Desastres y comida

Las llamas provocadas por el excesivo calor y la sequedad rodean a Moscú; Paquistán se ahoga en una inundación catalogada ya por sus efectos como peor que el tsunami asiático; en China las lluvias torrenciales probablemente se traduzcan en miles de vidas perdidas; en Níger miles de personas padecen hambre extrema por la severa sequía; en Groenlandia se desprende un iceberg cuyo tamaño es cuatro veces mayor que la isla de Maniatan; el Ártico se deshiela; al menos 16 países reportan las más altas temperaturas de su historia…

Y los desastres naturales no cesan. La Tierra castiga a sus depredadores con fuerza desmedida. Es una crisis ecológica, y más allá de quienes sufren directamente los efectos de estas catástrofes, es obvio que todos somos víctimas.

En noviembre próximo, las naciones que se reunieron en Copenhague y no llegaron a acuerdos sustanciales para impedir el cataclismo anunciado con el cambio climático, por la inercia obstaculizadora de EE.UU., volverán a verse las caras en Cancún. La incertidumbre sobre cuáles serán sus decisiones en el balneario mexicano abre huecos a la esperanza, a pesar de las melosas y vacuas palabras de algunos decididores, cuando es imperioso escuchar el grito desesperado de miles de millones y las advertencias de los científicos.

¿Por qué todos somos víctimas? Miremos simplemente al mercado: sus precios anuncian ya una nueva crisis alimentaria. Desde junio el precio del trigo aumentó 50 por ciento. Ahora arden los secos campos rusos, el tercer mayor productor mundial de trigo. Sin embargo, la especulación en los mercados mundiales precedió al siniestro.

La Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo y la FAO, hablan ya de aumentos de precios para los próximos diez años que dejarán chiquitos los números de 1997-2006. Según su informe de junio, los aceites vegetales serán 40 por ciento más caros, y la leche, entre un 16 y un 45 por ciento.

Es paradójico que el incremento del consumo de alimentos en China, India y Brasil —logrado por una adecuada política de atención a quienes padecían hambre o subalimentación— se utilice por los pocos que dominan los mercados como pretexto para los altos precios, bajo la premisa reguladora de la oferta-demanda.

Los problemas que el cambio climático y los desastres ambientales pueden multiplicar, no son de producción, sobreproducción, o falta de producción, ni de una oferta-demanda artificial que no contempla las reales necesidades de toda la población del planeta, sino estructurales.

¿Quién posee la tierra?, ¿porqué hay latifundios ociosos o dedicados a un consumo elitista?, ¿cuánto se invierte en el incremento de la producción agroalimentaria básica? ¿Cómo utilizar la tecnología multiplicadora cuando se estima que para 2050, con la población mundial creciendo en 2 300 millones de habitantes más, se necesitará un aumento del 70 por ciento en la producción de comida? ¿Dónde están los caminos, la irrigación, la electricidad, la educación…?

La FAO estima que unas 1 500 millones de personas en el mundo sufren hambre y desnutrición, porque sus ingresos nulos o reducidísimos no alcanzan para satisfacer sus necesidades alimentarias. Son especialmente vulnerables la población rural sin tierra, los hogares a cargo de mujeres y la población urbana pobre. Hoy son más los que pasan hambre que en 1996, cuando los llamados líderes mundiales se comprometieron en Roma a reducir a la mitad el número de hambrientos para el año 2015.

Entonces dijeron que el hambre mundial era «inaceptable e intolerable». Sobre esa premisa cierta, y cuando comer es un derecho humano fundamental, y el hambre una afrenta a la Humanidad, habría que preguntarse ¿estaremos a punto de ver las rebeliones de los hambrientos en África y Asia?

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