Villareñas

Durante la Guerra de los Diez Años (1868-78) a los cienfuegueros condenados por el delito de infidencia, o por su participación en la lucha armada contra España, se les fusilaba en las playas de Marsillán, en las afueras de la ciudad. Se dice que el primer fusilado en los días de esa contienda fue Juan Bautista Capote, que desplegaba su quehacer patriótico en el término de Lechuzo, que era como en ese entonces se llamaba a Rodas. Una delación condujo a Capote a prisión y un consejo de guerra lo condenó a muerte. Durante la Guerra de Independencia (1895-98), a los cubanos allí en Cienfuegos se les fusilaba «en el camino… Cuando a un prisionero le decían que iría a La Habana por tierra», ya sabía lo que le esperaba.

ARROYO BLANCO

El combate de Arroyo Blanco, en la actual provincia de Sancti Spíritus, fue la última operación importante de la Guerra de Independencia en la región central de la Isla.

El general José Miguel Gómez había recibido unos cañones que disparaban bombas de dinamita y con estos atacó el poblado de Arroyo Blanco luego de derrotar al enemigo en El Jíbaro. José Estrampes mandaba la artillería cubana, pero los artilleros, poco prácticos con aquel medio de guerra, no lograban hacer blanco en el fuerte que con denuedo y entereza defendían los españoles. Sus disparos tampoco hacían explosión, pues caían en los fangales que precedían a las trincheras enemigas.

Ansioso de precisar la distancia que cubrían los proyectiles mambises, y si era verdad que explotaban, el teniente coronel Orestes Ferrara salió de su refugio, trepó a un árbol y desde allí, ensordecido por las balas de los rifles enemigos que le pasaban cerca, orientó a Estrampes para que corrigiese el tiro. El próximo disparo, en efecto, impactó al fuerte español y luego de una explosión terrible, Ferrara dio la orden de asalto y a su grito respondieron todos los que estaban detrás del cañón.

Los mambises penetraron en el fuerte por el boquete que había abierto la bomba y el enemigo no tuvo cómo repelerlos. Al mismo tiempo caía en manos de las tropas cubanas la fortaleza desde donde los españoles operaban el heliógrafo. Pronto se izó una bandera blanca y José Miguel en persona pactó con el jefe adversario las cláusulas de la rendición.

Al día siguiente el generalísimo Máximo Gómez entró en el poblado al frente de su Estado Mayor y seguido por su escolta. La tropa española, alineada y presentando armas, le rindió honores militares, gesto que el viejo caudillo reciprocó con un ¡viva! a la valentía de los rivales y saludándoles con su machete en alto.

FIESTAS CON SANGRE

Reinaba la alegría en la ciudad. Pasaban las carrozas, las comparsas recorrían las calles, había bailes de disfraces en todas las sociedades y los monotusas, con sus vejigas llenas de aire, perseguían a los muchachos, que huían de ellos a veces y que en otras cuqueaban a sus perseguidores…

Era el mes de junio de 1899 y se celebraban carnavales en Cienfuegos, los primeros que se convocaban tras el fin de la guerra contra España y que se verían manchados de sangre. La tarde del 24, día de San Juan, cuando la fiesta estaba en su apogeo, tres soldados del ejército de ocupación norteamericano promovieron un escándalo en una casa de la calle Santa Clara, cerca del Paradero. La Policía, enterada del incidente, acudió a ponerle fin, y se disponía a arrestar a los que alborotaban cuando pasó por el lugar, en su coche particular, el capitán Fenton, de la fuerza interventora, quien pese a la oposición de los guardadores del orden, hizo subir al vehículo a los tres soldados. Uno de los policías trató entonces de impedir que se los llevaran. Fue inútil su intento. Le dispararon desde el coche ya en marcha y quedó muerto en plena calle.

Mientras esto sucedía, se reportaba otro incidente igualmente inconcebible. Un piquete del ejército norteamericano que custodiaba en el ferrocarril la paga del Ejército Libertador, abrió fuego contra la ciudad, hirió a varias personas y mató a Pablo Santa María, que cruzaba cerca en compañía de su familia. Fue preciso que Antonio Frías, alcalde cienfueguero, y que el general Higinio o Esquerra, que había tenido bajo su mando la Brigada de Cienfuegos y que ocupaba en esos momentos la jefatura local de la guardia rural, se dirigieran, bajo las balas, hasta el lugar donde se asentaba el piquete e impidieran que los norteamericanos prosiguieran sus descargas.

FUSILAMIENTO DE BERMÚDEZ

«El cubano verá en este proceso que el patriotismo debe estar hermanado con la virtud, que no basta con ser patriota y que hay que ser también buen ciudadano», afirmó Máximo Gómez al disponer que Roberto Bermúdez, general de brigada del Ejército Libertador, fuese sometido a consejo de guerra.

Era sin duda un hombre muy valiente y su cuerpo, constelado a balazos, era la prueba mejor de su arrojo en los combates. En los inicios de la guerra del 95 operó en la región de Sagua la Grande, y ya como coronel se sumó a la columna invasora de Las Villas. Recibió de Maceo la orden de penetrar en los territorios de La Habana y Pinar del Río antes de que lo hiciera dicha columna, y el primer combate de esa gesta en territorio pinareño se realizó bajo su mando y llegó a Mantua en su avance hacia la porción más occidental, pero por donde quiera que pasó cometió tantas tropelías y crueldades como actos de heroísmo.

