramírez López, aledaña al ferrocarril, para alegrar el verano. Otra área, El Bosque, no goza de buena reputación. Pero, según Moreno, nada justifica la agresión auditiva. «Todos tenemos derecho a vivir apaciblemente», concluye el bayamés.

Y este redactor se pregunta: ¿Qué dirían los ilustres y cultos patricios bayameses, que encendieron la tea libertaria de la independencia en 1868?

Oprime el corazón…

Desde la propia Bayamo también escribe Fernando Jorge Jerez, residente en Línea No. 431, para denunciar un ecocidio: alguien, no sabe precisamente quién, decidió talar todos los árboles del parque central de la ciudad, «esos mismos que tardaron 50 años para brindar sombra y frescor al transeúnte que, agotado por el ardiente sol y las elevadas temperaturas de todo el año en este territorio, acudía a ellos».

Con cierta tristeza evoca aquellos árboles como hábitat de gorriones y otras especies que nadie sabe adónde han ido a parar.

«Esos árboles, manifiesta, eran tan importantes, que bien valía la pena sacrificar la acera. En una zona libre de tránsito vehicular; o tratarlos, si es que la apariencia lozana encubría alguna enfermedad, según justificantes que se escuchan».

Para el bayamés, «hoy el parque es un desierto resplandeciente que perturba la vista, irrita la piel y oprime el corazón de aquellos que correteamos en él, tuvimos citas amorosas y en el otoño de la existencia nos sentábamos a debatir disímiles temas; y ya no nos queda vida para esperar por el crecimiento de esos raquíticos arbolitos plantados».

Jerez pregunta: «¿De qué protección del medio ambiente estamos hablando, si su segmento principal, el hombre, no se ha tenido en cuenta? ¿Con qué derecho alguien puede determinar, como un dios todopoderoso, en las costumbres y vida de una ciudad?»

Este redactor vuelve a preguntarse: ¿Qué dirían los ilustres y cultos patricios bayameses, que encendieron la tea libertaria de la independencia en 1868?

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