Luego de atacar e incendiar Los Palacios y Paso Real de San Diego, Maceo decidió sustituirlo en el mando de la Brigada Sur, pero era tanta su valentía que lo repuso en el cargo y recomendó su ascenso a general de brigada. Con ese grado peleó en Consolación del Sur, acompañó a su jefe en la búsqueda de la expedición del general Rius Rivera y se destacó en el combate del Pico Rubí. Un informe que calificaba de vandálica la actitud de Bermúdez impulsó a Maceo a destituirlo y remitirlo al Cuartel General, pero la grave herida que había sufrido en el pecho durante el combate de La Gobernadora impidió el traslado. Muerto Maceo, reclamó el mando del que fuera privado y luego de que los españoles hicieran prisionero a Rius Rivera pidió que se le confiara la jefatura del 6to. Cuerpo de Ejército, que recayó en definitiva en el general Pedro Díaz. Este no demoró en quitárselo de encima y lo remitió al Cuartel general.

De nuevo en Las Villas, su tierra natal, realizó algunas acciones combativas y Máximo Gómez lo mantuvo en observación hasta que supo que Bermúdez había ordenado asesinar a un antiguo amigo suyo, que fue macheteado en su presencia. Entonces no esperó más.

A la acusación por sus crímenes se sumaron las de traición por firmar pases para los territorios enemigos, hurto de reses y caballos y deshonra a la Revolución. El consejo de guerra que lo juzgó no lo encontró culpable de los delitos de traición y hurto, pero lo condenó a la pena capital por sus crímenes y dispuso que el pelotón de fusilamiento lo conformaran los miembros de la escolta de Bermúdez, que lo adoraban. Gómez quiso que uno de los generales presentes en el Cuartel general mandara la ejecución. Todos se excusaron. Unos, por haber sido parte del tribunal; otros, con distintos motivos. «¡Cuánta flojera!», comentó el viejo mambí y decidió mandar el cuadro él mismo. Bermúdez apeló a un indulto. Se lo negó el Consejo de Gobierno.

El día de la ejecución, en la estrecha llanura cercana al campamento de Trilladeras, en Sancti Spíritus, se situaron en doble fila la caballería y la infantería mambisas. Gómez llegó solo, al galope de su caballo, y se situó de cara a la caballería. Bermúdez entró poco después. Cabalgaba con desequilibrio su mulita habitual, poniendo en evidencia su cuerpo estropeado por las balas enemigas. Le seguían sus asistentes. En el lugar fijado se apeó con dificultad y acarició a la bestia. Luego saludó a sus hombres y escogió a los que debían conformar el pelotón.

Máximo Gómez, erguido sobre sus estribos, machete en mano, pronunció un bello discurso. Ponderó el heroísmo de Bermúdez, exaltó sus méritos y lo estigmatizó por sus actos feroces y sanguinarios. Enseguida, con voz abrupta, gritó: «¡Fuego!». Es decir, no dio antes las órdenes de ¡Preparen! y ¡Apunten!, por lo que no hubo una descarga cerrada, sino que los tiros salieron con intervalos, lo que prolongó la agonía del condenado.

LAS CINCO VILLAS

En San Gil, no lejos de Manicaragua, se reunieron el 6 de febrero de 1869 unos 7 000 hombres. Ese día, y en ese sitio, las Cinco Villas —Santa Clara, Remedios, Cienfuegos, Trinidad y Sancti Spíritus— se lanzaron a la guerra contra España. El santaclarero Miguel Jerónimo Gutiérrez, presidente de la Junta Revolucionaria de Villa Clara, había logrado la unión de sus coterráneos.

Pronto se pusieron en evidencia las dificultades. Muchos hombres, pero muy pocas armas; apenas unas 200, a lo que se añadía la poca calidad de la pólvora obtenida. Fue entonces que se convino con Federico y Adolfo Fernández Cavada, jefes de Trinidad y Cienfuegos, respectivamente, que cada contingente operase en su distrito.

La entereza de los patriotas villareños malogró los cálculos del enemigo. A las insidiosas proposiciones de paz del coronel Francisco Mataos, comandante general del Departamento, respondieron los revolucionarios con bravura, al tiempo que daban a conocer su determinación de reputar como delito de traición todo trato con el enemigo que no estuviese basado en la independencia.

PEDROSO, EL MAMBÍ

Allá en Cabaiguán, todavía por los años 60, vivía Pedroso. Era ya un hombre viejo y los recuerdos se le atropellaban y le fallaba la memoria. Pero la senectud no le había hecho perder su orgullo de mambí. Por eso nada sublevaba tanto su ánimo como que los muchachos, para molestarlo, le llamasen «guerrillero», como si en vez de ser un patriota hubiese sido un vulgar colaborador del ejército español. Los muchachos, sin embargo, lo querían, y grandes y chicos, sentados a su alrededor escuchaban sus relatos de la guerra.

—Entonces vimos venir a José Miguel Gómez en su jeep… —decía.

Los muchachos reían. —Pero Pedroso… en esa época no había jeep, ripostaban.

—Pues sí señor, en un jeep.

—No, no puede ser.

—Pues sí puede ser. Porque José Miguel era un general y un general monta en lo que le dé la gana.

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